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¿Un sueño de Zarina?

Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Marcos Daniel Romanow.

12 de marzo de 2011 a las 04:45 p. m.
Marcos Daniel Romanow
¿Un sueño de Zarina?
Pintura de salvador Dalí.

Al principio fue lo usual: un largo y oscuro pasillo iluminado al fondo. Así como para quien viene de la noche toda claridad es un llamado, una invitación a entrar, de algún modo llegué allí sin caminar, atraída por su extraño magnetismo. ¿Qué puedo decir del lugar? Primero, el resplandor de un ámbito de purísima blancura; antes que un continente para el cuerpo era una apercepción directa del alma: la liberación de la necesidad, la morada de la paz y la felicidad. Luego, allí me encontraba, como en la contemplación de un dios posible y necesario, cuando los fui viendo de a poco, traídos a mi presencia por una marea existencial. ¿Mario? Sí, el tío Mario, con una sonrisa clara, mirándome, esperándome, y también el abuelo con sus grises ojos que decían vení, Zari, sin hablar. Su comunicación se sentía en el corazón de mi ser, y tenía la forma de las caricias. ¿Cómo era posible? ¡Tanto tiempo, abuelo! ¿Qué querían ellos? Nada. Iban llegando, simple y lentamente. ¡Eran tantos! A lo lejos, los veía descender de un ánfora y acercarse tranquilamente, sin tumulto, y al reconocerlos, sus nombres indistintos se transformaban en papelitos de colores jugueteando confundidos, como gotas de agua en un río. Entonces giré y allí estaba mamá en la cocina de la casita vieja. ¡Claro –pensé iluminada–. Es mi cumpleaños! Me festejaban con una armonía de orquesta, en el íntimo abrazo de un peluche. Imperceptiblemente, era llevada con tímida confianza, aunque no ofrecían su mano. Todos me miraban con sus sonrisas plenas y sostenidas, por eso sabía que estaba con espíritus benignos: eran personas conocidas y queridas de este mundo. ¿Qué mundo? El real. ¿Dónde me hallaba entonces? Una obscura noción de alerta se fue encendiendo en mí. ¿Quiénes eran ellos verdaderamente? Miré sus sonrisas durante un tiempo sin transcurso y advertí un resabio de museo en ese inmutable catálogo platónico. Entonces fui sacudida desde afuera, y estremecida, deseé algo, no sé qué, luego fue un sordo abrirse de tierra bajo mis pies. “Este hogar esperado como un puerto –me dije– no puede aún reunirme con ese otro yo que viaja, ni separarme de él por completo”. Fui deslizándome hacia un abismo tras la espalda. Cierta indolencia en mí deseaba quedarse, aunque yo no quería, en realidad; faltaba el calor de la sangre, que me llamaba. Ahora, una creciente necesidad de doloroso amor me arrastraba y yo no me resistía, como quien está naciendo, o tal vez muriendo. Ellos me soltaron cual un muelle a las amarras de un navío, y los vi alejarse con mi pena reflejada en sus rostros. Quise, necesité –en vano– descifrar sus inescrutables miradas con la pavorosa certidumbre de hallarme a punto de atrapar un secreto mágico, o el fuego sagrado de los dioses (otra vez). Pero en la progresión cada vez más difusa de sus formas se desvanecía el sentido de su esencia: ¿era un mensaje de esperanza, o tal vez un aviso, una advertencia?