Axl Rose, ídolo o villano
Miradas opuestas al líder de Guns N' Roses, a semanas del show que ofrecerá en Argentina.
La seducción del misterioPor Germán ArrascaetaHubo un tiempo en el que Elvis estaba gordo, rodeado de gente densa en su mansión de Memphis. El rey del rock&roll era inaccesible, lo rodeaba un halo de misterio. Ni siquiera se molestaba en apelar a la sugestión, se recluía. El afuera le importaba poco y nada porque, creía, él lo había dado todo. Siempre se lo intuyó en bata, paranoico, armado con caños largos y watcheando 10 canales a la vez.Hasta que llegó Chinese democracy, a Axl Rose se lo podía imaginar en una situación similar, sólo que en su caso había abdicado de un trono con varias coronas de referencia: Slash, Duff McKagan, Izzy Stradlin, él mismo. Axl fue el último Elvis, un ser afectado por su condición de célebre y por el frenesí de sus épocas de gloria, librado a su suerte por sí mismo, pero con la firme convicción de que él es mucho más que la suma de cualquier parte. En su fuero íntimo pensaba "OK, soy un auténtico decadente, pero nadie me ganará en esa materia, ni me arrebatará la marca que me convirtió en mito".El Elvis posta lo había inventado todo y podía echarse al abandono. Axl no. Axl es un sucedáneo condicionado a teatralizar su dejadez. Y hay que salir en esas condiciones, hay que tener ese acto de arrojo.En un show bizz en el que todos están a la hora señalada, Axl sigue pateado el tablero. Un día, fui a ver a los nuevos Guns N' Roses al Palacio de los Deportes, en México DF. Axl llegó cinco horas después de las 22. La explicación: se había quedado en el hotel, haciendo eso: watcheando 10 canales a la vez.Cover de sí mismoPor Pablo LeitesAxl Rose sigue empeñado en tapar el sol con una de sus manos. El último gran intento, la jugada que podría hacerlo acreedor de la inmadurez hecha rock, es Chinese democracy, el disco que le llevó 14 años y pico editar bajo el alias de Guns N'Roses, una agrupación que no era solo suya y que estaba terminada incluso desde antes. Sólo ese dato, el de la demora no como capricho estelar sino como resultado de su poca pericia musical para terminar de mezclar un disco, debería haber llamado la atención.Pero el nombre de Guns N'Roses invoca un momento glorioso del hard rock, y a ninguno de los seis millones de compradores del disco se le ocurrió señalar al emperador y denunciar lo obvio: su desnudez. Por eso, que venga o no venga la banda que tiene un 10 por ciento o menos de Guns N' Roses ni siquiera debería ser un tema de discusión.Tener o no tener ese show en Argentina es más bien intrascendente, en lo que a un feliz poseedor del original de Appetite for destruction respecta. Es decir, ver y escuchar el riff de Sweet child of mine tocado por Daren Jay Ashba (¿?) en lugar de Slash, despierta un interés más cercano al morbo que a la pasión que generaba el line up original a su paso.OK, la nueva versión tiene a Tommy Stinson, el buen bajista de The Replacements. ¿Y? La mística de Guns N' Roses no pasaba por el virtuosismo. Ni contratando a Satriani llegaría Axl siquiera al momento más bajo de su ex banda. Salvando las distancias, es como si a Indio se le ocurriera reclutar a cinco buenos músicos, llamar a eso Patricio Rey y sus redonditos de Ricota y salir a tocar sus canciones. Quien haya visto a los originales en 1992, 1993 o 1994 presiente que lo de ahora es como ir a escuchar una excelente banda de covers de Guns N'Roses, con Axl como vocalista invitado.

