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La invención de Carver

“Principiantes” recupera las versiones originales del primer libro de cuentos de Raymond Carver, sin los cortes y modificaciones que realizó Gordon Lish, el editor que lo llevó a la fama.

04 de junio de 2010 a las 07:21 p. m.
María Teresa Andruetto
La invención de Carver
Raymond Carver

Las correcciones, mutilaciones y cambios que Gordon Lish realizó sobre el primer libro de Raymond Carver, aceptados por el autor con ciertas quejas, reducen notablemente algunos relatos, cambian finales y enfrían, en líneas generales, el tratamiento narrativo. La publicación de Principiantes (Anagrama) permite ahora recuperar aquellos cuentos sin cortes en las versiones originales de su autor, y abre polémica acerca del rol de los editores (más polémica en Estados Unidos, donde el editing es más invasivo que en nuestras pampas) y la pregunta de hasta dónde son lícitas esas intervenciones, así como las concesiones de un escritor, ahora que sabemos que Lish sometió los cuentos a una corrección excesiva y los mutiló severamente, con segundas intenciones: las de "inventar" una nueva forma literaria y con ella un nuevo nicho editorial.Historia de una alianzaFrente al avance de un editor están las claudicaciones de los escritores, aunque algunas veces –quizás no pocas– ciertas alianzas hayan dado no sólo mejores resultados sino incluso grandes obras de la literatura de todos los tiempos. A comienzos de 1920, T.S. Eliot le entregó a Ezra Pound el original de La tierra baldía. Pound, que era por entonces uno de los grandes poetas y el crítico más influyente de la lengua inglesa, devolvió el original con una poda considerable y anotaciones fundamentales, y tuvo así una función editorial determinante en esa obra que algunos consideran incluso de coautoría.En ese caso, quizás extremo, el Eliot de Pound, el que ha perdurado, es sin duda superior, y ha perdurado con ganancia para nosotros, sus lectores. Eliot reconoció a Pound como el autor de la cesárea, aunque con el tiempo empezara a caerle pesado el recuerdo del tajador. Caso extremo de colaboraciones que suelen suceder de modo secreto, pues las esposas, amantes, amigas o maestras de los grandes escritores han sido en no pocas ocasiones coescritoras desde las sombras y hay conocidos casos de escritura que se sostienen con el acompañamiento de otro escritor fantasma. Pero Eliot, como decíamos, reconoció la intervención de Pound, le dedicó su libro mayor, y todos supimos de su presencia y de su influencia en esa obra.Quien escribe libra primero una batalla consigo, sus apetencias e intereses, no sólo literarios, y luego batallas sucesivas en busca de editor y de lectores, arduo camino sobre todo si –como en el caso de Carver– se es un outsider del sistema literario y del sistema social, y si se tiene tan conmovedora necesidad de ser alguna vez reconocido. Intentando satisfacer esa necesidad y ese deseo de ingresar, Carver se encuentra con un editor que, al precio de mutilarlo, lo lleva a la cumbre del reconocimiento. Ese editor tiene a su vez su propio proyecto: el descubrimiento o la invención de una nueva línea narrativa, lo que se ve en las operaciones que realiza sobre los textos: intención de borrar el pasado de los personajes y las causas psicológicas o vitales de sus comportamientos, eliminación de detalles y escenas que pudieran alejarnos de lo mínimo,  despojo de emotividad. Fragmentos de cartas con ruegos de Carver dan cuenta que la de ellos no era una buena sociedad: ambos ocultan los hechos ante otros, el escritor accede con vergüenza a los tijeretazos y el editor se jacta de haber convertido al otro en su criatura. Pero es justo decir que Carver habrá considerado en su momento que valía la pena hacer esas concesiones, incluso cuando John Gardner, a quien reconoció como su maestro, le dice que no debe aceptarlas. No obstante, concede para poder publicar su primer libro, concesión que ya no necesitará hacer más adelante, cuando haya ganado reconocimiento y lectores y esté enteramente parado sobre sus propios pies.Es justo también decir que fue Lish quien nos permitió conocer a Carver, quien lo convirtió en escritor (a propósito, ¿cuándo se convierte uno en escritor, cuando escribe o cuando publica?), de modo que sin su proyecto personal y sin las concesiones del propio Carver, tal vez esta obra no habría llegado a nosotros. El Carver de Principiantes, menos "carveriano" –si por carveriano entendemos el clisé del minimalismo en el que se pretendió encasillarlo–, está un poco más lejos de Hemingway y algo más cerca de Chejov –ya que se ha abusado de la comparación con Chejov–, más atravesado por el temblor y las emociones y más dotado de sentido. Es el Carver de sus mejores cuentos, de Caballos en la niebla, Catedral, Intimidad, Tres rosas amarillas... ¿Era Faulkner quien decía que había que matar a la madre para ser escritor? Quizás lo que más conmueve aquí es comprobar cómo y hasta qué punto él proviene "de otro barrio", pertenece al patio trasero del sueño americano. Conmueve descubrir una vez más el esfuerzo que hizo por pertenecer al campo literario de su país, esfuerzo sólo comparable a su fidelidad para con ese mundo del que provenía, el de los perdedores, los alcohólicos en recuperación, los maridos desquiciados y los hombres sin trabajo mantenidos por sus mujeres. Se dice que cuando, ansioso por publicar en una revista importante, Carver decidió aceptar los cambios que le imponía Lish, Maryann, su primera mujer, lo acusó "de ser una puta, de venderse al sistema". En fin, que si Carver inició con Lish el camino, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? o la versión mutilada de Principiantes son el peaje que estuvo dispuesto a pagar para ser el escritor que amamos.