El péndulo de poder
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Mirta Moore.
Sale empapado de la ducha. El viento que entra por el balcón imprime el frío en su piel, como láminas invisibles adheridas sin piedad. Respira profundo y busca el amigable abrazo de la toalla.La brisa de la mañana y los primeros bostezos de una ciudad lejana y sutil lo esperan con promesas.Se cambia en cámara lenta. Se reconoce torpe y atropellado. Los nervios vuelven a tomar control de la situación. La timidez y la prudencia pugnan por protagonizarlo todo. Otra vez.Como buen tímido, invierte importantes porciones de energía en acopiar coraje. Teme que, algún día, salga todo ese caudal desbocado, descompuesto…Intuye que si no derriba esos dispositivos de clausura habitual, no podrá cumplir sus sueños. Sale del hotel a pie. Su cuerpo se refleja, intermitente, en las vidrieras del trayecto. En cada visión aprovecha para acomodarse el traje y el mechón inoportuno.Lleva carpetas en la mano, cuyo orden se cansa de alterar.Llega al lugar de la cita. Lo recibe una puerta blanca, intimidatoria, muda. Apenas un timbre empeñado en eyectarse de la pared, acolchado entre cables urgentes…Y se anima. Y toca. Una señora le abre y se limita a mirarlo. –Vengo por el aviso.–Pase.Ingresan al zaguán. Una escalera estrecha los obliga a subir. Ya hay personas esperando.Se sienta mientras ensaya un saludo inaudible. Nadie se percata del detalle. Observa que es el más formal y el más delgado de todos. Vaya méritos, evalúa.Una señora, como posesa, envía mensajes de texto con su celular. Un hombre aprieta un diario doblado en cuatro. Dos jóvenes cuchichean.De pronto, aparece un hombre de sonrisa amplia y mirada firme. –Buenos días. Enseguida comenzamos. Es por orden de llegada.El lugar, oscuro y anodino, parece haber mutado de pasillo a sala.Sus eventuales competidores parecen entregados, como cartones de lotería a la espera de la suerte. Comienzan a correr los minutos. La señora del celular, fastidiada, deserta. Una menos, calcula. Al rato, llaman al primero. La puerta, gruesa y hermética, guarda celosa los secretos de cada entrevista. Apenas cinco minutos y afuera. Por fin, su turno. Saluda, se adelanta y extiende el brazo con la carpeta más grande, la del boceto del invento.–Vengo por el aviso del invento.–¡Eso fue la semana pasada! ¡Hubiera visto las maquetas, los prototipos! ¡Un desastre! El concurso quedó desierto.–¿Concurso? No entiendo.–Los avisos se publican encriptados. Esta semana seleccionamos gente dispuesta a probar inventos.–¡Ah!… ¡qué lástima! Vengo desde tan lejos…–Déjeme un teléfono. Ante cualquier novedad, nos comunicamos con usted. Resignado, le entrega una tarjeta. Saludos cordiales. Boceto en carpeta y a la calle. La ciudad, ruidosa y nítida, ruge. Devora segundos, marca vidas y reparte promesas.Será cuestión de insistir. De informarse mejor, se consuela.Quién sabe, algún día, sea él quien elija a otros. Quien decida por otros. Quien vea pasar la ilusión de otros por sus manos.La autoraMirta B. Moore tiene 47 años. Profesora de Geografía, ejerce la docencia a nivel medio y terciario. Es coautora de la Enciclopedia Geográfica de la Provincia de Córdoba, publicada por este diario en 2004.

