Cineclubes: una cita con el mejor cine ruso
Reanuda su actividad el cineclub La Quimera y lo hace con Duro ser un dios, un filme de ciencia ficción basado en una novela de 1964. Fue la última película que filmó Aleksei German.
Vuelve La Quimera (en el Teatro La Luna, Fructuoso Rivera y pasaje Escuti, barrio Güemes), el mítico cineclub cordobés que más cinéfilos ha formado por décadas y que sigue haciéndolo año tras año. Es un regreso con gloria y osadía. Solamente quienes creen profundamente en el cine y en el espectador son capaces de arrancar una nueva temporada con una obra maestra singularísima y exigente como pocas: Duro ser un dios, del recientemente fallecido Aleksei German.
El filme es un testamento cinematográfico y una especie extinta de películas sin descendencia; un auténtico ovni de imágenes y sonidos. En efecto, identificarlo con civilizaciones extraterrestes resulta pertinente.
Basado en una novela de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, Duro de ser un dios transcurre en un planeta distante llamado Arkanar. La superficie de ese mundo lejano, en el que la lluvia es invencible y la tierra es puro lodo, se siente físicamente. La naturaleza es aquí un impedimento metafísico, y lo que resulta insoportable es la manifiesta gravedad de todos los seres que la habitan.
El fabuloso blanco y negro propicia la desnaturalización de los paisajes y las laberínticas construcciones remiten en su conjunto a un pretérito período de la vida en la Tierra. Una dialéctica peculiar de la puesta en escena. A su vez, los planos secuencia extensos y al mismo tiempo cerrados retienen al observador en una proximidad tan fascinante como incómoda respecto de todo lo que sucede. La cantidad insólita de personajes que entran y salen del cuadro parecen provenir de la propia sala. Es 3D sin anteojos.
El tiempo histórico en el que están los habitantes de Arkanar coincide en su evolución cultural a la Edad Media de nuestra Tierra. Es una existencia rudimentaria: la división del trabajo es similar a la de cualquier sociedad medieval; quienes ostentan el poder son pocos y una mayoría obedece, reproduciendo una organización social que reenvían este experimento civilizatorio a las humanas disparidades de antaño. Es como la vida en la Tierra 800 años atrás, pero sin cristianismo ni hogueras. El pesimismo de German, que no está acompañado por ningún elemento cínico, lo lleva a ver que en ningún lugar del universo se puede conjurar la crueldad y la injusticia. ¿Se puede hacer un filme nihilista sin entregarse al desdén gratuito? Una prueba es Duro es ser un dios.
La tensión dramática del filme se suscita en torno a Don Rumata, un presunto hijo ilegítimo de un dios pagano conocido como Gorán que es en verdad uno de los 30 científicos terrícolas que se mueven de incógnitos entre los habitantes de Arkanar sin poder develar su procedencia y menos aún disponer de sus saberes para que se precipite en esa civilización rezagada un salto evolutivo cultural. Observan como antropólogos, no intervienen jamás. Rumata quiere encontrar a Budahk, un sabio que corre peligro entre los mortales de Arkanar, ya que los denominados hombres grises han comenzado una purga de intelectuales.
Lo que importa en Duro ser un dios no es tanto su progresión narrativa, sino el crecimiento atmosférico de un sentimiento que sobrevuela desde el inicio cuando una voz en off anuncia las coordenadas simbólicas de Arkanar. Ese sentimiento se adivina de a poco frente a la materialidad fangosa que se impone en el campo de visibilidad del filme y se compone de una clarividencia que reconoce la derrota de la materia y la extenuación del espíritu. Llamémoslo desamparo, y agreguémosle, además, un adjetivo que le adjudica una cualidad menos reparadora y asimismo inevitable, y lo define todavía más: desamparo cósmico.
No es fácil constatar el fracaso de una especie y su soledad irreparable. Pero detrás de este retrato lúgubre hay 13 años de trabajo y un sueño sostenido por filmar la novela elegida por casi 60 años. Fue la última película de German. Se verá el jueves 7 de abril a las 20.30.
La última chance
Esta semana se podrá volver a ver
Soleada
, la ópera prima de Gabriela Trettel, la directora cordobesa que había demostrado su talento en el cortometraje Ana y que aquí vuelve a circunscribir su relato en el secreto mundo de la intimidad femenina. El discreto nudo dramático pasa por el redescubrimiento de Adriana, una mujer casada y con dos hijos adolescentes, de que puede ser un sujeto de deseo. Del jueves 7 a domingo 10 de abril en el cineclub Hugo del Carril (San Juan 49).l

