Cineclubes: los misterios de la pantalla grande
El circuito de salas alternativas ofrece esta semana un menú de películas que indagan en la constitución de la identidad de una persona. Una nueva chance para ver “Habi, la extranjera”, de María Florencia Álvarez.
Quizá un lúcido sociólogo de la industria del espectáculo podría explicarnos qué fuerzas pone en movimiento en la psicología juvenil una película como Los juegos del hambre: en llamas. Como si fuera una peregrinación, miles de jóvenes van a ver la segunda entrega como si allí se descifrara un misterio. ¿Qué ven? ¿Qué sienten? Detrás del drama de supervivencia perverso de ese filme persiste una inquietud: los elementos que escriben la identidad en una edad temprana de la persona.
Invisibilizada por tanta película para jóvenes, Habi, la extranjera, de María Florencia Álvarez, es un filme ideal para explorar la incertidumbre no del todo verbalizada con la que un joven debe leer y escrutar su propia identidad (en plena constitución). Es esta inquietud la que organiza la sorprendente ópera prima de Álvarez, cuando una joven del interior llega a Buenos Aires para entregar unas artesanías y conoce azarosamente una comunidad musulmana.
En plena ceremonia religiosa su fascinación nace a primera vista. No es difícil adivinar por qué: la desconocida belleza de los ritos, la musicalidad de las oraciones, la vivacidad de los gestos, hasta las vestimentas coloridas de las mujeres transmiten un mundo misterioso.
El mandado se convierte entones en un mandato por responder a su propia curiosidad. Ana deviene o al menos juega a transformarse en Habiba. ¿Se trata de una conversión religiosa? ¿Un juego subjetivo para elegir quién ser? Adentrarse en un sistema de creencias ajeno no es otra cosa que medir el propio, que ha sido heredado. Ana/Habiba alquilará un cuarto en una pensión, conseguirá trabajo en un negocio de la comunidad musulmana y hasta tendrá un confuso romance con un joven musulmán. Si bien la dirección de Álvarez es sólida en casi todo el metraje, la película no sería la misma sin el trabajo de Martina Juncadella.
La película puede verse desde el jueves hasta el domingo, en el Cine Teatro Córdoba (27 de Abril 275), en diferentes horarios.
Por la identidad
En Mi compañero, de Juan Darío Almagro, el misterio es de otro orden. Ya no se trata de una exploración sobre la identidad en clave religiosa sino de cómo las condiciones materiales sellan la identidad de un hombre. La amorosa aproximación de Almagro a su personaje, un hombre que vive en la calle hace años acompañado por su perro, destituye el clisé característico con el que una clase mira a los que están en los márgenes de la pertenencia de clase. Almagro evita milagrosamente la conmiseración y la culpa (incluso cuando musicaliza innecesariamente algunos pasajes) y se dedica a seguir las largas caminatas de Esteban y Pulga. La voz en off de Esteban constituye el discurso directo del filme, aunque el registro de la ciudad de Córdoba funciona como un contrapunto sociológico de la voz del linyera.
Almagro no estetiza la pobreza ni ve en su personaje un heredero de Diógenes. Por momentos, su perspectiva parece duplicar la mirada de Esteban, como si lo que vemos en pantalla reprodujera la experiencia visual del personaje. La película puede verse este viernes a las 20.30, en la plazoleta ubicada frente al cementerio San Jerónimo, y el sábado a las 21.30, en Cinéfilo Bar, la sala de bulevar San Juan 1020.
Un tratado filosófico
Raúl Ruiz es el cineasta más extraordinario que ha dado el cine latinoamericano de todos los tiempos. Una especie de Borges de los fotogramas, aunque políticamente opuesto. Hipótesis del cuadro robado es una de sus primeras grandes películas realizadas en su exilio francés, después de abandonar Chile en pleno horror pinochetista. Pequeño tratado filosófico, inspirado en un texto de Pierre Klossowski, es un filme de una hora que gira en torno a un misterio vinculado con unos cuadros de un pintor llamado Frédéric Tonnerre (que nunca existió) que desató un escándalo político y social en el siglo XIX.
Un coleccionista intenta descubrir qué fue lo que pasó realmente. Tal vez la clave esté en un cuadro que ha sido robado, el cuarto de un grupo de seis o siete. Los cuadros se materializan en la pantalla en forma de cuadros vivientes y Ruiz hace pasear a su personaje principal a través de las pinturas (en tres dimensiones). Cierto escepticismo lúdico orquesta los argumentos, lo que puede llevar a conclusiones filosóficas tan divertidas como inquietantes. Una obra maestra, que vuelve a la pantalla grande este viernes a las 21, en la sala de Cinéfilo Bar.

