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Cannes 2013: Sin candidatos en la ciudad de la lluvia

El Festival de Cannes continúa presentando películas. Se destacaron las de Arnauld Desplechin, Hirokazu Koreeda y Jia Zhangke.

19 de mayo de 2013 a las 01:00 p. m.
Roger Koza (Especial desde Cannes)
Cannes 2013: Sin candidatos en la ciudad de la lluvia
Daniel Auteiul, Nicole Kidman y Steven Spielberg son parte del jurado del Festival de Cannes.

Siguen la lluvia y el frío en el Festival de Cannes. Posiblemente, Steven Spielberg, a quien se lo ve muy contento en su rol de presidente del jurado (no hay ocasión en la que no lo declare), y sus compañeros de jurado no se habían imaginado días tan lluviosos. Pero ni el más desalmado de los cinéfilos puede dejar de sorprenderse: a las 7.45am, el Gran Teatro Lumière, con sus 1300 butacas, ya estaba lleno. Hay un candidato vernáculo fuerte en la competencia internacional de este año: el gran Arnauld Desplechin.

Nada más oportuno que un gran filme de un director francés cuente con la presencia de Benicio del Toro, un niño mimado de los franceses y sin duda una estrella de primera línea del cine estadounidense. Pero Jimmy P no está a la altura de las expectativas. La película es buena, no hay dudas, pero lo que promete al comienzo se diluye paulatinamente.

El punto de partida es fascinante: ¿se puede aplicar el psicoanálisis a un indígena? Poner en duda la universalidad de la invención de Freud frente a un aborigen traumatizado es una intuición notable. Mathieu Amalric interpreta a un antropólogo y psicoanalista que debe curar al personaje que magistralmente compone Del Toro (¿ganará por segunda vez el premio a mejor actor?) Y eso es todo: un gran enunciado de una película que no logra profundizar ni el trauma ni el problema de fondo.

Los orientales

Junto con los franceses y los estadounidenses, la presencia oriental en la competencia es ostensible. Una vez más resulta previsible que un filme como Like Father, Like Son, del japonés Hirokazu Koreeda, pueda ganar las preferencias del jurado. Es difícil despreciar el encanto de cinco niños adorables como protagonistas de un relato familiar. El filme de Koreeda no tiene nada que ver con Nadie sabe, aquella película en la que tres niños quedaban abandonados y crecían sin el cuidado de los adultos. El nudo narrativo es otro: dos familias se enteran de que sus respectivos hijos de seis años fueron intercambiados por una enfermera el día del nacimiento.

Koreeda elige contrastar las diferencias de clase a partir de una familia de clase media alta ligada a la cultura empresarial y otra de clase media trabajadora. En un caso, el hijo que no es el hijo es además el único hijo. En el otro caso, tiene dos hermanos menores. Los problemas legales, institucionales y económicos no son finalmente el eje del relato sino el acomodamiento psicológico y afectivo de los niños y de los adultos a una situación desconcertante. La precisión de las interpretaciones es notable, pero cierta proclividad al sentimentalismo y los lugares comunes le quita poder a una historia donde el concepto biológico de paternidad es cuestionado a partir de la importancia decisiva que tienen la cultura y la clase social en el desarrollo de una personalidad. Es un filme menor, definitivamente menor, pero es difícil pensar que un jurado presidido por Spielberg lo ignore a la hora de repartir premios.

La mejor película de la competencia, junto con la de Desplechin, es la de Jia Zhangke, el gran realizador chino de la Sexta Generación. A Touch of Sin es una película síntoma de nuestro mundo. China es la síntesis de lo que vendrá. Es un signo de nuestro tiempo ver en una película (como en todas las del director) que el capitalismo del siglo 21 es independiente de la democracia como sistema.

La novedad pasa por una renovación estilística. El cine de ficción de Jia, más cercano hasta ahora al documento realista de los efectos de un régimen en la vida cotidiana, tiene ahora elementos del wuxia, el famoso género de artes marciales. Pero esto no es El tigre y el dragón: no hay vuelos imposibles ni personajes míticos sino personas comunes que alcanzan un estado del alma insostenible y eligen la violencia como medio de expresión final frente a la desesperación personal y la desesperanza social. La indignación de un empleado de una mina por el enriquecimiento de los nuevos dueños, la recepcionista de un sauna, un joven que trabaja en una empresa y un adulto que prefiere la delincuencia antes que el trabajo son los casos elegidos por Jia para identificar el malestar de una cultura.

A falta de Lars von Trier (la exhibición en el mercado de Cannes de La ninfómana generó estupor y delirio), está Alejandro Jodorowsky. Tras décadas de no filmar, el gurú cool de la psicomagia vuelve con un filme autobiográfico llamado La danza de la vida. Debería llamarse "La danza de la fortuna" o "Introducción a la vida fascista". La celebración descarada del dinero y el sadismo alcanza una dimensión payasesca. Ni transgresión, ni escándalo, sólo vergüenza.