Un viaje inolvidable
Con "La cueva de los sueños olvidados", Werner Herzog que nos lleva de la mano hacia el testimonio artístico más antiguo de la humanidad.
En un mundo lúcido y sensible, el estreno de un filme como La cueva de los sueños olvidados, de Werner Herzog, debería ser el boom taquillero del año. ¿Cómo resistirse a ver el testimonio artístico más antiguo de la humanidad, a una experiencia casi directa de las primeras pinturas hechas por los hombres hace más de 30 mil años? Si el asombro (y la curiosidad) es el sentimiento (y la virtud) dominante de nuestra especie, ver el filme de Herzog es casi un imperativo genético, no sólo estético y filosófico. ¿Habrá cola? ¿Habrá que sacar las entradas con anticipación?
En las tres o cuatro funciones agotadas durante el último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), quienes tuvieron el privilegio de ver este viaje en 3D a la prehistoria de la humanidad y el nacimiento del arte e incluso -dirá Herzog- del cine, no podían evitar transmitir el éxtasis y la emoción. Es lógico: el cine estereoscópico, lo que solemos nombrar como 3D, hasta ahora sólo consistía en ver las piruetas de un gatito castizo, un par de tiburones hambrientos y, en el mejor de los casos, el vistoso planeta imaginario habitado por una especie azulada.
Con la película de Herzog el cine en 3D alcanza, al día de la fecha, su apoteosis y su sentido más preciso: reproducir la experiencia viviente, imitar el fenómeno perceptivo y por tanto "tocar" con la vista, en este caso, el interior de una cueva que sólo unos pocos hombres han visitado y podrán visitar: las famosas cuevas de Chauvet, descubiertas por tres espeleólogos en 1994, jamás estarán abiertas al turismo científico y cultural. Es patrimonio de la humanidad y de la ciencia, y es por eso que su conservación resulta ineludible: hasta el aliento podría modificar su riqueza arqueológica.
Es por eso que se planea construir en el futuro mediato una réplica con fines turísticos, pero quienes deseen ver la cueva real y sus conmovedoras y bellas pinturas primitivas de leones, caballos y rinocerontes (en movimiento) tienen el filme de Herzog. El 3D adquiere aquí una importancia capital: se trata de ver lo que no podemos ver del modo más parecido al que lo veríamos.
Es cierto que con Pina 3D, el documental de Wim Wenders sobre Pina Bausch, los espectadores pudieron verificar que el cine en tres dimensiones podía ser otra cosa. Wenders demuestra, sobre todo en el inicio del filme, el pasaje que involucra la puesta en escena de la Consagración de la primavera, un modo de retratar el cuerpo humano en movimiento y el volumen de nuestra corporeidad. Hay allí algo novedoso, todavía inexplorado, aunque el filme de Wenders parece orientado a repetir la experiencia espacial propia del teatro; además, el teatro de Pina puede ser una experiencia fascinante, pero, posiblemente, no es un placer para muchos. Lo que sucede en La cueva de los sueños olvidados poco tiene que ver con el teatro y con la vanguardia; el filme de Herzog es accesible a cualquier espectador, pues un viaje al inicio de los relatos y los sueños no le es indiferente a ninguno de nosotros, animales narrativos por excelencia.
Sucede que la obsesión de Herzog ha sido siempre la misma: registrar con su cámara lo que todavía no ha sido capturado por una cámara, es decir, lo real sin imágenes, lo prístino de la existencia y el mundo de la materia. Herzog, consciente de su privilegio de ser el primer y último cineasta capaz de filmar los vestigios del pasado, prestará sus ojos para que nosotros podamos presenciar los sueños de nuestros antepasados. Y es aquí donde el cine en 3D se redime de su lógica mercantil para ponerse al servicio del conocimiento y del asombro. Herzog entiende perfectamente el dispositivo: no vemos la cueva y sus pinturas, estamos en ella, somos testigos, y hasta podemos escuchar el latido de nuestro corazón frente al primer impulso narrativo y cinematográfico de nuestra especie.
La cueva de los sueños olvidadosDocumental de Werner Herzog, en 3D, sobre las pictografías del interior de la cueva de Chauvet, en Francia. Sala: Showcase.

