Secretos de familia
Hugo Salas publicó "Los restos mortales", una primera novela de atmósfera sórdida y resultado asombroso.
Sórdida y escabrosa son dos adjetivos raramente usados para hablar de una novela argentina. Pero son los únicos apropiados para describir Los restos mortales , la primera novela de Hugo Salas (1976). Una historia impura, en el sentido de indecente, narrada desde el territorio de lo inconveniente y lo inmoral.Más que decir lo mínimo e indispensable del argumento, despleguemos algunas de las piezas sobre las cuales organiza su densa trama: un pequeño pueblo patagónico, pegado a la costa (supongamos, más del norte de Santa Cruz que del sur de Chubut); una familia ensamblada, una mujer con un largo historial y un par de hijas, un varón con un capital importante que también deja atrás lo suyo y que tiene una vida corta por delante; un hijo adolescente, el hijo de ambos, que va en busca de su identidad con tanto deseo como temor; un prostíbulo de mala muerte; y un forastero que no es lo que dice. Esos elementos alcanzan y sobran para definir la sórdida y escabrosa atmósfera que sostiene el relato a lo largo de sus 200 páginas. Y como el todo es más que la suma de las partes, el resultado es asombroso.Una buena novela exige un narrador inteligente. Su construcción es una de las máximas virtudes de Los restos mortales . El primero de sus atributos es cierto ritmo narrativo basado en el retorno regular de frases o ideas perturbadoras, equívocas, desde la primera línea: "La mujer que amaba a mi padre estaba perdida". Narra el hijo, claro.Salas admite que eso no es casual: "He intentado que el ritmo narrativo se construya paralelo al ritmo del texto, al ritmo de las palabras, y por eso se producen los retornos, las repeticiones, las remisiones y las cargas de sentido. Más que con el equívoco, me gusta jugar con frases que abren al mismo tiempo múltiples niveles de sentido, y eso desde luego se contagia a la historia", comenta. Como en el cine Otro atributo del narrador es una fuerte carga visual que remite a lo cinematográfico y el retacear datos que aparecerán más adelante. Menuda tarea a la que Salas explica así: "En una película, cuando aparece un personaje, salvo casos excepcionales, no hay una voz que nos diga quién es, por qué está ahí; simplemente aparece y va construyéndose a partir de lo que hace y lo que ocurre. Me pareció interesante mezclar eso mismo con otro problema que es propio del lenguaje. Cuando ese personaje aparece en una película, como la imagen es altamente referencial, establece de manera muy rápida contexto, lugar, situación e incluso las características físicas de ese alguien. Lo que a mí me sedujo en este caso fue emplear los cortes abruptos y el montaje violento del cine, pero, al mismo tiempo, sacar provecho de toda esa información que las palabras no necesariamente aportan, hacer que las escenas salten como en el cine pero sin tener la imagen de sostén del sentido, lo que genera confusiones que sería complejo reproducir en el cine". Esa dislocación tiene consecuencias: retarda la entrega de datos centrales del narrador. Entre lo geográfico y el nombre del sujeto, hay mucho recorrido. Y lo uno y lo otro señalan hacia el autor. Así, la novela siembra la duda sobre la autoficción. Salas, por supuesto, es consciente del juego: "Me interesó usar restos de un enigma que continúa intrigándome: mi propia historia familiar. Sin embargo, no en el sentido en que lo hacen los escritores estadounidenses en el género que ellos llaman memoir , donde se supone que la carga está en que el autor vivió aquello que narra, sino el proceso totalmente inverso: en qué medida la propia historia es una invención literaria. Por eso el narrador, que se llama Hugo Salas, no es confiable, no es alguien para que nos identifiquemos y suframos con él, confiando ciegamente en su palabra, incluso en varios segmentos podemos sospechar no sólo que miente dentro de la trama, sino que miente también al contarla (o cuanto menos, oculta)".¿Hay una tradición en nuestra literatura en la que pueda inscribirse a Los restos mortales ? En nuestra "novela de iniciación", desde El juguete rabioso (1926), de Roberto Arlt, hasta El secreto y las voces (2002), de Carlos Gamerro, la búsqueda de la identidad por parte de un adolescente implica descubrir lo que los otros saben y el que busca ignora, lo sexual, algo del orden de la violencia, cierta perversión. Salas potencia esa combinación al máximo, y al pensar en una serie literaria que le sea afín menciona las novelas de Puig, el teatro de Copi, más "un cierto bestialismo o discurso extremadamente físico y explícito, directo, una línea que aunaría textos tan disímiles como El matadero de Echeverría, la Oda a la desnudez de Lugones, los cuentos de Quiroga, El juguete rabioso de Arlt y Dar la cara de Viñas , encontrando su epítome en los textos crudos de Osvaldo Lamborghini".

