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Canten todos

El colegio de niños cantores Domingo Zipoli cumple 50 años. Cómo es por dentro la institución que cambió la historia de la música en Córdoba.

02 de abril de 2011 a las 11:03 a. m.
Canten todos

El edificio es como el de cualquier escuela: ni las ventanas ni las paredes dan una impresión distinta. Lo que hace diferente al Zipoli no se percibe con los ojos. Hay que caminar por los pasillos y ejercitar otro sentido.

Cuentan la historia de un profesor de música que no daba clases en el Zipoli pero acompañaba a su esposa, que sí, y se quedaba todos los días a presenciar el saludo a la bandera: "déjame escuchar el Himno -decía-, en ningún colegio suena tan afinado".

A los zipolianos los llena de orgullo que los escuchen. Alumnos y egresados comparten una actitud casi imperceptible, una postura, una manera de mirar: algo en sus ojos está siempre evaluando la reacción de los demás. Aprenden a ver a sus padres llorar de emoción y aprenden, de chiquitos, a provocar ese efecto gracias a la educación de una herramienta natural que dominan como si fuera un juguete pero cuidan como si fuera un tesoro.

Mañana a las 18.30 en la Ciudad de las Artes, los 800 alumnos, todo el cuerpo docente y una camada de egresados que forma parte de la historia de la música cordobesa, celebrarán los 50 años del colegio fundado por el maestro Herbert Diehl.

Sobre algunas paredes del edificio hay fotos que registran ese medio siglo de una institución que pasó gran parte de su historia entre el orgullo de ser única en América latina y la incertidumbre de las mudanzas: recién en 1982, y después de ocupar varios edificios de la ciudad, el Zipoli encontró su lugar definitivo al lado de la UTN, justo frente a uno de los pocos semáforos con música -instalado para los alumnos de la escuela Hellen Keller-.

En las fotos, el rostro de Herbert Diehl se repite con una insistencia amorosa: los profesores le dicen "el Herbert". El fagotista alemán de la Orquesta Sinfónica que fundó primero el Coro de Niños Cantores y luego el colegio, y que organizó también las primeras giras por Europa, es un prócer propio, una figura a la que se le rinde un homenaje cotidiano. La primera canción que el maestro Diehl les enseñó a sus alumnos, por ejemplo, se sigue cantando en cada presentación del Coro (De dichoso y de sincero amor).

Los recreos se parecen a los de otras escuelas: se juega a la pelota, y el alboroto es el habitual. Salvo por algunos pormenores: dentro de las aulas, las alumnas que practican para el examen de Dirección coral son como bailarinas de pies fijos, dibujan con sus brazos figuras onduladas. En otras aulas, alguien toca una guitarra o un piano. En los pasillos, una nena consulta con su profe acerca de una falta de aire que nota, como una molestia. La profesora le pide que se pare erguida, que estire el diafragma. La alumna le hace caso, se pone en sus manos con un gesto de confianza. La profe pone la boca en u y emite un sonido agudo, que es inmediatamente acompañado por la nena. Problema resuelto: más concentración en la respiración.

¿Cantan cuarteto?

El director del coro juvenil entra al auditorio con la intención de ensayar el Aleluya para el acto del domingo, y los alumnos están en cualquiera: alrededor del piano, improvisan una especie de cuarteto. Los más grandes ya están más reconciliados con el género popular cordobés, lo visitan con ironía pero también con una alegría auténtica. Los más chicos, no: lo rechazan con un asco exagerado, o señalan al único del Coro que "se sabe todos los temas de La Mona". Son niños cantores: sus amigos de afuera del colegio no quieren cantar cerca de ellos, y cuando señalan que Shakira "desafina", les responden "no te hagás el choro porque sos del coro". Es una infancia particular.

Les gustan las canciones clásicas, pero no por las letras: "no las entendemos", dicen. Lo que les atrae es la manera de cantarlas.

Antes de cada canción, el director toca una tecla del piano, les da la nota. Ellos afinan y comienzan. Los más chicos adoptan una simpática solemnidad que contrasta con las remeras enormes y los peinados arriesgados. Los más grandes, en cambio, parecen haber encontrado un equilibrio entre el oficio y la onda.

Hay más chicas que varones: cuando Diehl fundó el coro sólo para chicos no se imaginaba que la estadística le iba a llevar la contra de una manera tan contundente. Así que los pocos chicos parecen obligados a amplificar los dones del género: se mueven en pequeñas manadas agitadas, ligeramente presumidos. Ellas acunan desde siempre un deseo mixto de docencia y estrellato, como si soñaran en paralelo una vida sobre el escenario y otra que no las aleje del colegio.

Dicen los chicos que lo que hace diferente al Zípoli va más allá de la música: la doble escolaridad les hace convivir 10 horas con los demás, y todas las tardes, en los coros, se juntan chicos de varios cursos y edades. Los grupos de amigos son, en consecuencia, más amplios.

Les da un poco de fiaca ponerse de pie, pero lo hacen. Vuelven al silencio con una premura bastante insólita, acaso acostumbrados a la autoridad del director del coro. Y cantan, todo el tiempo. Dicen que, por supuesto, también cantan en la ducha. Y en todos lados. Aunque muchas veces la música sea la tarea para la casa, la música nunca les resulta engorrosa: "es lo que nos gusta".

Los del secundario van de remera blanca. Los la primaria, de guardapolvo celeste. Ninguno grita demasiado en los recreos. Todos tienen sus espaldas rectas la mayor parte del tiempo. Dicen los profes que eso es porque están educados en el cuidado de la voz. Que si cantan encorvados vienen los problemas de garganta.

El colegio tiene una cierta mística, heredada de las primeras décadas y esos viajes por todo el mundo que lo convirtieron en un orgullo cordobés. Ahora las giras son menos ambiciosas, pero la euforia de sentirse únicos permanece. El año pasado, por ejemplo, protagonizaron un verdadero hito en la historia de las protestas sociales cuando marcharon, cantando, hacia la legislatura, para reclamar la rehabilitación del título para ejercer la docencia. Y lo lograron.

La primera canción que cantó el primer Coro dice: “felices y dichosos viviremos en tan hermoso amor”. Es una canción alemana, que el maestro Diehl convirtió casi en un himno del Zipoli. Los chicos dicen que no le prestan atención a las letras, pero todos los días repiten ese manifiesto secreto, y en sus rostros a un mismo tiempo alegres y solemnes se refleja algo tan invisible y evidente como un mandato de felicidad.