La fiesta de pocos
Por Roger Koza. La gran favorita es "El discurso del rey", un filme tan irrelevante como el té de las cinco de la tarde.
Como cualquier religión, Hollywood tiene sus ritos. La noche de los Oscar, un acontecimiento global por excelencia, a pesar de la habitual crítica sobre la puesta en escena de la ceremonia y sus conductores, produce una expectativa desmedida, como si se tratara de un encuentro en vivo con semidioses que viven siempre en la pantalla. En realidad, es una fiesta de millonarios, una congratulación obscena en donde el cine queda siempre relegado a segundo plano.
¿Quién ganará? Jamás la mejor película: Toy Story 3, y mucho menos las que pueden funcionar como un retrato de la decadencia norteamericana: El ganador y Lazos de sangre, incluso Temple de acero. La red social, ese encomio del capitalismo rebelde, es demasiado pop para los votantes mayores de 50 años de la Academia. Facebook es el demonio, aunque Fincher es serio candidato a ser reconocido como mejor director. Así, la gran favorita es El discurso del rey, un filme tan irrelevante como el té de las cinco de la tarde. Colin Firth se llevará por su sólida composición del rey Jorge VI el premio a mejor actor, y en el rubro femenino Natalie Portman se consagrará por su papel en El cisne negro: el sufrimiento y la consternación física pagan muy bien en la Academia.
Biutiful, del mexicano González Iñárritu, es la candidata entre las extranjeras, aunque la mejor en ese rubro es la película griega Colmillo. Y si entre los documentales nominados ganara Inside Job, un estudio sobre la crisis financiera del 2008, la realidad se habrá metido como un polizonte en la noche de los Oscar, lo que suele ser una excepción en las fiestas de millonarios que viven en el limbo.

