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Un dandy en El Paraíso

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento del escritor Manuel Mujica Láinez. Vivió sus últimos años en Cruz Chica, Córdoba, y fue al mismo tiempo símbolo y escándalo de la clase aristocrática.

10 de septiembre de 2010 a las 03:51 p. m.
Un dandy en El Paraíso
Manuel Mujica Láinez vivió sus últimos años en cruz Chica, Córdoba.

Una imponente, ostentosa casona con estacionamiento para turistas. Una biblioteca de 9.000 volúmenes, un mobiliario exquisito y vetusto, una cantidad soberbia de álbumes de fotos y manuscritos. El aroma polvoriento de las cosas que sobreviven a sus dueños. Tiempo atrás, cada 11 de septiembre se celebraba en esa casa el cumpleaños de Manuel Mujica Lainez, el escritor porteño que eligió Cruz Chica primero como destino de vacación, y luego como hogar definitivo durante sus últimos años de vida. Hoy, la casona que funciona como museo y centro cultural está cerrada por vacaciones y el único indicio de que se cumplen exactamente cien años del nacimiento de su más célebre ocupante es la falta de algunos objetos y muebles, llevados por la Fundación Mujica Lainez al Museo Larreta de Buenos Aires, donde a partir de hoy se exhibe una muestra homenaje al autor de Bomarzo. Lo que queda de Manuel Mujica Láinez en Cruz Chica es un catálogo de excentricidades y la sensación de que, en algún momento ya lejano en el tiempo, una parte de la historia literaria nacional se escribió tras las paredes cubiertas de enredaderas de esa enorme casa, en ese pequeño pueblo en el que aún viven algunos hijos de algunos amigos del escritor, gente que aún le dice "Manucho" y que conserva ejemplares firmados por él como quien guarda un tesoro familiar. Allí y en La Cumbre hay carteles que indican cómo llegar a "El Paraíso", uno de los principales atractivos de la zona, y eso provoca que el nombre del escritor se repita como si fuera una calle o uno de esos próceres de los que no se sabe demasiado pero que, por insistencia de la señalización vial, tienen una extraña presencia en la ciudad. Durante el verano, cuando la vieja casa abre las puertas al público, "El paraíso" da cuenta de los gustos aristocráticos de Mujica Láinez y de su pasión por el arte decorativo. Hay una excentricidad que por momentos parece impostada, como en ciertos pasajes de su escritura, y todo lector de su obra podrá encontrar una relación directa entre la experimentación con el anacronismo de la voz narradora de Bomarzo (un personaje que cuenta en primera persona una historia del siglo XVI de la que él es protagonista, pero que incluye en su relato referencias a sucesos de los siglos XIX y XX) y la acumulación caprichosa de objetos que pertenecen a diferentes épocas pero que parecen hablar del mismo tema. El amor por España, que marcó las primeras obras de Mujica Láinez y sus primeras incursiones en el periodismo, también aparece en la casa como si fuera una pátina absoluta, un color algo desvencijado que cubre todo lo que hay dentro de ese edificio en el que murió, en 1984, el autor de Misteriosa Buenos Aires.

AnacronismosY si acaso resulta forzado encontrar detalles persistentes de su biografía en el presente de Cruz Chica, es más difícil aun hallar datos sobre la actualidad de su obra en el mapa cultural argentino: si bien uno de los géneros en los que se destacó como precursor es hoy una de las formas más vitales de la literatura, la novela histórica, el carácter experimental de Bomarzo (eclipsado en su momento por el ejercicio mucho más extremo de su contemporánea Rayuela, de Julio Cortázar, novela con la que compartió el Premio Kennedy) y su giro hacia el fantástico no encuentran demasiado eco hoy en las experiencias de tensión del realismo, así como el regodeo exquisito en los beneficios de la clase que, aunque decadente, marca el pulso de la narrativa de Mujica, aparece hoy como un detalle impensable en la narrativa contemporánea.  Además, a pesar de que Bomarzo, Misteriosa Buenos Aires y los cuatro títulos de la "saga porteña" en la que describió la decadencia de la aristocracia capitalina (Los Ídolos , La casa , Los viajeros e Invitados en El Paraíso) forman parte del canon literario nacional, conseguir alguna de sus más de 30 obras en una librería no especializada es una empresa casi imposible, salvo aisladas reediciones.

FamaEl silencio indiferente de La Cumbre en el día del centenario de su nacimiento parece ser una cruel contracara del ruido que hacía "Manucho" en vida, un personaje de celebrado pintoresquismo, tildado de frívolo y de escandaloso (o, como lo describe uno de los personajes de Respiración Artificial, la novela de Ricardo Piglia: "una mezcla tilinga de Hugo Wast y de Enrique Larreta"). Un hombre de una anacrónica excentricidad, que se formó para ser escritor y que se dedicó a cultivar un estilo irónico, de crítica social moderada, torpemente españolizante en los primeros años y notablemente sarcástico en los últimos (El viaje de los siete demonios, publicada en 1974, desarrolla con crueldad y genialidad un humor soberanamente antiperonista). Un escritor cuyo estilo de vida fue siempre más excesivo y barroco que su estilo literario, y que supo ganarse por eso y por el aprovechamiento constante de su prosapia –su estirpe aristocrática y literaria, su comentado parentesco con Juan Cruz y Florencio Varela– un lugar en las modas literarias de los fervorosos años \'60. Pero también un autor de estilo preciosista y poderosa imaginación, un escritor cuyo frondoso vocabulario no fue tanto un gesto de elite como sí de libertad y exquisitez. A 100 años de su nacimiento, la deslumbrante ornamentación de la casa de Mujica Láinez da la impresión de que la "áspera madeja viejísima" de su biografía persigue, como la del protagonista de su mejor novela, la reivindicación día a día y detalle a detalle de esa vida pasada, de esa vida que parece buscar delicadamente en quién continuarse.