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La magia de recibir en casa

El arte de recibir visitas tiene sus secretos y sus exigencias.

09 de diciembre de 2023 a las 03:34 p. m.
La magia de recibir en casa
Cena navideña, una oportunidad para recibir visitas (Freepik).

Nuestra familia ha sido siempre muy sociable. Cuando éramos chicos, nos encantaba tener visitas en casa, ya fueran familiares o amigos de papá y mamá: recuerdo aún a las mujeres atareadas en la cocina, las más chicas poniendo la mesa, el chasquido del mantel chasqueando en el aires al extenderlo sobre la mesa grande y el último planchado a las servilletas de tela.

Se usaba la vajilla fina y en vez de los vasos irrompibles, dos o tres copas de tamaños y formas diferentes y al menos dos jarras o dos botellones: rara vez en aquel entonces había una botella de gaseosa, pero sí una jarra con naranjada para los más chicos.

Recuerdo aquel lindo chalecito -la primera casa propia que tuvieron mis padres- donde mis tías solteras ponían la alegría de las más jóvenes, luego “la casa vieja” -la de los Bernis Sales de Cabana- y finalmente los espaciosos y cómodos chalés que levantó mi padre en las Sierras, donde estas construcciones se mezclaban con los ranchos serranos y las antiguas casonas llenas de viejas historias.

Recuerdo a las mujeres atareadas y a los hombres jugando a las cartas, a los chicos corriendo, a los gatos huyendo y a los perros ladrando detrás de nosotros.

Recuerdo el pequeño jardín de la casa de barrio General Paz y el extenso y encantador jardín de la casa nueva y la galería de atrás de la última propiedad que tuvimos en las Sierras. No puedo olvidar el olor a menta y orégano, y se me mezcla el romero entre las calas y las violetas con la salvia.

No podría citar nombres, sólo la amigable disposición de los vecinos que nos convidaban pastelitos de membrillo sobre un papel gris -el del almacén- doblado prolijamente.

Pero fue en las Sierras, en Cabana, donde recibir se volvió algo más sofisticado. Lejos de la ciudad para la época, veíamos menos seguido a la familia y la vida social se estaba reducida al verano y a las vacaciones de invierno, ya fuera con los residentes permanentes o con las familias que llegaban de otras provincias, siempre después de la Navidad y se quedaban hasta pasado el Carnaval.

La casa parecía brillar especialmente en esas tardes de té, o atardeceres de coktails -palabra que aprendí por aquel entonces-, cuando mi madre, que era buena cocinera, preparaba tortas y bizcochuelos tomados del libro de Doña Petrona, o bocaditos salados que venían en el recetario de la tan chic revista Selecta. De vez en cuando, tomaba algo de Casas y Jardines, una de las publicaciones que recibía papá y que traía una sección para el ama de casa.

Recuerdo mi fascinación cuando vi a mamá preparando unas masitas secas con sal, orégano y trocitos de jamón, las tostadas hechas sobre la superficie de hierro de la cocina económica, o flambeadas a la llama de leña, y los riquísimos hongos de coco escabechados que solía preparar al final del verano.

Fue por entonces que comprendí que cocinar para otros es un cálido y especial acto de amor y de amistad.

Y por eso, acá va una de mis recetas favoritas para el pescado al horno o a la plancha, o un pollo al espiedo.

Salsa de puerros (para una salsera mediana)

Ingredientes: 500 g de puerros tiernos; 300 g de cebolla de verdeo; 70 gr. de manteca; ½ cucharadita de estragón; ½ vaso chico de vino blanco seco (puede ser jerez); 100 g de crema de leche; una yema grande; sal y pimienta.

Preparación: cortar la cebolla de verdeo en rodajas y si es tierna, las hojas verdes más finas. Derretir la manteca a fuego suave en una cacerola mediana y agregarla. Revolver con cuchara de madera a fuego suave hasta que se vuelva transparente.

De los puerros, usar sólo la parte blanca; cortarlo en rodajas e incorporar a la cacerola; saltear unos minutos y agregar el vino, que puede ser jerez. Levantar el fuego y cocinar por dos o tres minutos hasta que se consuma algo del vino y notemos tiernos los ingredientes.

Batir la yema con la crema (debe ser más líquida que consistente) y verter sobre pescado o dejar en la salsera y bañar la presa de pollo a gusto personal. Esta salsa, más alivianada, combina también con pastas.

Sugerencias: 1) usar platos hondos con un poco de agua, para flores sin tallo, que no interfieren entre los comensales; 2) atar las servilletas de tela con ramitas de enredaderas o de flores secas.