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Ute Lemper en Córdoba: Ella canta sola

Ute Lemper y su "Last tango in Berlin" conmovieron a un Teatro del Libertador repleto con canciones en torno a la guerra y la libertad. Crónica y fotos.

03 de octubre de 2010 a las 06:31 p. m.
Ute Lemper en Córdoba: Ella canta sola

Un concierto con la textura de una fantasía, con el escenario instalado en la imaginación de la artista, que tiene todos los instrumentos necesarios para hacernos entrar y salir a voluntad por su propio viaje de canciones. Ute Lemper, mujer maravilla de la canción universal, una membrana delicada y sensible por la que entran y salen músicas que nunca más volverán a ser las mismas.

El sábado trajo Last tango in Berlin, uno de sus muchos conciertos solistas, y dice que le tiemblan las rodillas por los nervios que le da cantar tangos en el lugar de origen. Pero los arrebata en su propio fuego, la discípula de Rinaldi, admiradora de nuestros cantores patrios, hija alemana que eligió el exilio en la Gran Manzana para nutrirse de distancia y altura. Último tango en Berlín, con piano y bandoneón, pasaje de ida y vuelta a la capital de un juego que perdió y ganó libertades.

El final de la República de Weimar, en 1928, es la primera escala, con el Ángel azul y Lili Marleen, principio del viaje. Va a terminar en noviembre de 1989, un muro y dos ciudades después, y en el trayecto quedarán París, María de Buenos Aires, la chanson de Piaf y los tangos reos. Ute sola lleva multitudes en el alma, una boa desplumada y un bombín que eriza la piel si traza una diagonal en su frente. Médium de la belleza en un cuerpo interminable que lleva como medallas las marcas de Bob Fosse y Maurice Bejárt, de Velma Kelly y Sally Bowles.

Ella canta sola, poseída hasta hablar en lenguas que comprendió bastante antes de entenderlas. Yiddish, español, inglés, francés, alemán. Al fin serán todas una manera de explorar lo que le pasa a Ute cuando encuentra historias de humanidad apasionada, en busca de libertad y belleza en medio de la destrucción y el dolor. La solista que bailó y cantó a Bukowski, a Kurt Weill, a Bertolt Brecht y Piazzolla, también desarmó y compuso sus propias versiones de lo que puede hacer un intérprete cuando ha refinado sus antenas y sus talentos hasta conectarlos con esa cuerda donde todos vibramos al unísono.

Y si se sube al piano, como una gata confiada en sus encantos, el cliché se convierte en encanto y todas las lentejuelas de su vestido se aproximan al número de veces que tenemos ganas de decirle que siga cantando, que la vamos a aplaudir hasta que se acaben todas las guerras y los artistas que la hicieron cantar así de profundo y así de lejos.