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Vida eterna

Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Diego Valdez.

11 de septiembre de 2010 a las 05:26 p. m.
Diego Valdez
Vida eterna

Lo último que escuchó antes de comenzar su vida nuevamente fue el perseverante pitido intermitente de la máquina a la que estaba conectado. La molestia que le causaba ese sonido fue inmediatamente sustituida por una inmensa sensación de paz. Sintió una repentina relajación en todos sus miembros y la impresión de que estaba flotando en el aire. A lo lejos, distinguió un destello. Entre las tinieblas, caminó, o flotó, con la vista fija en su objetivo luminoso. Cuando por fin estuvo frente a esa hermosa luz, intentó tocarla. Pero antes de que eso ocurriera, la luz comenzó a expandirse y a brillar con una intensidad tal que le lastimaba los ojos. Sintió que algo o alguien lo jalaba; y volvió a vivir el momento en que nacía ante varios médicos que lo observaban tras unos barbijos celestes. En la cama, acostada, vio a su madre que, preocupada al no escuchar su llanto, preguntaba cómo estaba su bebé. Vio a su tía llevándole el cachorro como regalo de su cuarto cumpleaños. Pudo sentir, nuevamente, el sabor de los enormes trozos de pan casero con manteca y dulce de leche que le preparaba su abuela. Recibió la hostia del padre Federico y sintió, otra vez, la aspereza de esa "galleta" sin sabor en su boca.Estudió los problemas de geometría, "vitales para la vida cotidiana", como rezaba su maestra, y volvió a ganar veintiséis figuritas en una tarde afortunada.Volvió a ingresar al secundario y aprendió el Teorema de Pitágoras, el "debe" y el "haber" y las oraciones coordinadas y subordinadas. Se puso de novio con Marcela, luego con Celia, y con Emma, quien lo engañó y tuvo el valor de decírselo. Experimentó, de nuevo, la extraña sensación de haber visto antes a esos dos muchachos que peleaban en el potrero que estaba a dos cuadras de su casa. Encontró trabajo como oficinista y conoció nuevamente a Mabel en el bar de la esquina. Se casó con ella luego de tres años de noviazgo y presenció, otra vez, el parto de su primer hijo, a quien llamó Federico sin saber de dónde recordaba ese nombre. Volvió a sufrir por la muerte de su madre y pensó que, afortunadamente, no recordaba la muerte de su padre.Volvió a discutir con su mujer por cuestiones económicas y salió enojado con su auto. Pisó el acelerador mientras pensaba en lo absurdo de la pelea y, otra vez, perdió el control del auto y chocó contra el árbol. Volvió a estar en estado de coma y, antes de morir, nuevamente escuchó el perseverante pitido intermitente de la máquina a la que estaba conectado. Volvió a sentir la paz y la sensación de estar flotando en el aire. A lo lejos, pareció distinguir otra vez un destello. Cuando estuvo frente a esa luz que se expandió con un tremendo brillo que casi lo cegó, volvió a vivir el momento en que nacía ante varios médicos que lo observaban tras sus barbijos celestes.El autorDiego Emmanuel Valdez Benítez nació el 12 de agosto de 1983 en Córdoba. Estudió Letras Modernas. Como estudioso de la literatura, se ha interesado en el cruce entre el fútbol y las letras. Fue premiado en varios concursos.