Maneras de contar las ausencias
Con un buen marco de público que circula por las salas, la novena edición del Argentino de Teatro se desarrolla al calor de los elencos de la región.
El festival que organiza la Universidad Nacional del Litoral es una cita en la que se encuentran textos y dramaturgos; conceptos de puesta y dirección con los elencos que animan una muestra de la actividad teatral y de la búsqueda de algunos referentes contemporáneos, fronteras hacia adentro.
El santafesino Rafael Bruza, uno de los referentes regionales, abrió el festival con La penúltima oportunidad, un trabajo desconcertante, por la anécdota y, sobre todo, por la resolución del conflicto. Bruza contó en esta producción de la UNL, con dos actrices encantadoras y de largo oficio (Silvana Montemurri y Cristina Pagnanelli), pero las expuso a un texto y un tema que pierden rápidamente el rumbo.
Juana y Marta caminan por el cementerio entre los nichos y buscan a Matías, el amor que las enfrentó durante años. El humor negro y el grotesco planteado en gestos y lenguaje (innecesariamente procaces y de inspiración masculina), maquillan un texto que va a un callejón sin salida, mezcla de chiste y fábula new age. La muerte, la experiencia del más allá y el juego dramático planteado en un espacio estático, chocan con las referencias redundantes y las explicaciones sobre la rivalidad por el amor del difunto. Lo explícito mata la fábula, de por sí complicada en un registro en el que el ridículo liquida esa pintura costumbrista, plagada de máximas y llamadas de Dios al celular que quedó en el féretro. A veces la búsqueda de una comunicación más directa con el público termina forzando una idea. El autor de Rotos de amor (en Córdoba se verá este fin de semana con elenco mendocino) incluye dos muñecas y expone el vínculo entre las mujeres con cierta ingenuidad narrativa y pobreza en cuanto a los recursos de la dirección.
De Buenos Aires, de otra generación y activando los procedimientos del biodrama, Lola Arias (autora de El amor es un francotirador) y elenco apuntaron en Mi vida después, al tema de las ausencias, de otra manera.
El majestuoso escenario del Teatro Municipal se llenó de ropa usada, sillas, objetos cotidianos, una pantalla e instrumentos musicales y tubos fluorescentes.
Uno a uno los actores cuentan de dónde vienen y se ganan su lugar en escena. Con la dinámica de la línea del tiempo salpicada de fechas significativas para ellos y, en muchos casos, para la historia nacional, van hilando las seis biografías: la hija de un policía; el hijo de un bancario; el hijo de un mecánico de autos; la hija de periodistas; el hijo de un cura; la hija de un revolucionario. Los años 1960 y 1970 encuentran su grafica en escena mientras los actores arman el texto con fotos, recuerdos y datos personales. Sobre el escenario, se convierten en una extraña teatralidad, lo ‘posdramático\', como se dice ahora cuando se cruza la frontera de la representación.
Lola Arias crea un espectáculo rítmico, visceral, en el que las imágenes íntimas se amplifican y abrazan la gran historia argentina. Las ausencias y las muertes, forzadas o naturales, las miradas de los niños y niñas, ya adultos, hacen legible y profundo el título de la obra. La única observación sobre el manejo del material, de por sí profuso y variado, como las vidas de los intérpretes, es que, al incluir datos del presente, esa energía que sostiene el espectáculo se derrama abriendo nuevos sentidos que pueden dar inicio a otro espectáculo. En la palabra ‘después\' cabe un universo posible.
De todos modos, los actores bien entrenados y con el compromiso del material expuesto, reivindican el pasado en tanto memoria y oportunidad de autoconocimiento.
Como por arte de magia
La noche del miércoles dejó una sorpresa y una sensación de alegría generalizada cuando finalizó El centésimo mono, la obra con dramaturgia y dirección de Osqui Guzmán y un trío de actores estupendos. Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emmanuel Zaldua tienen una particularidad, un rasgo que los ha puesto en distintos escenarios donde mostraban habitualmente sus rutinas. Son magos, ilusionistas, de esa raza de artesanos del espectáculo. Osqui asumió el desafío de dirigirlos y les propuso potenciar los trucos de magia con la teatralidad que van creando en escena. El conejo de la galera es la situación: tres hombres (que puede ser uno solo, tres o mil) entra al quirófano. El acto ocurre en la cabeza de los hombres anestesiados. Tres magos en el quirófano y la magia asociada a la muerte. En el escenario aparecen los trucos, a ritmo sostenido. Son tres magos a corazón abierto que se preparan para la actuación. "Esta noche jugaremos con el destino", dicen. También aparece una teoría, casi una superstición, que dice que cuando el número cien de una especie adopta un determinado comportamiento, en otra parte del mundo, otros de la misma especie lo toman como propio. En la obra, al trasponer una puerta, todo se transforma por la magia de esos hombres que proponen una última función sin guardarse nada. El público quedó hipnotizado por la gracia de los actores, el nivel de los trucos, el buen humor y la poesía que crearon en el umbral de la existencia.
Al cierre de esta edición, dos unipersonales poderosos se disputan el público: Escandinavia, de Lautaro Vilo con la actuación de Rubén Szuchmacher, y Nada del amor me produce envidia, de Santiago Loza, la obra que protagoniza María Merlino.
Emociones y memoria
En el espacio del Argentino también se presentó el libro Inventario del teatro independiente de Santa Fe, compilado por Jorge Ricci. El rescate de nombres, grupos, críticos y hacedores del teatro da cuenta del llamado Siglo de Oro del teatro santafesino.
Poco después, la Secretaría de Cultura de la UNL distinguió al crítico y periodista Roberto Schneider por los 15 años del programa de televisión La cuarta pared, dedicado a la difusión del espectáculo y la cultura local. El periodista del diario El Litoral y vicepresidente de Critea, además, legó el archivo de Osvaldo Neyra, un regalo del hombre de teatro fallecido en 2006 en Concepción del Uruguay. El material, testimonio de la vida teatral santafesina en fotos, programas y críticas, forma parte desde ahora del Museo Histórico de la Universidad.

