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Cineclubes: un ciclo sobre John Cassavetes

El Cineclub de la Biblioteca, en el Hugo del Carril, dedicará todo el mes de marzo para repasar la obra de John Cassavetes, el padre del cine independiente norteamericano.

01 de marzo de 2016 a las 10:40 a. m.
Roger Koza (Especial)
Cineclubes: un ciclo sobre John Cassavetes
“Shadows” fue la primera película de Cassavetes, y se filmó sin guion casi íntegramente en bares y espacios abiertos. Se podrá ver el miércoles 2 de marzo a las 22.

Una película está constituida por planos. Una escena puede tener un único plano o varios. La forma de asociación de un plano respecto de otro responde según cada cineasta a un objetivo. En la mayoría de los casos, la asociación es de índole narrativa y suele implicar una progresión. Plano tras plano, el relato avanza hacia alguna parte y la audiencia puede seguir entonces la presunta preeminencia de un relato por sobre el resto de los elementos que hacen una película.

En efecto, hay muchísimas formas de filmar a un hombre estacionando su auto, que luego caminará hasta llegar a un edificio, donde tomará el ascensor y entrará a un departamento. Esa secuencia puede hacerse sin cortes, como también aplicar algunos cortes breves que sinteticen la acción sin respetar la duración real que llevaría ese movimiento.

John Cassavetes, el padre indiscutible del cine independiente estadounidense, concibió una forma dinámica de asociación que no respondía estrictamente a una progresión dramática en la que cada escena se orienta a un fin sino a una acumulación de situaciones que forjaban un estado de cosas; al menos así fue en sus primeras películas y en especial en Shadows (1959), su singular ópera prima.

Durante todo el mes de marzo, el Cineclub de la Biblioteca (en el Hugo del Carril, bulevar San Juan 49), que funciona los miércoles y los sábados, se dedicará a repasar la filmografía de John Cassavetes. Shadows se verá este miércoles 2 de marzo a las 22.

Instantáneas

El impresionismo de ese primer filme de Cassavetes consistía en capturar instantáneas de la vida bohemia de Nueva York de fines de la década de 1950; los personajes, la mayoría de ellos afroamericanos, simplemente se reúnen en bares y fiestas, hablan sobre temas no del todo importantes, se divierten y a veces padecen.

Lo poco que se llega a saber de los personajes, fuera de la propia interacción en los mencionados espacios públicos o domésticos, se circunscribe a sus actividades más relevantes. Hacen música. Ni siquiera en el momento de mayor intimidad, cuando una mujer pierde la virginidad, Cassavetes suministra mayor información de quiénes son esos personajes y qué quieren.

Desde el inicio de Shadows se oyen algunos fragmentos musicales de Charles Mingus. La elección no es antojadiza, pues la música define la identidad de sus personajes, y revela los mecanismos de construcción del propio filme en el que, como sucede en el jazz, una estructura melódica reconocible sirve para que los intérpretes improvisen sobre ese patrón musical en común.

Como la propia película lo explicita, la totalidad del filme fue improvisado, lo que no significa ni ausencia de rigor ni una sumatoria de anécdotas caprichosas. Nadie podrá dudar tras ver Shadows que el mérito más evidente estriba en la amalgama de todos sus elementos para componer un retrato social en el que el concepto de raza organiza el modo de pertenencia y exclusión de todos los personajes.