Nacionalizamos el Oscar
"El secreto de sus ojos" consagró a Campanella en la industria del cine y a Córdoba como plaza amuleto para llegar a Hollywood.
La euforia, la sorpresa y la felicidad no podían entrar en 20 segundos, pero Campanella se las ingenió para cumplir con todo lo que esperábamos de él, en el mínimo tiempo de discurso que le permitieron las reglas de la ceremonia. Nos hizo reír, nos habló en español (un poquito), agradeció a todos los imprescindibles, nos habilitó la foto de Francella con fondo hollywoodense y hasta enganchó en el último segundo de micrófono un abrazo a los gritos para los hermanos chilenos. Otro milagro argentino en la tierra de los sueños, 24 años después de La historia oficial.Y tras la noche de ayer, Córdoba deberá también consagrarse, pero como amuleto. Cuando el director porteño llegó a la ciudad para el preestreno mundial de El secreto de sus ojos, en agosto pasado, aseguró que entre sus cábalas imprescindibles estaba la de mostrar por primera vez sus películas ante público cordobés y acompañar la primera proyección en alguna sala local.Una superstición que nació con El hijo de la novia, que también fue nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera en 2002, y que recibió, luego de su debut mediterráneo, tratamiento especial en festivales, en taquillas y publicaciones especializadas.Una noche histórica con una película que circulaba desde hacía semanas entre las favoritas del mundillo de pronosticadores, comentaristas y voces autorizadas que en esta época del año acaparan el protagonismo en Hollywood. Un secreto a voces, del que Campanella no quería hacerse cargo pero que atesoraba como un deseo. Y para que la foto fuera todavía más perfecta, Pedro Almodóvar y Quentin Tarantino le pusieron la estatuilla entre las manos, lo abrazaron y le dieron felicitaciones admiradas. Campanella en el cielo con diamantes, o con un hombrecito dorado bajo la bóveda iluminada del Kodak Theatre, que anoche era casi lo mismo.Día agitadoPara muchos, toda la previa a la entrega de la ceremonia es más entretenida que la ceremonia en sí, y la curiosidad por saber qué usa quién es más emocionante que la de quién ganó qué. Por eso, hervía de gente ayer domingo la alfombra roja, bajo un sol espléndido, que con el curso de las horas se ocultaría detrás de nubes de lluvia. Un despliegue de seguridad digno de una visita del Papa (este es el gran culto de Hollywood, a fin de cuentas) se extendía cuadras y cuadras antes de llegar al Kodak Theatre, con cientos de curiosos que, detrás de las rejas especiales con las que protegen las inmediaciones, habían llevado sus sillitas plegables, agua y comida, parar esperar horas para ver, de lejos, las limusinas y, con suerte, la nuca de algún famoso.
Mientras, las estatuas doradas que escoltan el camino y la alfombra roja ya estaban sin sus fundas de plástico, listas para recibir a las celebridades. Sobre la famosa red carpet, ya había más vestidos largos y smokings que técnicos y cables. Un periodista al lado de otro transmitían en vivo, desde los de Today show hasta los de de CNN. Y en las gradas, los invitados se tapaban el sol y chillaban de emoción cada vez que una cámara los enfocaba, como si festejaran un gol.Apenas al mediodía, horas antes de la llegada de cualquier famoso, se podía ya ver a personas con carteles colgados en su espalda. Un chico tenía uno de Matt Damon y otro, por ejemplo, el de Kate Winslet o Meryl Streep. "Son los reemplazantes que usamos para el ensayo previo de la entrada de los actores", explicará Tom, de la producción. Hasta esos detalles (hora y lugar de arribo de cada celebrity) están fríamente calculados por la producción del evento y los publicistas de cada actor. Algunos de ellos, también merodeaban desde temprano por la zona, calculando dónde estaba cada medio y por dónde iba a caminar cada estrella, con qué medios iba a hablar y por cuánto tiempo.En tanto, a medida que se acercaba la tarde (en rigor, aquí no es la "noche" de la alfombra roja, sino la tarde) cada vez más vestidos, tacos y galas desfilaban por el improvisado pasillo. Alguien de producción comentaba que apenas un 20 por ciento de posibilidades de lluvia obligaba a dejar el techo transparente de plástico para "proteger los peinados de las estrellas". Se mostró útil en el momento en que se largó a llover."Esta es la fiesta más grande del universo", decía una periodista de TV Guide que salía en vivo. Y, la verdad, es cierto eso de que la TV engorda: tan gigante no es este evento visto de cerca, aunque, eso sí, es inevitable contagiarse de la ansiedad de ese tic tac silencioso de cuenta regresiva. A la siesta, los agentes de seguridad empezaban a "invitar" a todo el que no fuera famoso a retirarse de la alfombra.

