Cannes 2015: Las primeras candidatas
Una columna de Roger Koza sobre lo que acontece día a día en el prestigioso festival de cine francés.
El cine estadounidense siempre tiene su lugar en Cannes. Una película en competencia significa grandes estrellas en la alfombra roja. A veces, esta obligada inclusión significa también buen cine.
La nueva película de Nanni Moretti, Mi madre, habla de la confrontación con la muerte de un ser querido. El tono sereno y no exento de comicidad domina en una de las películas más simples y menos narcisistas del director, incluso cuando la inspiración viene de la muerte de su propia madre. En el filme, es una directora la que está rodando una película sobre una lucha sindical en el contexto de una fábrica. La escena inicial es magnífica porque empieza con una manifestación en la que la bronca de los operarios tiene una verosimilitud táctil hasta que alguien grita "¡Corte!".
La trama oscila entre los pormenores del rodaje y la situación de la madre de la directora, cuyo corazón empieza a deteriorarse. El momento en que se anuncia la muerte es de una precisión narrativa admirable, no menos que la última escena del filme, en la que la directora recuerda a su madre en una instancia cotidiana. “¿En qué estás pensando?”, pregunta la hija. “En mañana”, contesta la madre. Si bien se trata de un drama, hay un par de situaciones humorísticas, típicas del cine de Moretti, en el que el absurdo es la fuente de la comicidad.
La mejor película vista en competencia hasta el momento es el melodrama lésbico titulado Carol dirigido por Todd Haynes. Película elegante como pocas, en sintonía con el clasicismo tardío de un Terence Davies y un James Gray, tal vez no cuente con la crueldad tan afín a los presidentes del jurado, los hermanos Coen, pero es muy difícil ser ciego a las virtudes ostensibles de esta historia de amor entre mujeres que transcurre durante la década de 1950 en los Estados Unidos.
Basada en Carol, o el precio de la sal, segunda novela de Patricia Highsmith, Carol cuenta el paulatino enamoramiento entre una joven vendedora de una tienda de Nueva York, con aspiraciones de convertirse en fotógrafa, y una mujer más grande con una excelente posición económica, casada y con una hija. Las coordenadas simbólicas de 60 años atrás son inconmensurables respecto de las de nuestro tiempo, de tal modo que el lesbianismo concebido como inmoralidad y enfermedad de la psique nos resulta ridículo, pero eran fundamentos irrefutables y suficientes en aquel entonces para que una madre pudiera perder la custodia de su hija, uno de los tantos problemas que habrá de atravesar Carol.
Los trabajos de Cate Blanchett y Rooney Mara son sobresalientes, y las actrices tienen la osadía necesaria para entregarse a una escena de sexo en la que el equilibrio entre el erotismo y la ternura luce perfecto, escena que además consigue conjurar cualquier fantasía masculina sobre la sexualidad lésbica. Esta película hermana de Lejos del paraíso, también de Haynes, es una exploración notable de la subjetividad femenina en un contexto histórico específico poco favorable para historias de amor de esta índole. Los encuadres son prodigiosos, el diseño de arte magnífico, y cualquier rubro elegido para evaluar a Carol estará a la altura del resto. Es que Haynes es un cineasta de una delicadeza extrema. Incluso es capaz de, literalmente, dirigir la nieve, que aquí le obedece para ser parte del encantamiento que producen los objetos, los rostros de las actrices y los colores que pueblan el mundo.

