Hakuna Matata: nuestro comentario de "Paraíso: amor":
Paraíso: amor, de Ulrich Seidl, retrata el viaje de una mujer madura a un resort en Kenia, entre tragos, playas y sexo. En el Cine Teatro Córdoba.
Ulrich Seidl, como su compatriota Michael Haneke, está entre los cineastas europeos especialistas en el malestar de los opulentos. La crueldad no está ausente de su método de representación y Paraíso: amor (primera parte de una trilogía cuyos títulos aluden a la Primera epístola a los corintios; las otras dos películas son Paraíso: Fe y Paraíso: Esperanza) no es una excepción. Sin embargo, es un filme democráticamente amoroso con todos sus personajes; dado el contexto y el texto, se trata de una virtud.
Teresa es una mujer austríaca de 50 años y madre de una adolescente. Trabaja con jóvenes y adultos con síndrome de Down. La secuencia inicial transcurre en un parque de diversiones. Son tres o cuatro planos gélidos. Es la forma elegida por Seidl para mostrar la vida cotidiana de su personaje lo que impacta. Planos fijos y una luz fría y metálica materializan el universo afectivo de su protagonista.
Pero Teresa, como muchas mujeres de su edad, sabe cómo conjurar la frialdad de su estilo de vida, al menos durante unas semanas al año. El calor primitivo de África puede compensar la contundencia de su soledad y la invencible naturaleza mecánica de su labor. Un resort en Kenia es un microcosmos de felicidad. Playa, tragos, descanso y sexo.
Al otro lado de una línea de demarcación precisa que aísla el paraíso circunscripto del hotel (afuera está el horror africano) se vende el amor. Los africanos ofrecen de todo: collares, paseos guiados y sobre todo sexo. Teresa, con cierto temor y vergüenza, va probando; sentirá algo por uno de sus elegidos, un tal Munga. Verlos dormidos, enteramente desnudos, tras un coito colosal, parece una postal de la unión de las razas, una iconografía tan breve como el éxtasis de un orgasmo.
Detrás de todo esto hay una sola lógica: la economía (libidinal) asimétrica entre los que tienen y los que no tienen. Hay un plano sensacional: Teresa y una amiga están tomando un trago y hablan sobre el barman que las atiende. Seidl elige un encuadre en el que vemos las espaldas de las mujeres y el rostro del hombre. Es como si el plano advirtiera que estamos frente al inconsciente europeo y su discurso. En ese momento, el turismo sexual se revela como consustancial al capitalismo global.
A la llegada de los turistas al hotel los sirvientes repiten un mantra de bienvenida, el famoso "hakuna matata". "Vívelo todo, no hay problema" es el leitmotiv de este paraíso artificial. Hacia el final, Teresa y sus amigas bailarán con un negrito desnudo al son del hakuna matata. Instante lúcido del filme: la obscenidad europea apesta y el fantasma del colonialismo reencarna en pleno siglo 21.
Drama
Muy buena
Dirección: Ulrich Seidl. Con Margarete Tiesel, Peter Kazungu, Melanie Lenz. Guión: Ulrich Seidl y Veronika Franz. 120 minutos. Para mayores de 18 años.

