Raíz de uno
En "La orfandad", Sylvia Iparraguirre explora las raíces de la identidad nacional en un pueblo rural de principios del siglo 20.
Un anarquista y una mujer criada en un orfanato comparten los recuerdos de sus vidas al calor de un amor legendario. En el recuento le dan forma a una nación hecha de batallas desiguales y contradicciones encarnadas. El efecto de los años ’20 en la formación de la Argentina parece ser el tema subyacente de
La orfandad
, una novela entrañable de Sylvia Iparraguirre, que funciona como es
pejo inverso de
El muchacho de los senos de goma
, en un díptico de observación sensible de la sociedad.
—¿Por qué decidió situar la acción de la novela en la primera mitad del siglo 20?
—Por motivos centrales de la historia y de los personajes y, sobre todo, porque uno de los ejes de la novela es mostrar la atmósfera de un pequeño pueblo rural entre los años 20 y los 40. Me interesó narrar esa sociedad de provincia, de la primera mitad del siglo XX en la que se hunden nuestras raíces, cuando, al unirse la herencia criolla del siglo XIX con la inmigración, empezamos a tener una identidad. En ese marco pongo a Sonia y Bautista y es en ese marco que tienen sentido.
—¿Qué relación tiene usted con la causa anarquista?
—El anarquismo está en el centro de todas los movimientos de liberación, por eso se llamó “movimiento libertario”. Tiene bases comunes con el cristianismo, el comunismo y el socialismo. Después de su momento de auge, la palabra empezó a cobrar una significación degradada, en el sentido de que ser anarquista es “no casarse con nadie” pero al mismo tiempo no asumir ninguna responsabilidad. Muchos se llamaron anarquistas para no comprometerse con una responsabilidad social, como si dijeran: Estoy al margen de todo. Hay una ética que dejó al menos cierto anarquismo que a mí me interesa mucho, aquella de una solidaridad a ultranza, la convicción de que las ideas pueden cambiar las cosas, la creencia de que el hombre puede elevarse a sí mismo; en definitiva, una oposición a todo lo que sea barbarie. Por otro lado, tengo una relación literaria, consecuencia de haber leído bastante a Tolstói y de conocer su influencia en los movimientos pacifistas; hubo todo un anarquismo pacífico. Aparte de esto, en Junín, de donde es mi familia, había una central del ferrocarril y muchos ferroviarios de principios de siglo eran anarquistas. Tengo cuadernos manuscritos de hombres que trabajaban 14, 16 horas y encontraban tiempo para anotar sus reflexiones y para enseñar a otros. Creían en la superación y eso me conmueve.
—¿Qué significado tiene, para usted, el rescate de la experiencia anarquista?
—En el caso de La orfandad y por las razones que comenté me interesó un personaje que siguiera la causa anarquista, un anarquismo pacífico. En particular, el rescate de una ética que estaba en el centro mismo de la causa, de una militancia muy sacrificada, sin remuneración, de completa honestidad; un comportamiento que se sigue sin claudicar y que se puede transmitir. Un sentido de la existencia. Hubo hombres así en la Argentina y creo que todavía los hay.
—"La orfandad" tiene un registro descriptivo minucioso. Todo el tiempo da la sensación de que el narrador es un observador sensible, puntilloso. Pero la acción transcurre en un pasado lejano… ¿qué observa, entonces, la autora? ¿el objeto de observación está sólo en su imaginación?
—En algún sentido, La orfandad es un libro autobiográfico, todos los libros en algún sentido lo son, pero como pasé mi infancia y mi adolescencia en pueblos chicos muchas de las cosas que describo pertenecen al mundo de mi memoria personal; a la memoria afectiva, por decirlo así, y muchas veces también a una memoria heredada, ya que hay entretejidos recuerdos de mis padres y de mis abuelos. Cosas que escuché de chica o que a su vez mis padres habían escuchado. No historias completas ni identificables, sino detalles: cuentos, anécdotas, dichos. ¿Quién que haya vivido en un pueblo no ha oído de chico historias como la de la Viuda Negra o la del Hombre sin Cabeza? Primero, la gente más sencilla e ingenua o supersticiosa se asustaba con estas leyendas; una generación más tarde se usaban para asustar a los chicos. Yo quise reconstruir ese mundo Desde lo urbano, desde las grandes ciudades, esto parece un mundo perdido, pero no es así: quedan muchos recuerdos de esta memoria colectiva, de esa Argentina que fuimos. Pero no todo es un pasado lejano. Te aseguro que en los pequeños pueblos del interior subsisten estos modos de relacionarse y esta circulación oral de las historias y de las mitologías del lugar.
—El libro tiene además un tono ligeramente melancólico… ¿Siente que entre la Argentina de su relato y la Argentina actual ocurrieron muchas pérdidas? ¿Qué se perdió?
—Creo que hay también humor en el libro, siempre hay un costado humorístico en la realidad, si no no estaría completa o no sería reconocible. Pero, por supuesto, hubo cambios enormes entre la Argentina de esos años y la actual, sobre todo a partir de los años sesenta la historia en general sufrió una aceleración que se volvió cada vez más vertiginosa. La pérdida está tal vez en las cosas intangibles más que en lo visible, en los valores, en los modos de relacionarse y, sobre todo en la forma en que se van diluyendo las identidades básicas en una circulación universal de sentidos y de contenidos híbridos.
—En su libro se menciona el periódico "Cúlmine" y a su creador Severino Di Giovanni. ¿El protagonista de la orfandad existió realmente?
—No, las circunstancias y los hechos que se mencionan alrededor de Di Giovanni son históricos, pero los personajes de la novelas son todos ficción. En realidad, Bautista Pissano, uno de los personajes centrales de la novela, está en una corriente libertaria opuesta a la de Di Giovanni.
—¿Le interesa la ternura como tema literario?
—No, no me interesa como “tema” literario. Si aparece en algún momento como efecto de una situación o como algo que relaciona a los personajes, está muy bien, pero tiene que surgir, en tal caso, de un momento de la trama, de lo que dicen o hacen los personajes. Y más que nada, debe descubrirlo o ponerlo el lector.
—A Sonia le alivia tener un pasado. Por mínimo que sea. ¿A usted también? ¿Cree que es importante “tener un pasado”?
—Todos tenemos un pasado cuando ya hemos vivido lo suficiente. En el caso de Sonia, el personaje de la novela, ella necesita tener un pasado por su condición de huérfana, por no saber de dónde viene. Esa es su búsqueda, la búsqueda de un pasado. Tal vez, esto se me ocurre ahora, ésa sea también la búsqueda de la novela, la búsqueda de un pasado común. Pero eso no lo sé.
—La sensación, al terminar el libro, es que uno va a extrañar a Bautista y a Sonia. Son personajes entrañables. ¿Los extraña, usted?
—Qué pregunta tan personal. Por un lado es muy bueno para mí lo que decís porque si extrañaste a Sonia y a Bautista quiere decir que en tu lectura alcanzaron una entidad muy real y eso, para un autor, es un cumplido muy alto. Quiere decir que el escritor logró algo. Para mí, viven en La orfandad.
—Este es el momento que más impactó de su libro: “Esa noche, la primera de su vida que pasaba en soledad, en un lugar nuevo y extraño, estuvo largo rato prendiendo y apagando la luz del velador. El insignificante acto mecánico la asombraba hasta aturdirla. La primera consecuencia de su libertad: no molestaba a nadie, nadie venía a reprenderla. Tenía luz propia”. ¿Recuerda el momento en que escribió este fragmento?
—Recuerdo perfectamente el momento en que escribí ese párrafo, como recuerdo cada parte de la novela, pero no en el tiempo real, mío, sino en el tiempo de la novela; es decir, recuerdo la escritura de toda la secuencia cuando Sonia deja el Hogar con su valija, su única posesión, camina las quince cuadras y se va a vivir sola a la pensión, todo lo que le va pasando hasta llegar a esa escena, su primera noche en soledad.
—Usted recrea una mitología particular de San Alfonso y en la novela ésta se distingue de su vida real por el misterio: ¿Cree que el sigue siendo necesario para la vida de una comunidad?
—Lo que digo simplemente es que en aquel San Alfonso las cosas y los hechos guardaban todavía cierto misterio, con misterio quiero decir que había todavía cosas que no se sabían, no se decían, que se conjeturaban: una muerte, una fuga. La interminable circulación de los rumores, las versiones, los “dicen que”, se ejercitaban alrededor de lo que no era explícito. Había una separación entre la vida privada y lo que era de dominio público, aunque a la larga todo se supiera. Hoy vivimos inmersos en la brutalidad de lo explícito; todo es explícito, no hay lugar para la imaginación, salvo, creo, en los libros. Esto no tiene que ver en absoluto con la nostalgia ni nada de eso, sólo digo que las cosas son así o a mí me parece que son así.
—¿Qué relación guarda esta novela con "El muchacho de los senos de goma"?
—El muchacho de los senos de goma es una novela urbana, de Buenos Aires, de mediados de los años noventa, bastante oscura por partes, en la que el personaje central es un chico de 17 años. Intenté narrar dos mundos: el mismo país, principios y fines del siglo XX , la ciudad enorme, anónima, el pueblo chico, diferencias cruciales.
—¿Por qué decidió relacionar ambas historias?
Las dos novelas se leen con total independencia una de otra. Sin embargo, son las generaciones salteadas las que se encuentran, como suele suceder. Generaciones que vivieron realidades completamente distintas y que sin embargo se encuentran. No puedo explicar mis propósitos, un escritor no puede explicar sus libros. O yo no puedo: tal vez indagar, entender, a través de la literatura quiénes fuimos, quiénes somos.

