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Punto de vista: por qué Córdoba no merece el Congreso de la Lengua

El gran evento del idioma castellano vendrá en 2019, pero la buena noticia llegó en uno de los peores años para la cultura de Córdoba. 

16 de octubre de 2016 a las 02:00 p. m.
Punto de vista: por qué Córdoba no merece el Congreso de la Lengua
El Congreso de la Palabra en Rosario, en 2004.

–Papá, papá, tengo una noticia mala y otra buena para contarte. ¿Cuál querés primero?

–La buena.

–Vamos a ser la sede del Congreso de la Lengua en 2019.

–¿Y la mala?

–No hicimos mucho para conseguirlo.

Parece un chiste, pero va en serio: Córdoba recibirá uno de los encuentros más importantes de la lengua española, pero la buena nueva llegó en uno de los peores años de las Córdobas en materia cultural. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

La Ciudad no puede avanzar con viejos proyectos como el Comedia, la Provincia termina el año con un tristísimo récord de inacción, con un botón que basta para muestra (el apagado festejo del 125º aniversario del Teatro del Libertador, que se anunció con bombos y platillos y que una sombra ya pronto fue) y la Universidad Nacional de Córdoba tampoco encaró proyectos culturales sobresalientes en este 2016.

La Feria del Libro, que tiene a las tres patas reunidas (aunque hay que reconocer que la Municipalidad es la que lleva el peso de la tarea) terminó una edición como las de siempre, disminuido su peso por el crecimiento de otros eventos culturales que van hacia lo específico y no hacia el generalismo, como los festivales de poesía, de literatura o de literatura infantil.

El anuncio del Congreso de la Lengua –organizado por el Instituto Cervantes, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española– supone, por empezar, una sorpresa mayor que el Nobel literario a Bob Dylan.

Y habrá que explicar buena parte de los motivos de esta selección en las gestiones políticas previas. En definitiva, dentro de tres años se realizará en Córdoba este foro de reflexión sobre la situación, problemas y retos del idioma, y tenemos tres años para demostrar que detrás de las grandes palabras no hay muchas letras chicas.

La intervención política (el anuncio fue hecho por los ministros de Cultura y de Turismo de la Nación; el gobernador de Córdoba Juan Schiaretti; el rector de la UNC Hugo Juri y la decana de la Facultad de Lenguas Elena Pérez, y representantes del municipio) que determinó la elección de Córdoba frente a otras ciudades del mundo hispanoparlante, echa por tierra eso de que los políticos no siempre son hombres de palabras.

Palabras más, palabras menos

Ahora bien, cuando la palabra convoca, también se empeña: una vez hecho el anuncio, Schiaretti prometió un centro de convenciones nuevo que empezará a gestarse durante el primer trimestre de 2017. Aplausos sobran, preguntas también.

La noticia del Congreso y de la nueva obra llega en el contexto de una mayoría de espacios provinciales de la Cultura sin un rumbo claro en su programación desde que “volvió Juan”; cuando dichos espacios no tienen directores designados (aún cuando los concursos se realizaron hace un año en un proceso cuestionado), cuando pasaron meses y meses de asombrosa acefalía y silencio oficial en el que sobrevivieron algunos proyectos casi por inercia.

Por el lado de la UNC, todavía esperamos el Centro Cultural en la preciosa esquina de Duarte Quirós y Obispo Trejo. Si de palabras empeñadas se trata, se había prometido que el edificio del ex Instituto Tecnológico Universitario del siglo 19 y las ruinas jesuíticas se convertirían en un nuevo espacio en... marzo de 2013. Desde la nueva conducción no hubo noticias de continuidad.

La gestión cultural de Mestre está estancada con la pesada herencia del Teatro Comedia y con la herencia recientemente adquirida de La Piojera; más el inactivo Centro Cultural General Paz y un Centro Cultural Alta Córdoba que pudo darse el lujo de tener una coqueta sala en el subsuelo gracias a un acuerdo con fondos privados.

Sin dudas hay que celebrar que Córdoba haya sido elegida para uno de los encuentros más destacados de la palabra, pero la alegría no oculta una realidad que hay que mencionar con todas las letras.