Genios torturados: dos biopics que reivindican la historia de vida
Las películas sobre Brian Wilson de los Beach Boys y el escritor David Foster Wallace volvieron a reivindicar un género tan premiado como cuestionado.
Contar una vida ejemplar en más o menos dos horas: en esa máxima se basa toda biopic que se precie, subgénero que se cocina como pan caliente en las montañas de Hollywood y que amerita una buena fuente de nominaciones a los Oscar cada año: pensar en Steve Jobs, la renovada incursión en la existencia del gurú de Apple a estrenarse a fin de año o en las recientes La teoría del todo o El código Enigma, filmes británicos que hicieron de la ciencia y los trastornos físico-psicológicos fábulas edulcoradas de autosuperación, incluyendo el esfuerzo de sus propios actores. La misma suerte podrían haber corrido The End of the Tour y Love & Mercy, dos biopics sobre genios atormentados. Pero, afortunadamente, ambas se salen de la norma y legan dos películas dignas de atender, ambas con actuaciones notables, guiones sólidos y varios destellos de belleza.
La primera, firmada por James Ponsoldt (The Spectacular Now), pone en escena nada menos que a David Foster Wallace, la leyenda posmoderna de las letras norteamericanas responsable de la monumental La broma infinita (1996) que se quitó la vida en 2008, a los 46 años. Grandote, tambaleante y con la icónica bandana del autor siempre en la frente, Jason Segel (Los Muppets) entrega una actuación notable justamente por ser consciente de la caricatura que encarna y a la vez mostrarse humano dentro de ella. Pero lo mejor del filme es que funciona como una tensa y crepuscular buddy movie en tanto se centra en los cinco días que el periodista David Lipsky (Jesse Eisenberg) pasó junto a Foster Wallace en 1996, mientras el autor promocionaba La broma infinita.
Nacido como un encargo de la revista Rolling Stone pero publicado después de la muerte de Foster Wallace con el título Although Of Course You End Up Becoming Yourself (2010), el reportaje on the road de Lipsky se vuelve fascinante por las antagónicas características de sus dos personajes: un aspirante a escritor que acaba de publicar una novela sin pena ni gloria (The Art Fair) acompaña con admiración y avidez de paparazzi cultural a otro escritor fuera de serie que descree del éxito y causa ternura con sus diatribas sinceras, tendencia a la depresión y paradójica adicción a la comida chatarra, el cine pochoclo y la mala televisión.
Escenas como aquellas en las que Lipsky –secreto motor de la cinta por su opacidad de groupie encubierto- duerme en un colchón de la casa de Foster Wallace junto a pilas de ejemplares de La broma infinita y es despertado a lengüetazos por el perro del autor son las que marcan el tono íntimo, respetuoso y sensible de The End of the Tour.
Voces internas
La obra de Foster Wallace no encuentra desarrollo en The End of The Tour, una instantánea de menos de una semana que hace hincapié en el personaje literario con ánimo de biopic condensada. La música de Brian Wilson sí encuentra en cambio lugar en la narración de Love & Mercy, el filme de Bill Pohlad que cuenta la historia del legendario líder de los Beach Boys en carriles temporales paralelos: por un lado está el Wilson de la década de 1960 (Paul Dano), en pleno descubrimiento de su potencial de genio pop mientras graba el sinfónico y complejo Pet Sounds, prueba ácido y empieza a escuchar sus primeras voces dentro de su cabeza; y después está el Wilson de la década de 1980 (John Cusack), decaído y de vuelta de todo, que encuentra en una blonda vendedora de autos (Elizabeth Banks) un remedio natural a su dependencia a las medicaciones que controla el manipulador y mefistofélico doctor Eugene Landy (Paul Giamatti).
Con algo del encantador espíritu vintage musical de filmes como Casi famosos (2000) o Bienvenidos a Woodstock (2009), Love & Mercy consigue hacer grácil un relato sobre el desbarranco, la pérdida y la locura que en otro abordaje sería probablemente oscuro o patético. Con amor y con piedad, la cinta de Bill Pohlad evita tales pozos narrativos y brinda un retrato fiel de Wilson en el que el sol californiano luce inusualmente melancólico, con Paul Dano como pieza fundamental del conjunto.
Valga así y todo la reflexión de Todd Haynes, artífice de la cubista biopic de Bob Dylan de I'm Not There –a su modo, una antibiopic- en la que se explaya sobre el inevitable artificio del género pero, también, acerca de la irresistible necesidad de que la biopic siga existiendo. Haynes explicó: "Más allá de, o como resultado de, mi intento de escaparle a la biopic convencional, es que me he vuelto un incesante amante del género. Adoro ver biopics. Creo que hay algo sobre su falsedad que las hace sorprendentes, interesantes y cautivantes. Y eso es lo que observamos; los locos intentos de un actor por transformarse y adoptar los tics y gestos y apariencia y peinado y maquillaje del personaje en cuestión, no importa si cantan la canción o hacen simplemente la mímica… Todas las maneras en que juzgamos minuto a minuto la performance o la cita o la traición a la realidad y la imposibilidad de no poder ser nunca satisfechos. Hay algo en ese ciclo, de querer que la película sea verdadera –aunque nunca lo es-, hay algo en ese deseo de realidad que me resulta emocionante".

