Las mejores comedias no pasan por el cine
La dictadura de la distribución cree en vampiros, magos y criaturas de otros mundos, pero no en el desacato del humor
Dos grandes comedias que no se vieron en cine y que hubieran elevado la ostensible mediocridad de la cartelera que dice renovarse todos los jueves.
Piña express, David Gordon Green, EE.UU., 2008
Cualquier película (y género) tiene derecho a existir. En el paraíso imaginario del séptimo arte, un filme sobre dos fumetas irresponsables pero queribles, que terminan participando en una suerte de guerra de pandillas vinculada a las drogas, posee la misma legitimidad que una película sobre la marginalidad o la esperanza. Aunque si uno mira sin prejuicios, Piña express no es ninguna tontería. En última instancia, ésta es una película sobre la amistad masculina, no exenta de un difuso erotismo, en donde se respira libertad y se ve una saludable anarquía narrativa.
El elegante plano inicial muestra un desierto y en esa nada se percibe una entrada camuflada. Es 1937. Dos militares se adentran a ese centro de experimentación clandestino del ejército: allí, un soldado lleva siete minutos fumando el artículo 9, una poderosa cannabis sativa que décadas más tarde se llamará “pineapple express”. Interrogado por un superior, el soldado responde con una pregunta: “¿Sabe cuál es mi problema con este circo llamado ejército? Muchos hombres”. Luego hace un llamado a la libertad. Dictamen del General sobre el artículo 9: “Es ilegal”. Los placeres no son convenientes para las sociedades puritanas.
Después de este prologo, filosóficamente esencial, sigue un disparate, en donde Seth Rogen y James Franco (el primero un notificador legal, el segundo un dealer que vive en pijamas y vende la yerba en cuestión), en el transcurso de un día, quedarán involucrados con mafias diversas. Mientras escapan nacerá una amistad.
El productor (y a veces director) Apatow es conocido por Ligeramente embarazada y otras películas y series. Pero la diferencia de este delirio que remite por momentos a las películas de Cheech y Chong y varios títulos del género "buddy movies" es quién está detrás de cámara: el poeta cinematográfico de Carolina del Norte, David Gordon Green, un "familiar" de Terence Mallick, cuyo filme Legado de violencia destilaba todo su talento. Verlo dirigir este filme "menor" es una sorpresa, aunque si uno mira con atención los tiempos de las escenas, las persecuciones automovilísticas, y, en especial, toda la secuencia que transcurre en un bosque, podrá reconocer la firma de un cineasta. No se equivocaba Emmanuel Burdeau, el editor de los Cahiers du cinéma, cuando en un simposio en el festival de Nueva York celebraba la existencia de Piña express.
Mal ejemplo, de David Wein, EE.UU., 2008
En un pasaje clave y sorprendente, el personaje interpretado por Seann William Scott, prototipo de la vulgaridad estadounidense, le explica a un preadolescente negro casi inadaptado y sexópata en potencia el origen y secreto hermenéutico de la banda Kiss: “Son cuatro tipos muy inteligentes. Son unos judíos que nacieron en Nueva York y cantan y se maquillan para conseguir chicas: ¡y todas sus canciones son sobre c…!”. El púber responde: “Creí que los judíos no cantaban eso”. Una película con una línea semejante no puede flotar en la insignificancia.
Aquí, dos adultos, uno sarcástico (Paul Rudd, también guionista) y el otro grosero (W. Scott), tienen que elegir entre ir a la cárcel por un mes o servir 150 horas a la comunidad. Danny (Rudd) y Wheeler (Scott) trabajan hace años como promotores de una bebida energizante y suelen visitar las secundarias disuadiendo de tomar drogas al alumnado. En vez de estupefacientes, la propuesta es beber “orina nuclear de caballos a 6 dólares la lata”. Es un trabajo alienante: Danny lo sabe pero lo acepta resignado. Es así que, tras un impulsivo momento de entusiasmo seguido por un sentimiento de furia, el cáustico Danny habrá de perder su trabajo, su licencia de conducir y su novia, comprometiendo a su amigo en una causa penal sin mucha importancia.
Sentenciados a participar de un programa social en donde los adultos deben acompañar a niños y preadolescentes solitarios cuyos padres no pueden hacerse cargo, Wheeler velará por un niño obsesionado con los pechos de las mujeres y Danny tendrá a su cargo a un nerd fanático de Tolkien. En ese intercambio intergeneracional, Kiss y El señor de los anillos habrán de comportar un código común por medio del cual grandes y chicos se enfrentan al desamparo, un sentimiento que desconoce estadios de crecimiento.
Políticamente incorrecta y secretamente humanista, la película de Wein es un buen ejemplo tanto de las patologías de una sociedad consumida por el consumo y el kitsch como de las expresiones culturales que les conceden a sus miembros algún consuelo cotidiano, incluso un sentido más allá del craso materialismo. Es por eso que debajo de los disfraces medievales y rockeros palpita un tipo de nobleza a contracorriente de una sociedad hechizada por su opulencia.Ambas críticas fueron publicadas en el diario La voz del interior durante el 2009.
Roger Alan Koza / Copyleft 2009

