Tuve que hacerlo
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Lucrecia Ingignolli.
Sandra pasó la franela sobre la lámpara que limpiaba con empeño desmesurado, casi obsesivo. Siguió unos minutos más y abandonó todo para buscar otra vez la carta que Ema le escribió en un momento de curiosa apertura. Sentada junto a la cómoda, abrió el papel desplegando los finos dobleces y releyó las mismas líneas, tratando de adentrarse en el simple pensamiento que mostró su hermana al escribirlas. Hubiera deseado, pensó, no saber. Todo había empezado la misma tarde en que regresó del viaje. Fue la última vez que pudieron abrazarse junto a la tumba de su madre. La de ambas.Desde la calle Ema vio su casa, con el alivio que brinda volver al redil. Las puertas y ventanas entornadas, el fresco silencio bajo las acacias del patio, las cortinas moviendo sus colores, con pereza de siesta amarilla, y sus piernas hinchadas por las horas en el bus, inmóvil. Pensando su dolor. Y las pérdidas a las que estamos destinados. Y los recuerdos que marcharon con ella, sin desperdigarse un momento. Siempre ahí, por horas.La maleta abandonada en medio del pequeño living. Y Ema, sentada frente a la cocina, pasándose el pañuelo rosa tenue por la frente.Vacía ya de llanto, sólo miró con atención las ramas del árbol más cercano a la casa, que rozaban con un "cri-cri" el vidrio de la ventana.Tan pronto tuvo la sensación de no estar sola, caminó descalza hasta el dormitorio de su hija, con la puerta casi cerrada. Detuvo su mano en el aire y la retrajo. No quiso tocar el pestillo. No supo por qué pero arrimó sin remedio la pupila dilatada a la hendija, para espiar. En su propia casa.Sintió la hinchazón en los tobillos cuando caminó de regreso a la cocina, las venas de la frente saltando por el esfuerzo para no gritar.Sólo Adelita le importaba ahora. En ese mismo instante tomó la decisión de protegerla y brindarle una oportunidad en la vida que, al fin, siempre resulta corta.Esa noche cenaron los tres, en silencio, respetuosos de su duelo. Ema cocinó, pese al dolor de piernas, el plato preferido de Alfredo: tiernas costeletas de cerdo con puré de manzanas. Adelita, entre mimos, se asoció al clima relajado del reencuentro. Hablaron del viaje, de cómo se te extrañó, de qué pena el prolongado final de abuela.Luego el descanso. La fiebre del no dormir. Un plan que asoma en las tinieblas de la habitación y el pensamiento. Dibujado. Perfecto.Alfredo murió a los tres meses.Sandra dejó de leer. Abandonó con agobio el papel sobre las piernas. Siempre la estremecía ese último párrafo, fuerte y duro, pese a la letra menuda de Ema. "... nadie lo sabe; más de uno lo intuye y acaso sea inevitable; pero nadie lo sabe. Cumplo con mis deberes cotidianos y aunque sufro cierta distracción, no es excesiva. ¿Por qué llamaría la atención? Todo fue cuidado hasta el mínimo detalle. Ni Adelita supo jamás que la estaba ayudando cada vez que mezclaba las ínfimas dosis de raticida en la comida de Alfredo. Eso sí, quizás no lo pueda disfrutar en realidad y no sucumba por esta acción inevitable, sino a consecuencia de esta alegría".

