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Un hechizo inteligente

Tomatito volvió a Córdoba tras 15 años de ausencia. En esta oportunidad, se expresó a sus anchas, en el marco de un concierto que tuvo un magistral manejo de intensidades.

28 de noviembre de 2012 a las 12:23 p. m.
Germán Arrascaeta, en Twitter: @gron
Un hechizo inteligente
Al término de cada pieza, Tomatito se tomaba su tiempo para afinar y reencontrarse con la concentración. Fotos: Martín Báez.

El guitarrista flamenco Tomatito paseó su arte el martes a la noche ante un Teatro del Libertador repleto. Y lo hizo en compañía de una formación que le permitió encantar sin guardarse nada, marcando una diferencia abismal con respecto a su anterior visita de fines de los '90, cuando su faena se vio acotada por la interacción con el argentino Luis Salinas y el peruano Lucho González; y afectada por un robo en camarines. En esta oportunidad, con aquel incidente olvidado, el almeriano desarrolló todo a sus anchas, privilegiando el arte que mejor conoce y con el que más conmociona (el flamenco), y dosificando sus miradas tangueras, sus movimientos de jazz latino. Es que Tomatito encontró respaldo en una formación de guitarrista (Cristóbal Santiago, que tocó una acústica de cuerpo ancho que cobijó con arpegios y acordes los ataques melódicos del protagonista), percusionista (Lucky Losada, quien usa el cajón peruano como propulsor de groove), dos cantaores (Morenito de Íllora y Simón Román) y una bailaora (Paloma). En otras palabras, consiguió convertir al escenario de nuestro coliseo cultural en un tablado andaluz. Pero la oferta no ancló en lugares comunes y esperó casi todo el concierto para subir la intensidad, para que el cante se imponga sobre las palmitas con su impronta de padecimiento contenido, y para que Paloma baile al borde del exorcismo, coronando un crescendo manejado con paciencia y buen gusto. Antes de llegar ahí, Tomatito se manejó con brillante discreción. Empezó los temas moviendo su derecha sobre diapasón asordinado e inmediatamente se sumergió, con la misma mano, por cada uno, deambulando por los trastes, trenzando graves y agudos como si buscara un leitmotiv trascendental. Cada interpretación pareció exigir tanto mente del guitarrista como la madera y las cuerdas de su instrumento, por cuanto al término de cada una Tomatito se tomó su tiempo para relajarse y afinar con Santiago como referencia. En suma, mucho más que el exotismo de la traslación de una aldea, coronado por el público con aplausos y con el taconeo de sus zapatos sobre el piso del Libertador.