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El rancho

Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Hugo Bierti.

26 de febrero de 2011 a las 05:29 p. m.
El rancho

Sentado sobre un banquito que tenía un sucio almohadón, el anciano hablaba animadamente, dando fuerza a sus palabras con suaves golpecitos de sus manos en sus rodillas. Cuando negaba algo movía su dedo índice, de un lado a otro. A veces levantaba los brazos, y con las palmas hacia arriba hacía gestos abarcativos, como echando un manto sobre el magnífico paisaje que lo circundaba. Sólo se oía su voz ronca, por sobre el suave movimiento de la hierba apenas movida por la brisa y las cabras que daban vueltas dentro del corral hecho con palos. Detrás del viejo estaba su rancho, destartalado, con un techo que permanecía en su lugar merced a un equilibrio imposible. Tenía la cabeza cubierta por una boina ajada de un color indefinible, y un pulóver con decenas de agujeros. Se veía un horno de barro agrietado, y debajo de una suerte de cobertizo lo que parecían los restos de un telar. En la puerta, al lado del perro flaco que dormía, una olla humeante, negra de hollín, cocinaba algún tipo de sopa. –Bueno, joven Martín, qué más puedo decirle. De aquí soy yo, y aquí estaba la patrona, conmigo, pero Dios me la llevó. Ahora le rezo, con la virgencita que ella tenía. El hijo se me fue, hace varios meses que no viene... ojalá lo pueda ver ahora, ya que usted me dice que él lo mandó. –No se preocupe, Don Rogelio. Su hijo lo va a tener con él en la ciudad, hasta que usted vuelva, ¿sabe? A la tarde va a venir mi compañero para llevarlo.–Bueno, pero que me vean el rancho. Tengo todavía el telar de la patrona! Es ese, ¿ahí lo ve? Entonces tomaré la sopa y espero a ese señor, y habrá que ir… voluntad de Dios! –y sonrió, dejando ver sus pocos dientes.Martín se volvió y miró las sierras que estaban ahí, al alcance de las manos. Respiró el aire de esa magnífica mañana, y tuvo un momento de duda. Pero realizó su gesto típico de alisarse la corbata y, como siempre, el contacto de las yemas de los dedos con la tela suave lo hizo recuperar su espíritu. Se alejó del anciano, cuidando no mancharse los zapatos con barro, y cuando estuvo cerca de su auto tomó el teléfono celular y apretó dos botones.–Hola ¿Ignacio? Soy yo. El viejo al fin deja el rancho, ¿hablaste con los del asilo? ¿Y con el hijo? Perfecto… decile a González que mañana mismo mande las máquinas. Hay que empezar a laburar ¡ya!El autorHugo Bierti tiene 36 años. Nació y vive en la ciudad de Córdoba. Es arquitecto egresado de la UNC. Integra el taller literario "Gente de palabra" de la Biblioteca Córdoba, coordinado por la escritora Susana Cabuchi. Participó en el libro realizado por el taller en el año 2009.