Justin Bieber: Creer o reventar
Justin Bieber propone en “Believe” un interesante mix de baladas y ritmos pisteros a partir del hip hop. Su desparpajo vence la noción de credibilidad.
Andrés Calamaro lo viene advirtiendo desde hace mucho tiempo, desde antes de ponerse incontinente en Twitter: "Odiamos la música que no escuchamos". Es tal cual, nos la pasamos suponiendo que tal o cual artista, por ser del gusto de semejante segmento de público, no pueden hacer algo artísticamente consistente. Ni hablar si se trata de alguien como el canadiense Justin Bieber, que no ha pasado la barrera de los 20 y, además de excitar a las niñas del mundo, también ha logrado duetos con artistas respetados como Kanye West y Usher ( más que un invitado de Bieber, un aliado fundamental). Uno lo ve canchero y bailoteando con su gorrita, y no puede sacarse de la cabeza la idea de que es un invento. Pero hay que tomarse el trabajo de escuchar la música que escuchan todos para finalmente determinar "yo no la escucho". Y entonces suena Believe, el tercer disco de un Justin Bieber que está atravesado por su rendidora personalidad timorata. Basta verlo en la foto de contratapa, donde luce con su corte a lo James Dean munido de acústica y calzando llantas bien hip hoperas. Y eso alcanza para concluir que Justin está entre el cantautor capaz de somatizar penas de amor en baladas (se impone Right here, junto al compatriota Drake) y el artista pop que bailotea temas construidos en base a derivados de una cultura (la de la doble h) que viene afectando todo desde hace décadas. De eso va Believe, con asistencia de los productores Christopher Hicks y Kuk Harrell, y tiene al corte Boyfriend como mejor carta de presentación. Es un track con un medio tiempo alucinógeno, que se recorta con un arpegio y una letra que resuena importante pero en realidad dice algo banal: "si fuera tu novio no te dejaría ir". Lo más superficial embutido en una producción suntuosa. Peligro de pop, de que Bieber te mire a los ojos desde el poster colgado por tu hija en su habitación.
Por su parte, los temas con invitados ayudan a que Bieber se reviente la cabeza contra la bola de espejos. Ludacris prende la mecha seca del explosivo All around the world, que tiene un "oh, oh, oh" inicial que no hace falta ser Horangel para vaticinar que sonará en repeat en las pistas del mundo. Beauty and beat, con Nicki Minaj, tiene un groove exuberante y esos teclados vintage que tanto le rinden a Kylie. Hacia el final explota en graves malignos, para desconar. Un tempo más abajo está As long as you love me con Big Sean, un tema que resuena adulto, como producido por artista que acaba de confirmarse en algo. Las baladas se debaten entre sonar invertebradas como Fall, en plan confesional como Be alright y jacksonianas como Catching feelings. A propósito, Michael vuelve a ser desvelo para un emergente que, en realidad, emergió hace mucho. Así como en su momento afectó a Justin Timberlake y más acá al oscuro The Weeknd, aquí Bieber no puede evitar su embrujo en She don\'t like the lights, su diatriba contra el acoso de los paparazzis.

