Hombre entre los hombres
José Saramago murió ayer a los 87 años. Su obra fue una apuesta a la imaginación y al compromiso.
Era imposible que el mundo volviera a ser el mismo después de que José Saramago invirtiera los términos de la tradición cristiana y le hiciera decir a Jesús, en la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo". Algo cambió para siempre en ese momento cumbre de El evangelio según Jesucristo, gracias a la consagración de un humanismo extremo y sensible, una forma de amor por el hombre que en la segunda mitad del siglo pasado resultaba tan insólita como necesaria.Algo de ese humanismo se pierde con la muerte de Saramago, quien deja en el mundo una obra que es ejemplo de vida, de lucha, de persistencia en nadar contra la corriente, de sensatez, de lucidez. Un deseo constante de encontrar una manera diferente de convivir. Una ética en cuyo foco están siempre las víctimas de cualquier forma de abuso de poder.Se dirá esto mismo en todos los idiomas del mundo: Saramago fue un autor comprometido. Su compromiso fue con un tipo de literatura que apuesta ante todo por la imaginación y por el rescate de un modo de lenguaje popular, campesino, políticamente ligado a una sensibilidad humanística y a una concepción socialista de la historia. También se comprometió con una idea precisa de justicia, definida por una política de izquierda ("soy un comunista hormonal") y por un ateísmo pesimista: consideró a las religiones como evidencias de la estupidez, pero se encargó de rescatar los gestos de compasión y sensibilidad propios del discurso religioso. El suyo era pesimismo activo, un llamado a la acción. Dijo: "Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay".Su estilo se hizo célebre: la prescindencia de puntos y aparte, la acumulación de proposiciones en oraciones extensísimas, cierto registro lírico bíblico-místico, y la estructura coral de una narración preocupada en dar voz a los marginados, a los desesperados.De la conciencia de esa desesperación parece nacer una tristeza lúcida, una mirada agudísima y desesperanzada sobre la realidad. Una vez dijo: "La mejor herramienta que tenemos para cambiar al mundo son las ideas, pero en este momento no hay, no las veo". Sin embargo, una búsqueda inquebrantable parece estar en el fondo de todas sus obras: "Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos", escribió en uno de sus mejores libros, Ensayo sobre la ceguera.Una literatura de excepción, que buscó la belleza en la transgresión de las normas (oraciones de varias páginas, acumulación de comas, sucesión de diálogos sin indicaciones de quién habla), y también en la composición de sus héroes, personajes descritos con compasión y simpatía, con abundancia de adjetivos en una época en la que el sentido común dicta que menos es más, que menos es mejor. En este sentido Saramago se opuso al siglo 21, al minimalismo que esta época heredó de los realistas norteamericanos, y propuso una versión personalísima del barroco, una idea acumulativa de la literatura según la cual la belleza de las cosas parece residir en la cantidad de palabras que puedan sugerir.Una literatura excepcional también por los riesgos a los que se expuso: escribió hasta morir, sobre todos los temas que llamaron su atención. Escribió contra todas las injusticias del mundo, desde los casos más pequeños a los más resonantes, mantuvo un blog de opinión y jamás le dio la espalda ninguna circunstancia que reclamase el concurso de sus modestos esfuerzos. Hizo de su lucidez un don, pero no se recluyó en la soberbia complacencia de los genios: supo cómo compartirlo, se exigió a sí mismo ponerlo a disposición.Queda en el mundo su obra, vastísima por suerte. Queda también algo de su espíritu de disidencia, una exigencia de sospechar de la corriente. Y nos queda también una responsabilidad ineludible, la de recordarlo a la altura de las circunstancias, la de tratar de aprender un poco de él.

