Cosas que nunca cambian
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Natacha Collino.
Sumergida en esta maldita mediocridad cristalina. Las cosas en su dosis justa. Salientes, familia, trabajo. Algunos amigos de la infancia. Otros ocasionales. Los amores que me hubiera gustado tener los dejé pasar. Laboralmente estable pero sin ánimos de más. Inquilina de mi propia vida. Sin glorias ni penas. Sin sobresaltos. Agitada por la rutina. Rutinaria al doblar la esquina. Primero el pie derecho, luego el izquierdo. Minuciosa en el lenguaje. Silenciosa a toda hora. Poblada de ilusiones perdidas. Más pérdida que turco en la neblina. A veces impulsiva, aunque obviamente medida. Todas las mañanas una naranja bien helada. Los años pasaron solos. La soledad perseguía. Claro está que en casa, soltera y veinteañera no pegaba. La nana buscaba bisnietos. Mis padres buscaban algún nuevo juguete con qué entretenerse. Una nueva excusa para permanecer juntos. Supongo que cuarenta años de matrimonio no son fáciles. Menos si las palabras se quedan en un rincón. Ni hablar de las caricias. Esas sí que casi no se dejaban ver. Hermanos exitosos. Casados. Fuera del país. No se bancaron los ruidos del cacerolazo. Se tomaron el palo. Como más de uno lo hizo. No los culpo. Yo siempre fui optimista. Creía en la Argentina. Creo… eso creo. Retirada de las noticias por un tiempo. La ignorancia no duró mucho. Hojeaba el diario distraída. Escuchaba la radio de rebote. El zapping caía sin querer en el noticiero. El retiro voluntario se desvaneció enseguida. Aunque me pesara, quería saber. No importaba cuán trágico fuese todo, necesitaba saberlo. Además no faltaban los recicladores sensacionalistas. Último momento: ¡Accidente fatal en Flores, mueren dos personas y un boliviano! Faltan días para el otoño. Parece que este no se dio por aludido. El calor sigue intacto en su lugar. Al menos, alguien no quiere marcharse de aquí. "El Tano", mi abuelo, sabe mucho del clima. Se la pasa hablando de eso y de sus días en el campo. Vivió más de la mitad de su vida allí. Ahora sus hijos quieren tenerlo cerca. No se bancan que el viejo esté solo en un rancho. Lo mudaron a la ciudad con 85 años y a la fuerza. Un departamento a estrenar con todo los chiches. "El Tano" se pierde. No entiende tanto lujo. Su vecina, una señora de casi su edad, lo ayuda a cocinar en las noches. Pican cebolla juntos y dejan caer varias lágrimas. La excusa perfecta para llorar en paz. Sin preguntas. Sin rodeos, con cebolla de por medio. "El Tano" invita a su vecina al asado dominguero. Quieren darnos una noticia. Parecen dos adolescentes. Están nerviosos, miran para abajo. Mi abuelo, fiel a sus costumbres, comienza a hablar. Los machos tienen que tomar la iniciativa. Con la voz firme y algo entrecortada dice: Estamos de novios, nos queremos . Silencio. Miradas cómplices. Y por fin un brindis por "el Tano" y su Señora. Lo felicito con un beso y recibo a cambio –¿Y vos nena, para cuándo?... Hay cosas que nunca cambian.

