Chaqueño Palavecino: “Le serví a mi patria en todo sentido”
Voz insignia del folklore más popular, el Chaqueño Palavecino vuelve a Carlos Paz con “Mi cielo terrenal”, después de manejar el colectivo en “Soledad y Larguirucho” y declararse un privilegiado del destino.
El rincón del mundo donde empezó a fabricarse, un pedazo de tierra en el Chaco salteño, es el motor para seguir cantando. Oscar Esperanza Palavecino dice que ese paisaje está contenido en las canciones de Mi cielo terrenal, su último disco de estudio que mañana será excusa para el reencuentro con su público en Carlos Paz. Una porción de paraíso personal que, 27 años después de empezar a cantar, lo mantiene en la ruta.
“No paro nunca, no sé por qué. No hay mucho tiempo y todo el tiempo estoy trabajando. A veces digo, pucha, parar un poco por el frío, pero mucha gente me llama, o me pongo a pensar en un disco. Siempre estás con la cabeza ocupada”, dice, en un alto de la ruta, camino a Córdoba. “Soy de viajar mucho, el placer mío ha sido ése y sé hacerlo. Sé manejar el tiempo en ruta. Ha sido mi profesión y uno disfruta con la gente donde va. No hay un lugar en que no tenga un conocido o un amigo. Ese es el disfrute, el encuentro con el público, tener este privilegio de que te sigan llamando”.
Y ahora también para el cine. El Chaqueño debutó en cine como chofer de la Sole y Larguirucho en la última película de García Ferré y el cameo lo devolvió a su oficio original. “Empecé a los 16 años de ayudante, a los 19 me salí del servicio militar y ahí nomás me metí en los camiones y después fui colectivero en Athahualpa y La Veloz del Norte. Fueron muchos años, ya tendría que tener mi jubilación de ahí. Hice de todo un poco, como cualquier argentino que va a buscar el pan de frente. Le serví a mi patria en todo sentido”, dice, y recuerda el momento de haber dejado el volante como uno de los pasos definitivos para el despegue artístico.
–¿Qué te decidió a dejar?
–Fue un paso difícil, porque siempre estuve acostumbrado a tener un sueldo, la obra social, hacíamos cualquier cosa para conservar el trabajo. En mi familia siempre fue así. No preguntábamos cuánto iban a pagar, nomás íbamos y trabajábamos. Fuimos criados de esa manera, para hacer carrera. Decidirlo fue difícil, pero en un momento me di cuenta de que todos mis días de descanso eran para seguir trabajando. En septiembre de 1996 me fui de la empresa, ya con pleno Amor salvaje fuerte, mucho trabajo, exitoso en muchos festivales. Fue la única forma de que me arrancaran del volante.
–No tanto. Seguís manejado para todos lados.
–Conocemos el país, todas las rutas, cada curva, cada pozo. Encontramos también nuevas rutas, volvimos a andar con el mapa. Hay lugares donde todavía no fui, que sigo descubriendo, dándome cuenta de que Argentina es linda, que no hay provincia que no tenga su encanto. Cada vez soy más argentino, quiero a mi patria y es mi privilegio que me dio Dios para recorrer lugares de mi patria, sorprenderme con el paisaje y la gente.
–En los años en ruta, ¿viviste algún peligro?
–Un sólo accidente tuvo Pascual, el bombisto, con un caballo que se le cruzó en la 34. Pero gracias a Dios nunca me pasó nada, toco madera. Es un juego la ruta, hay de todo. Yo tengo un código, una experiencia en el manejo, hice cursos preventivos de accidentes y eso me sirve, y después de las dos de la mañana hay que aumentar la atención. Tomo mate, café, le ponemos un acullico, y si da sueño me bajo o nos tiramos a dormir media hora.
–Hablando de sueños, ¿te queda alguno pendiente?
–El artista siempre va en conquista de los grandes escenarios, de conocer a otros artistas. Me acuerdo cuando iba a Jesús María y ni me conocían y con el tiempo eso lo fui conquistando, he visitado casi todos los festivales. Mis sueños artísticos y personales los cumplí todos. Grabar con quien quería, cantar donde quise, lo que quería con mi trabajo se fue superando, tener mi rancho, como cualquiera que cumple su sueño. Ya no es como antes que cobraba abajo del escenario, ahora soy empleador y tengo una empresa que depende de mi garganta.
–Además de la estética y las pilchas, ¿qué sobrevive de la tradición del gaucho?
–Me gusta todo de la tradición. Soy del chaco entre Bolivia y Paraguay, mis mayores vienen de ahí, con esas bombachas que arrastran por encima de la bota para que no pique la víbora, con sus sombreros y sus rastras de plata y oro, con el orgullo de tener la mejor vestimenta para ir a la fiesta. Vos lucías en el caballo en ese tiempo y eso queda de nosotros. Voy a cantar perfumado, me baño antes de ponerme las pilchas y voy cantar.
–¿Sos también un hombre de palabra?
–No existían papeles con el gaucho y yo lo sigo empleando, mi palabra tiene mucho que ver. Cuando digo sí, es así. Hay que hacer papeles en estos tiempos, pero me considero un hombre de palabra. Soy un defensor de las costumbres criollas y les tengo mucho respeto. Las pilchas, toda mi ropa, no soy de darla ni me gusta que me la maltraten. Miro las pilchas de mis abuelos y eran sagradas. Tengo amor por mis cosas, quiero lo mío, un par de espuelas, de botas, porque mi vida es eso. Yo no uso zapatos, sólo botas y sombreros, no se me caen para nada.
–Un gaucho en escala de estrella de rock.
–Soy un agradecido de lo que me ha pasado, más viniendo de donde vengo y con la música regional, entre esas dos emociones que parece triste pero tiene una alegría, esa mezcla que está en ese rincón, ese pedacito de tierra que uno quiere tanto y tiene una esencia. Lograr lo que logré con el folklore, entonces ahora tenemos que ayudarlo. Me va muy bien en los festivales y también les va bien a los festivales, sigue intacta la ida y vuelta con el público, trabajo todo el año, me llaman de afuera y hay más pedidos de los que puedo cumplir. Hay más festivales de folklore que de rock, pero si piensan en mí como un artista capaz de convocar juventud como una estrella de rock, que valga la comparación entonces.

