Misión: niños felices
¿Cómo se las arreglan los padres para la difícil tarea de mantener entretenidos a los niños durante 15 largos días? Comienzan las vacaciones de invierno y, para muchos padres, empieza también el tiempo de hacer malabares.
Esa mochila no debería estar ahí, decimos. Es la hora de la siesta y las criaturas corretean por la casa en lugar de estar sentaditas en un sus pupitres del colegio. En el hogar reina el aturdimiento.
Ese mantra que nos repetimos hasta el cansancio –”ya vienen las vacaciones, ya vienen las vacaciones”– iba a convertirse en un remanso, una fractura ociosa en el medio del año, pero pasa a ser una premonición incómoda, porque para quienes no tienen posibilidad de viajar, las vacaciones son improvisación sobre la marcha.
En julio lo primero que se pierde es el dominio del control remoto. Ahora el televisor salta de canal en canal a un volumen insoportable. La pantalla se ha llenado de dibujitos animados gangosos. Hay ropa tirada por todas partes y el living está minado de juguetes de todos los colores.
El receso invernal es un arma de doble filo, una sorpresa; no importa que la fecha esté marcada con cincel en el almanaque.
El primer día siempre es el más complejo. Las obligaciones se mezclan con la necesidad de resolver para los pequeños qué, con quién y dónde. El torbellino de opciones convierte a los padres en desangelados estrategas del despelote. Hay que hacer malabares para acomodar horarios, coordinar traslados, ver cómo aprovechar esos días que, indefectiblemente, nos llevarán puestos.
Miles de progenitores braceamos sin éxito en el tsunami incontrolable de amiguitos y primitos jugando de visitantes. El frío propone inventar ceremonias de interior.
¿Llevamos el chiquerío al cine? ¿Se cura el aburrimiento con una buena cartelera con anteojos 3D?
Con inocencia, los padres pensamos que una panzada de séptimo arte es lo indicado para tener un respiro. “Los chicos en el cine se entretienen”, nos decimos, no muy convencidos. Y es que pronto descubrimos que en el hall de las salas reina un desorden tumultuoso todavía más caótico que el de la casa: cientos de padres han pensado lo mismo.
Un tropel de infantes corretean con las manos pegajosas, a los gritos, y confirman la sospecha: nunca fuimos originales. Algunos niños lloran y patalean sobre la alfombra junto a la boletería, otros pegan mocos en los afiches de los estrenos. Hay alaridos, cuerpitos trabados en una lucha sin cuartel para ver quién tendrá el vaso en el apoyabrazos.
Los padres hacemos malabares con las camperas y la bandeja con alimentos. Parece importar menos la película que el ritual del pururú, los nachos y esos baldes groseros de gaseosa.
Pero cuando se apagan las luces y empiezan los avances, cuando las caritas quedan suspendidas con un bollo de pochoclo a medio camino de la boca en un claro gesto de felicidad, comprendemos que ha valido la pena el esfuerzo… hasta que una vocecita en la oscuridad dice por lo bajo: “mago pis, pa”.
Para quienes tienen hijas, llevarlas al baño en espacios públicos es una misión comando. ¿Al de hombres o al de mujeres? Y si es al de mujeres, ¿entramos o las esperamos en la puerta? ¿Le pedimos a alguna madre desconocida que las acompañe? ¿Y si se sientan sobre una tabla sucia?
En eso pensamos mientras vamos saliendo a contraluz entre las butacas, atravesando un mar de rodillas y chistidos, haciendo equilibrio para no tirar, de un culazo, algún tonel de bebida carbonatada.
Pero siempre es preferible el cine u otra actividad puertas adentro a las inclemencias del tiempo en los espacios abiertos. Es mejor la solidaridad resignada de los que hacemos una cola para comprar las entradas a algún espectáculo: estamos todos en la misma y nos respetamos.
Las vacaciones de julio son un espejismo, una mentira que nos decimos para convencernos de que todo lo que se llame “vacaciones” es sinónimo de “tiempo libre”. Pero quienes tenemos hijos sabemos que no hay nada más lejos que esa idea.
Sin embargo, hacemos lo que hacemos porque nos da felicidad, porque nos reencontramos con esos adultos en miniatura que quieren nuestra atención y un poquito de nuestro tiempo.
Habrá quienes se apoyen en la salvadora y oportuna paciencia de los abuelos, o en la redentora bocina del auto de los tíos en la puerta.
En invierno deberíamos optar por las ceremonias de interior. Lo sabemos cuando subimos las escaleras mecánicas apurando el paso para no perder de vista a la prole, cuando acariciamos sus cabecitas en la oscuridad y les tomamos la mano. Detrás de esos anteojos de colores hay felicidad. Y en esa felicidad, por fin, los padres estamos descansando.

