Lo que traen los cineclubes cordobeses al 21/10
La cartelera permite el repaso de una serie de destacadas películas francesas recientes, no exentas de dramatismo: una “road movie” en la que sobresale Gérard Depardieu, una tragicomedia familiar y una mirada inquietante a la eutanasia.
No se estrenó jamás y es una verdadera pena: Mammuth, de Benoît Delépine y Gustave Kervern, una road movie heterodoxa, cuenta con una de las mejores interpretaciones de Gérard Depardieu. Para el gran actor galo no se trataba de un proyecto entre otros. Su hijo Guillaume, también actor, había muerto un poco antes del rodaje, y es por eso que los directores y el actor le dedican la película. A pesar de ser una comedia dramática, cierto tono elegíaco está presente tenuemente a lo largo de todo el filme.
Mammuth empieza con un despido encubierto o, técnicamente, una jubilación forzosa. Serge (Depardieu) dejará su trabajo en un frigorífico y tendrá que aprender a administrar su tiempo libre. Su esposa (Yolande Moreau) le sugiere resucitar su motocicleta e ir en búsqueda de todos los papeles de viejos empleos que necesita para obtener los beneficios jubilatorios a los que tiene derecho.
Una vez en la ruta, el malestar de Serge se va transformando paulatinamente. Se trata de una conquista lenta del empleo del tiempo que culmina en un examen de filosofía en el que las palabras escritas por Serge constituyen una declaración precisa y emocionante de libertad desde un punto de vista ideológico ineludible.
Como en toda road movie, el protagonista interactúa con personajes que están fuera de su cotidianidad: viejos jefes, un compañero de trabajo, una sobrina, un artista y una novia fantasma (interpretada por Isabelle Adjani) son aquí los elegidos. De estos encuentros se predican instancias humorísticas, dramáticas y nostálgicas (hay un gag de antología). Es uno de los trabajos más extraordinarios de Depardieu. (Viernes 25 a las 20.30, en Cinéfilo Bar, bulevar San Juan 1020).
Feliz angustia
Tal vez el hecho de que la pareja protagónica de Declaración de vida (la actriz y directora Valérie Donzelli y su marido Jérémie Elkaïm) tuvo que atravesar en la vida real la misma experiencia que se cuenta en la película explique el misterio de que un relato en el que un niño de 18 meses debe ser operado de un tumor cerebral no sea ni lúgubre ni angustioso. ¿Un conjuro en fotogramas? ¿Un exorcismo psicológico tardío? ¿Un poco de narcisismo al servicio de la humanidad? Cualquier lectura que intente interpretar las motivaciones de los verdaderos protagonistas no podrá cuestionar ni la ética ni el poder del relato.
Si hay algo que destila la segunda película de Donzelli es una desconocida vitalidad y un espíritu de combate que se traducen en el dinamismo de su montaje y en la actitud de sus protagonistas.
Paradójicamente luminosa, la película de Donzelli es, involuntariamente y a pesar del simbolismo innecesario de los nombres (Romeo, Julieta y Adán), el retrato de una generación: las fiestas, la afición por el jogging, los entretenimientos elegidos, el liberalismo de la experiencia amorosa denotan un tiempo en el que predominan un feliz pragmatismo y un discreto espíritu de comunidad, lo que también puede inferirse de ciertas decisiones formales: la música electrónica elegida para acompañar algunas secuencias (a veces en contrapunto con algunos motivos clásicos) y el sentido rítmico de los planos constituyen un buen ejemplo, incluso en el pasaje musical donde parecen confluir una pretérita estética del musical francés y un clip.
Más allá de estos señalamientos, Declaración de vida dispensa abiertamente un elogio al sistema público de salud, un aliciente para todos aquellos que se ven obligados a reinventar el orden de prioridades frente a una desgracia. El famoso recurso espiritual conocido como resiliencia, algo que también puede verificarse aquí, resulta menos abstracto cuando el Estado no es, precisamente, una mera abstracción. (Espacio Incaa de Ciudad de las Artes, desde hoy al miércoles 23, en distintos horarios).
Acto entre otros
Algunas horas de primavera, de Stéphane Brizé, es otra reposición interesante de esta semana: película fría y precisa sobre la eutanasia, sostenida en otra gran interpretación de Vincent Lindon, que aquí es un camionero que acaba de salir de la cárcel y no tiene más remedio que ir a vivir con su madre. El punto de inflexión del filme pasa por la decisión de suicidarse de uno de los personajes, decisión y ejecución que Brizé retrata como si se tratara de un acto entre otros, desprovisto de cualquier dramatismo moral y metafísico. El resultado es tan inquietante como filosóficamente provocador. (Espacio Incaa de Ciudad de las Artes, desde hoy al miércoles 23, en distintos horarios).

