Vivir para televisarlo
Caso raro entre las mega-sagas adolescentes por su dramatismo, crueldad y amargura, “Los juegos del hambre” conecta con un abundante precedente de reality shows de la muerte. Un repaso.
Más allá de las consabidas comparaciones con exitosas franquicias teens como Crepúsculo a las que este nuevo ejemplar supuestamente viene a desbancar del podio (ahora menguadas porque quedó claro que esta primera parte va de otra cosa o al menos porque oculta bien sus intenciones), Los juegos del hambre llama la atención más que nada por los numerosos frentes que abre: al igual que su superposición de paisajes (bosque frondoso, urbe empobrecida, arquitectura imperial, plató televisivo, base de operaciones futurista à la Enterprise, hogar humilde de gótico sureño), el filme de Gary Ross (basado, claro, en la trilogía de Suzanne Collins) se asume un collage de géneros múltiples admirablemente encastrados en su lugar, haciendo de ese "pastiche" una auténtica proeza superior a la mera suma de sus partes.Como muchas de las mejores ficciones actuales de TV, Los juegos del hambre extrae un nuevo lugar de sus tantos lugares comunes, un flamante futuro no tan lejano de un pasado cercano en el que sentimos haber estado antes: Y sí, estado totalitario de ciencia-ficción a lo 1984, supervivencia darwiniana a lo ¡Viven!, reality show con detrás de escena manipuladora a lo The Truman Show, simulación con aires de videojuego a lo Matrix y plató cínico con musiquita de suspenso a lo Slumdog millionaire. En ese combo descomunal Los juegos del hambre se asemeja a un gran caleidoscopio de retazos, un ficcional y frankensteniano déjà vu.Ahora bien: la fórmula de Los juegos del hambre sintetizada a su silogismo básico sería la de batalla adolescente por la vida convertida en espectáculo para las masas: es esa combinación símil Gran hermano cruento con toques de paintball sangriento la que prevalece, mientras que la cuestión política quedaría más bien de trasfondo (ya de por sí todo reality es "totalitario").Y es en ese sentido que Los juegos del hambre aparece de repente como el nuevo epígono de un viejo tópico, uno que ya tiene sus clásicos y sus obras de culto e incluso sus olvidables pasos en falso, nunca tan mimados como su actual representante: antecedentes que Los juegos... compila como renovado remix, y ante los cuales se posiciona sorpresivamente como un espejo más sutil y menos violento, aunque en un puñado de países se haya levantado polémica porque la película mereció la comercialmente temida etiqueta "Para mayores de 18 años".Batalla realityMucho más gore y truculenta e indicada por muchos como la fuente no reconocida de la que Collins extrajo la idea para su exitosa trilogía, resuena el filme de culto Batalla real (2000) de Kinji Fukasaku, basado a su vez en un best-seller de Koushun Takami y con protagonismo del gran Takeshi Kitano; la trama, a pesar del registro contrastante de humor negro y frenetismo trash, comparte con Los juegos del hambre muchos puntos en común: un grupo de adolescentes es trasladado anualmente a una isla para matarse entre sí hasta que sólo quede uno, en el contexto de una distopía autoritaria que castiga a los adolescentes por su rebeldía. La cinta de Fukasaku tiene también espacio para el romance y la amistad e incluye luchas a mano armada con un catálogo de armas disímiles (e incluso hilarantes, como una percha), convirtiéndose así en el hermano malvado y de ojos rasgados del más sobrio filme de Ross.Inevitablemente, ambas tramas retrotraen a su vez a la legendaria novela de William Golding El señor de las moscas, verdadera antecedente ancestral de la tendencia aunque carezca del añadido del reality: deudora de dos adaptaciones al cine, la más reciente de 1990, el argumento se centra en un grupo de jóvenes que caen por accidente en una isla remota en la que deberán subsistir como puedan: pero algunos de ellos se desbandan y comienzan los enfrentamientos cruzados, en una espiral de violencia que alcanza dimensiones demoníacas.Más acá en el tiempo, géneros como la acción o el terror se han hecho cargo del mismo planteo, en variaciones que se reproducen como termitas: Death race (2008, basada a su vez en un filme de 1975 con David Carradine y Sylvester Stallone) es una suerte de Juegos del hambre motorizado, que cuenta entre sus filas a Jason Statham y que trata sobre cómo un grupo de presidiarios debe aniquilarse entre sí en una carrera de autos televisada, en la que el ganador obtendrá su libertad. Guión similar al de Los condenados (2007), donde un también un "condenado" a muerte protagoniza un reality transmitido por Internet en el que se enfrenta a otros tipos peligrosos para furor de la hinchada virtual; por supuesto, todo sucede en una isla.Y hay más casos, cada vez menos felices pero a la vez más terroríficos, algunos de ellos enmarcados en el rubro slasher: es el caso de Halloween: resurrection (2002, último estertor de la saga creada por John Carpenter) donde un grupo de jóvenes tiene que pasarla bastante mal en una casa mientras un montón de cámaras los filman, escenario que se vuelve a repetir en el filme de horror La cámara secreta (2002), que pasó sin pena ni gloria; y también está en el drama La muerte en vivo (2007), donde Eva Mendes es la animadora de un reality que obtiene picos de rating insospechados gracias a la macabra consigna de una ruleta rusa televisada en directo.Queda claro entonces que Los juegos del hambre no es del todo original en su unión muerte-espectáculo, aunque su abordaje dramático, amargo y anti-épico y por momentos hasta intimista, su cuidado autoral (más que bienvenido en una superproducción adolescente) y sus multi-citas argumentales la hacen distintiva, un caso raro en tiempos de sagas edulcoradas al que Katniss Aberdeen/Jennifer Lawrence viene a coronar con su severidad precoz y esas flechas rasantes que imponen realidad sobre reality, alimento sobre hambruna, seriedad sobre pasatiempo.

