En la casa del cine: El Festival de Locarno combina entretenimiento y cinefilia
El Festival de Locarno combina entretenimiento y cinefilia. Tras el homenaje a Edward Norton, se estrenó y tuvo buena recepción El movimiento, del argentino Benjamín Naishtat, un filme nacido para generar polémica situado en el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas.
Locarno es una ciudad de Suiza situada al sur de los Alpes. Un lago inmenso domina la perspectiva que se tiene desde la ciudad, pero simbólicamente este poblado de algo más de 15.000 habitantes es conocido por su festival de cine, que en las últimas décadas se caracteriza por su radicalismo, cinefilia y las famosas proyecciones en la Piazza Grande, donde todas las noches se reúnen más de tres mil personas para ver un filme al aire libre. La experiencia es inolvidable: la plaza pública, todas las sillas organizadas milimétricamente frente a una pantalla gigante, una proyección impecable, las estrellas (en un doble sentido, cinematográfico y astronómico) y un público entusiasta.
La 68ª edición del festival empezó con un homenaje a Edward Norton. El actor estadounidense recibió una ovación antes de que se diera el puntapié inicial. El joven director del festival, el simpatiquísimo Carlo Chatrian, lo presentó con las palabras de ocasión, y el actor de El club de la pelea expresó su alegría y deslizó una visión del cine: "Aquí se proyectó Roma, ciudad abierta, en 1946. En ese tiempo significaba otra cosa", y de ahí derivó una idea sobre el cine que trasciende el entretenimiento.
En Locarno, el entretenimiento se centra especialmente en la Piazza Grande; el resto significa cine sin concesiones: las competencias son exigentes; las retrospectivas, cinéfilas por donde se las mire. Este año, el director clásico elegido para una revisión completa es Sam Peckinpah, pero hay mucho más en "la casa del cine", como le gusta a Chatrian llamar a su festival: una retrospectiva de Michael Cimino, reconocimientos a Marco Bellocchio y Marlen Khustiev, entre otros.
El filme de apertura, Ricki and The Flash: entre la fama y la familia, se estrenará el 10 de septiembre en la Argentina. En este filme de Jonathan Demme, Meryl Streep interpreta a una cantante de rock que eligió seguir su vocación a expensas de sus "obligaciones" maternas. Sus tres hijos quedaron alguna vez al cuidado de su padre y de su nueva mujer. La decepción amorosa de su única hija hará que la rockera, quien toca en un bar en las noches con su banda mientras trabaja durante el día en un supermercado, viaje a visitarla, lo que implica un reencuentro con todos sus hijos y su exmarido.
Streep de rockera es convincente, y lo mejor de esta sospechosa utopía americana a escala familiar, en la que el rock opera como un neutralizador de las diferencias de clase, recae en los personajes secundarios de la banda, que incluyen a Rick Springfield en el papel de amante y guitarrista. Cuando aparecen, la película respira y la fórmula que la estructura se debilita.
Argentina en 1835
El único largometraje argentino en competencia (Cinema del presente) es El movimiento, de Benjamín Naishtat. Su estreno y la recepción fueron auspiciosos. Situada en el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, a quien no se lo nombra pero se lo ve fugazmente en un pequeño retrato en una pulpería, la película de Naishtat, al igual que la precedente Historias del miedo, trabaja sobre el malestar social, ahora en clave histórica, pero con evidentes signos que pueden ser reinterpretados en nuestro tiempo. El talento es ostensible: en una hora y escasos minutos, el joven y ambicioso director reconstruye una época y sintoniza con la mentalidad criolla decimonónica. Es un tiempo en el que impera una voluntad de orden, por momentos delirante, respecto de una nación cuyo nacimiento simbólico ha parido antagonismos insalvables y una peculiar dialéctica entre la civilización y la barbarie.
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El movimiento al que se refiere el título no alude del todo a los partidarios de Rosas. Hay aquí una estrategia de abstraer las marcas políticas de aquel tiempo, que opera tanto como una forma de universalización de este cuento civilizatorio y también como una actualización metafórica que desmarca el filme enteramente del pasado. El líder interpretado por Pablo Cedrón y sus seguidores viajan por el interior en busca de nuevos seguidores y apoyo económico para la causa. Se trata de conjurar la anarquía por todos los medios, y aquí el fin justifica cualquier cosa: fusilar, degollar, robar. Son los tiempos de la Mazorca.
El trabajo de Cedrón es formidable, y también lo son las elecciones formales de Naishtat. Los cortes abruptos de la mayoría de las escenas son pequeños navajazos que llevan a entender físicamente la violencia de la época, aunque como bien se explicita en la escena final, en la que los representantes del pueblo miran a cámara mientras se divisan una moto y una camioneta que pasan detrás de algunos de ellos, el filme habla también del presente. El movimiento tiene chances de llevarse un premio. Lo que es evidente es que se trata de un filme nacido para generar controversias.

