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Pixies, ayer es hoy siempre

La banda norteamericana ofreció en el Luna Park un shockeante show de grandes éxitos, sin reparar en ningún momento en las convenciones del rock de estadio. Crónica del show.

07 de octubre de 2010 a las 09:00 a. m.
Pixies, ayer es hoy siempre

Pixies no borra en una larga gira “despedida o reunión” lo que escribió hace años en cuanto grupo insignia en el rock alternativo. En efecto, el miércoles por la noche, ante un colmado Luna Park, el grupo norteamericano certificó que no le importan las convenciones del rock de estadio sino tan sólo revisar su cancionero con gesto comprometido, algo que no significa necesariamente muecas de entusiasmo interpretativo desbordante.

Ensimismados, casi al borde de la implosión, Frank Black (también conocido como Black Francis), Kim Deal, Dave Lovering y Joy Santiago (los fans saben muy bien qué toca cada uno, pero el deber llama a decir que son cantante - violero, bajista - cantante, baterista y primer violero, respectivamente) respetaron al detalle el contrato que tienen con sus "followers", ése que dice que sólo importa la música, la locura, los disparadores antojadizos, las asociaciones libres; y que todo eso debe sobreponerse a cuestiones superficiales como el look (imaginen lo peor, bueno, eso fue lo que vistieron) y la corrección emocional entre quienes actualizan la música.

Porque entre Frank y Kim parece que las tensiones prevalecen, aunque también es evidente que ambos aceptaron de buen grado que sólo ellos pueden actualizar un repertorio tan enfermito como adhesivo, que unta en el surfer, el hardcore, el garage swingero. A Frank y Kim les gana una resignación que termina seduciendo a amantes del rock sin ley del mundo entero. Es para lo que vinieron al mundo, y nadie les puede reprochar que no estén cumpliendo.

A Argentina, los Pixies llegaban por primera vez y, a concierto visto, quedó claro que eran el secreto mejor guardado de no tantos y no tan pocos. Y también que ese secreto prevaleció en el tiempo (más de 20 años después de la edición del primer disco, casi 20 de la primera separación en 1993) con singular fortaleza, sin añejamientos cool, ni actualizaciones biónicas. El Pixies del miércoles a la noche es aquel Pixies que sólo conocíamos por las "tapas - títulos - música" desconcertantes. La sensación reinante: Pixies podría emerger hoy, en una industria jaqueada en la que manda el desconcierto, e igual resultar una bella insania.

Vamos al show. Los mensajes de texto avisaban "ojo, será a las 20.30 puntual". Y casi aciertan, a las 20.45 el personal ya estaba poniendo manos a la obra con Bone machine y Broken face, temas que de movida revelan que Frank no hace demasiados esfuerzos en desgañitarse; tampoco se altera gestualmente para las entonaciones freak. Something against you ya permitió acomodar el sonido para que la tropa de asalto de antihéroes se moviera a sus anchas.

Frank cantando tal como fue descrito, como un poseso autista que opone al triple seis el siete de un Dios x en Monkeys gone to heaven o deformando el vocablo Andalucía en Debaser; Kim tirando esas líneas minimalistas tan obvias pero tan suyas; Joy manifestándose tan prosaico, tan rockabilly en Here comes your man, y tan revulsivo por lo sónico en el encadenado Isla de encanta - Vamos; Lovering jugando perversamente a que se va de ritmo con el objetivo de mantenerte enganchado y consiguiéndolo, al tiempo que se permite cantar La la love you.

Salvajadas sinuosas como Wave of mutilation (interpretado en dos versiones), Gouge away, Mr. Grieves, Crackity Jones; alucinetas pop como Gigantic (sobre un pene inabarcable, cantada por Kim); reivindicaciones caprichosas como la que se hace de Neil Young a partir de Winterlong; suspensiones sensoriales alentadas desde el cansino Where is my mind? Todo contribuyó a una sola cosa, convertir al Luna Park porteño en la extensión del living de aquéllos que fueron atravesados por Pixies a los 20. Hoy, a sus 40 y gracias a esta música tan familiar recreada por sus originales, bien pueden decir que comienza el resto de sus vidas.