Temas del día:

Tres pisos en ascensor

Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Javier Esteban Moyano.

26 de junio de 2010 a las 06:00 p. m.
Javier Esteban Moyano
Tres pisos en ascensor

La rutina llegó a abarcar hechos tan intrascendentes como tomar el ascensor que me lleva al tercer piso, donde se encuentra mi departamento, siempre a la misma hora y con la compañía de la misma persona cuando vuelvo del trabajo. Y a pesar de eso, nunca pude saber su nombre. Tal vez porque siempre lleva los auriculares puestos en sus orejas nunca me atreví a conversarle. Su pelo siempre revuelto, desordenado y con aspecto de sucio, pero de esa maraña se desprendía un fresco aroma a shampoo de manzana como si recién se hubiera duchado. Tampoco conocía el color de sus ojos. La adivinaba bastante linda pero el temor a enamorarme me vencía. Ella siempre canturreaba mis tres pisos en ascensor con un susurro incompresible por las desmesuradas mascadas que le propinaba al chicle.Pero ese día me odiaba. El apuro por irme de la oficina hizo que me golpeara el costado derecho de la frente con una de las puntas del escritorio cuando me agaché a buscar el informe de variaciones de costos que me habían enviado por e-mail, que lo había impreso y que se me había caído al piso. Sin leerlo, de pura bronca, lo metí en la carpeta y lo guardé en mi bolso. Salí rebuznando como un rinoceronte. No podía dejar de tocarme, como si eso impidiera que el chichón se formase. Delante de la chica de los auriculares trataba de, ni siquiera, rozarlo con el pelo para que no advirtiera la marca del golpe. Iba con la cabeza mas baja que de costumbre. Pero igual se dio cuenta. –Estás sangrando– me dijo con una voz tierna y una preocupación sublime, a la vez que su lengua y el chicle danzaban como en una centrifugadora en el interior de su boca. Se acercó y tocó mi sangre con su índice, con delicadeza y con dolor. No sé si fue por compasión o por pura locura, pero comenzó a besarme. Mordía mi boca como si quisiera sacarle jugo. Traté de escapar, pero sólo conseguí arrinconarme en una de las esquinas del ascensor.Ella no se sentía defraudada y continuaba con su acecho sin abandonar la devoción. Podía escuchar la música de sus auriculares, oler su pelo revuelto, pero no lograba involucrarme en ese juego que aún no adivinaba sus reglas. Entonces ella le imprimió aún más pasión, y con una decisión rayana a la de los suicidas, bajó su mano derecha y tomó poder de mis genitales, de la ansiedad del goce. De repente el ruido la distrajo. Habíamos llegado al tercer piso. Ella abrió la puerta tijera invitándome a salir, manteniendo una sonrisa sólida y desvergonzada. Desde allí veía la puerta de mi departamento. La miré por última vez, sus ojos era verdes. Y fue entonces cuando el globo del chicle estalló en su cara que decidí que lo mejor era seguir adelante. Detrás de mí cerré la puerta, sus piernas ascendían hasta desaparecer.El autorJavier Esteban Moyano tiene 30 años. Ha publicado un libro de poemas titulado Vuelan mis versos. Varios de sus textos han resultado finalistas en concursos literarios de la provincia y el país. Trabaja como guionista y fotógrafo.