Jubilado cool
A sus 63, David Bowie no edita nueva música desde hace 7 años y parece haberse retirado definitivamente.
Tratándose de David Bowie, que haya desaparecido de la escena musical puede interpretarse como otra de sus movidas asociadas al desconcierto. Porque si alguien sorprendió históricamente en este asunto del rock & pop, ése fue Bowie. Pero no, su desaparición no está alineada a estrategias como la de reinventarse en un marciano, ni a sus movidas certeras para agigantar su fortuna personal mediante la puesta de sus obras en el intangible mercado bursátil. Lamentablemente, el fundamento es más terrenal. En 2004, en el marco de su Reality Tour, debió someterse a una angioplastia en un hospital alemán, acaso para mimar su anatomía tras años de cocaína, tabaco y maratones planetarias. Y el incidente lo traumó. No era para menos, Karl Heinz Kuck, el cardiólogo que lo atendió tras su descompensación, declaró abiertamente que "Bowie estuvo a punto de morir". "Tuve que utilizar un globo para desbloquearle la arteria. No fue fácil, y le advertí que su vida tenía que cambiar", añadió.Aterrorizado por la eventual llegada de la muerte, entonces, Bowie suspendió sus giras y ritmo de ediciones. Si bien sus últimos discos certificaban que se había convertido en un clásico, algo que antes detestaba, alcanzaban para certificar que estaba lejos de fosilizarse. También, para saciar el ansia de sus seguidores, quienes, a estas alturas, ya están más que impacientes.Tranquilos, por estos días pintó un bálsamo medio superfluo, pero bálsamo al fin: Sony editó A Reality tour, un doble con tracks que recorren más de 30 años de carrera. "¡Podría ser un grandes éxitos en vivo!", exclama el sello sobre el registro correspondiente a los shows que Bowie ofreció en Irlanda en 2003, que ya fueron publicados en un DVD. Claro que, para el máximo camaleón de la historia del rock, un compilado (¡y en vivo!) siempre resultará insuficiente y hasta insultante para un pasado que siempre lo tuvo como cool hunter, como generador de tendencias que, sin embargo, solía cometer el pecado de equivocar el foco. Al cabo, Bowie es humano, señores. Pero aun pifiándola sacudió la escena. Dos ejemplos recientes (y no tanto) en el tiempo. Uno, a comienzos de los años de 1990, armó un grupo de rock áspero, Tin Machine, con el que se anticipo al reinado del grunge; recibió críticas durísimas por anteponer volumen a misterio, pero los discos que legó el grupo representan mucho más que ediciones nobles. Dos, cuando a mediados de los años de 1990 se entusiasmó con el jungle y publicó Earthling asimilando la gran nueva cosa de modo tardío, muchos nuevos artistas lo siguieron como un gurú. Sobre nuevo material, apenas una pista en Twitter. "Saludos desde una Berlín nevada. Estoy trabajando con un nuevo material", tipeó el año pasado probablemente desde su Blackberry. La ciudad de procedencia del mensaje entusiasmó. Es que fue en Berlín que alumbró la inquietante trilogía Low, Heroes y Lodger. Pero la ilusión se diluyó ante la falta de información. Si hasta resulta más natural verlo en pantalla grande que oírlo entonando canciones inéditas. Se puso en la piel del revolucionario ingeniero Tesla en El gran truco, de Christopher Nolan, en una movida que parece metaforizar su momento actual, el de la desaparición. A todo esto, en la música apenas se lo percibe como sostén de proyectos de nuevos grupos y solistas. Tal es el caso de los daneses Kashmir, de los neoyorquinos TV On The Radio y el de su eventual compañera de set Scarlett Johansson, a quien acompañó en un tema de Anywhere I lay my head. Así están las cosas, Bowie jubilado a sus 63 y obedeciendo a una esposa que ordena vida sana. Pero el bichito volverá a picar. Ojalá sea pronto.

