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Escuela de realidad

Sergio Gaiteri presenta "Nivel Medio", la novela finalista de los premios Clarín 2008 y Emecé 2009.

01 de abril de 2010 a las 01:17 p. m.
Escuela de realidad
Sergio Gaiteri es autor de los libros de cuentos "Los días del padre" y "Certificado de convivencia"

Unos 60 kilómetros separan la casa de Sergio Gaiteri de sus tareas habituales como profesor de Literatura en colegios secundarios de Córdoba. Su casa es un proyecto: un monoambiente, equipado para la vida en matrimonio y la educación de una nena recién nacida, que se extiende hacia arriba y hacia el frente en la promesa de un living y dos dormitorios. La casa parece un relato más de Gaiteri: una especie de epifanía que da cuenta de un momento ligeramente extraordinario en la vida de un hombre común. Una construcción perfecta pero inconclusa, que deja una doble sensación de que, por un lado, había mucho más para contar o construir, y de que, por el otro lado, está perfecto que todo quede ahí, en ese estado de tensión en el que los cimientos de una biografía terminan expuestos a la intemperie. Como sucede con las personas que viven en una obra en construcción, Gaiteri suele hablar bastante de su trabajo. Mientras muchos escritores temen ser demasiado balbuceantes en situación de entrevista, el autor de la flamante novela Nivel Medio teme ser "demasiado asertivo". Tiene una opinión clara sobre su trabajo y sus lecturas. Acá va a ir el living. Acá el dormitorio de Sara. –¿Qué tan importante es para vos poner a tus personajes en situación de incomodidad? –Llevo a cabo un principio muy rudimentario de técnica narrativa: un hecho conflictivo genera la necesidad del relato. La dificultad mayor para un escritor realista es plantear conflictos interesantes que no resulten exóticos, extravagantes o demasiado grandes u opresivos para los personajes. Los personajes revelan su carácter, sus miserias y sus aspectos más meritorios, en situaciones comunes, en las que siempre tienen algún margen para decidir. De allí que evito los grandes temas, las preguntas "supuestamente" esenciales sobre la condición humana.

–Muchas oraciones de la novela están estructuradas como una negación: la fórmula recurrente "No por x sino por y",  da la sensación de que la narración avanza en la corrección, en la rectificación de lo que se quiere contar, como si todo el tiempo la narración se quisiera alejar de algo parecido al sentido común. ¿Es una operación voluntaria? –Sí, lo es. En el caso de los dos narradores de Nivel Medio, cada uno por distintos motivos, las ideas que van construyendo sobre sí mismos y sus entornos, muchas de ellas basadas en sus propios sentidos comunes, se les escapan una y otra vez de las manos. –De tus cuentos se suele decir que no terminan, que no cierran. ¿Pasa lo mismo en la novela? –Normalmente me interesa narrar un momento de la vida de los personajes, de un grupo social o una familia, y participar del asombro y la incertidumbre que sienten ellos mismos frente a la existencia. A veces los finales me parecen un acto de prepotencia demiúrgica y moral que no creo poder asumir. En el caso de Nivel Medio, el editor me prohíbe referirme al final (ja, ja).–Nivel medio es la ampliación de un cuento: ¿en algún momento sentiste que estabas "traicionando" al cuento original, que le estabas quitando potencia, quizás?

–Como habrás visto, la respuesta a esa pregunta está en la misma novela en boca de Claudio, uno de los personajes. Y no la puedo dar aquí. Insisto con las severas restricciones editoriales. (ja)–¿Qué hay en común entre los personajes de Nivel Medio y el autor de la novela? –El desconcierto frente a las relaciones con los otros. –¿Qué importancia tienen las emociones personales en tu trabajo de escritura? En ese sentido, ¿qué emoción te resulta más productiva, la alegría o la tristeza? –Es una disputa. Lo cierto es que trato de que mis propias emociones no se impongan en un texto. Lo intento. Por lo demás, hay algunos momentos levemente eufóricos, pero la tristeza da la coloratura general de mis relatos. –¿Te interesa llegar a ser un escritor profesional? ¿Lo ves como un horizonte posible? –Es un trabajo. Un oficio. ¿Por qué no?

–¿Aplicás alguna técnica particular para escribir? –Sí, claro. Tomo muchas notas y organizo la estructura general de cada cuento o novela. Eso sería el conjunto, el bloque. Luego viene el trabajo fino, de escritorio, de ir buscando las vetas en ese bloque, los detalles, las menudencias que cada historia deja revelar. –Suponiendo que ambas instancias fueran sumamente importantes para vos, ¿cuál dirías que es más imprescindible para escribir: leer literatura o escuchar a la gente? –Escuchar, claro. ¿De dónde conseguir historias si no? Con sólo la lectura se corre el riesgo de ser un escritor intertextual. Ya hay demasiados. Hay un sinfín de cosas que contar si se está atento. A veces pienso que escribir es sencillamente eso: estar atento a los otros. Nada del otro mundo. Un ejercicio, una cuestión de práctica. –Te has hecho una pequeña fama de obsesivo corrector de tu escritura: ¿qué tan próximo a la verdad es esto? –No es para tanto. Pongámosle otro nombre: inseguridad, falta de confianza en cada palabra que tecleo. Además, tengo mucha paciencia.

–¿Cuál dirías que es la principal fuente de inspiración o motivación de tu trabajo como escritor?–A mí me encanta escuchar historias. Siempre fue así. A veces me gusta contar algunas. Creo que el relato ordena, desacelera un poco la idea vertiginosa que tengo de la vida. La estructura del relato funciona como un apaciguamiento. –¿Podrías identificar alguna clase de obsesión en tu escritura? Por ejemplo, yo creo que estás obsesionado con "el hombre común" y con la incomodidad de determinadas situaciones que lo ponen frente a su momento, su coyuntura. ¿Estás de acuerdo? –Primero, yo soy un hombre común, escribo desde donde conozco. Segundo, por una cuestión filosófica entiendo que la tonalidad de cada época no la dan las rarezas ni los extremos sociales. Vale decir: ni los líderes y los héroes, ni tampoco los más excluidos, los más marginalizados de una sociedad. Georg Hegel explica bastante mejor que yo esta idea. –¿Cómo nombrás a tus personajes? ¿De dónde salen esos nombres?–Justamente de una lógica de lo corriente. Trato de que la relación nombre, edad, clase social resulte sociológicamente coherente. Nada que distraiga al lector de la historia en sí misma, nada que le de claves innecesarias o caprichosas. –¿Llevás un cuaderno de notas? ¿Cómo registrás esos momentos de habla cotidiana que luego aparecen en tus textos en letras itálicas? –Sí, un cuaderno Gloria tapa dura como uno de los personajes de la novela. Ahí tenemos una fuerte similitud. –¿Por qué te parece importante italizar algunas palabras? –Porque esas palabras tienen una carga de sentidos que escapan largamente al diccionario, que viven del uso, como casi todas las palabras, supongo, pero en esos casos tengo la necesidad de recordarlo puntualmente. –¿Podrías mencionar a cinco escritores contemporáneos, argentinos,  que te interesen especialmente? –Hoy pienso en: Daniel Moyano, Sara Gallardo, Martín Rejtman, Pablo Ramos, Hebe Uhart, a quien descubrí hace poco tiempo. Cada uno por razones muy diferentes. Hay muchos narradores jóvenes - todos lo son más que yo, que publiqué mi primer libro de relatos recién a los 35 años- sobre todo de Córdoba que me gustan mucho, pero supongo que eso hace a otra lista. Nombro uno: Santiago Ramírez. –¿Tiene alguno de ellos alguna influencia en tu propio trabajo?–Supongo que sí en una dimensión inconsciente. En un plano concreto asumo mi atracción por los narradores "puros", que privilegian siempre los hechos a contar por sobre el embeleso del estilo. Encuentro eso en el ascetismo de Antón Chejov, en muchos escritores inscriptos en alguna forma de tradición judía: Isaac Babel, Isaac Singer, Primo Levi, Philip Roth, y por supuesto en la austeridad de los realistas norteamericanos: Richard Yates, Raymond Carver, Richard Ford.