Los laburantes
Cristian, Julio y Francisco son mecánicos en la concesionaria Parra y almuerzan juntos todos los días en un bar de la Castro Barros.
Cristian Bittar (el jefe), Julio Carranza y Francisco Morillo (los mecánicos) trabajan juntos en el taller de la concesionaria Parra, y todos los mediodías almuerzan juntos en Marco Resto Bar, un lugarcito sobre la avenida Castro Barros que vende sabrosas minutas a muy buen precio. Caminando las dos cuadras que separan al taller del bar, nos la pasamos saludando a todos los vecinos de la zona. Un "hola, loco" por acá, un "cómo andás" por la vereda del frente, un "devolveme la plata que me debés" un poco más allá, y así hasta llegar a la puerta del boliche entre los ruidos de los bocinazos."Es una zona de laburantes, somos todos repuesteros, mecánicos, empleados de concesionarias de autos y motos. Nos conocemos todos", dice Cristian, quien entra a lo de Marco como si fuera su casa. Hay otras mesas ocupadas, el tele está prendido en un noticiero que se preocupa por la cantidad de amantes que tenía Johnny el minero, y nosotros sólo pensamos en las condiciones de trabajo que generó semejante tragedia con final hollywoodense.El menú cuesta 17 pesos e incluye la gaseosa. Los propietarios son Marco y Rosario, dos limeños que abrieron este bar hace nueve años, y que desde entonces sirven platos argentinos porque, según cuentan, "los cordobeses piensan que le ponemos mucho picante a la comida". Rosario promete desmentir la errónea teoría sobre la cocina peruana con un saltado de lomo (¡riquísimo!), pero eso será la para la próxima. Ahora vamos a probar las albóndigas con puré, las milanesas de pollo a la suiza con tomates o con papas fritas (de verdad, no las congeladas), como las pidió Francisco. Pollo sin gillette Entre las virtudes de la comida, los mecánicos destacan que es sana, fresca y abundante. "El pollo no está cortado con una gillette, mirá qué linda pechuga", indica Julio. Y agrega: "Cuando hacen costeletas, te cubren todo el plato, son muy generosos", grafica con sus manos. Y vaya si le gusta el lugar, que hasta sale en la foto del volante que se reparte en la calle para promocionar la oferta. "Antes fuimos a un montón de bolichitos, pero nos quedamos acá porque es rápido, higiénico y de buena calidad", aporta Francisco, el más joven de la mesa. Al igual que sus compañeros, trabaja con los fierros desde que terminó el secundario. "De la escuela técnica para acá, nos dedicamos a esto", suma Julio. "Estamos desde las ocho hasta las seis de la tarde en el taller. Si no nos gustara no podríamos hacerlo", coinciden los tres, cada uno representante de una generación diferente pero unida por el mismo oficio.Cuando las ganas de dormir la siesta los encuentra sentados en las sillas del bar de Marco, saben que ya pasó la hora del descanso y que tienen que volver al trabajo. "La caminata te ayuda mucho a despertarte. La primera media hora te cuesta, pero después agarramos ritmo de nuevo", concluyen.

