¡Que no quiero verlo!
Una declaración de ateísmo televisivo.
Ponele que no quieras saber nada de Tinelli, que quieras huir del show, del circo mediático de Bailando, que prefieras engrosar el rating del canal de documentales, de la ficción vecina o de la lista de los que apenas escuchan "Buenas noches Amér…" aprietan off. Suponte que hagas todo eso. Así y todo, este tiene todo el aspecto de ser otro año en el que no te salvarás de saber cada noticia ínfima del tema, ni viviendo en un termo cerrado a presión, lleno de alquitrán y hundido en el mar.Mal que les (nos) pese a los que sostenemos la idea de que quien tiene el control es, literalmente, quien tiene el control (remoto), la ola expansiva del show te moja aunque estés en el desierto. Hace rato que ShowMatch logró ser no sólo el epicentro del entretenimiento argentino y sus repercusiones en todos los formatos, sino también una usina de noticias del espectáculo. Una usina de información prefabricada que vuela como la pólvora y tras la que corren todos.Está en todos lados: en la tele, los diarios, las radios, las redes sociales, la verdulería, la casa del vecino, el diario íntimo de Pamela Anderson (por cierto, ¿qué escribirá Pamela? ¿"Dear Diary, creo que usábamos más ropa en Baywatch"?). La fórmula "no lo veo-no me entero" no funciona. Es tal la cuota de pantalla que ocupa el programa y sus tentáculos, que todos los días sucede algo nuevo. Es como si cuatro noches a la semana hubiera un Boca-River, con todas las repercusiones incluidas.La sensación es: nadie se salva. Y, aunque quieras escapar y decidas no prender la TV esos días: no vas a poder no-enterarte de lo que sucede delante, detrás y debajo de las cámaras. Algunos demonizan a Tinelli, ven en él a un ídolo pagano, culpable de todos los males. Otros entienden que como "está en todos lados" está más cerca del endiosamiento televisivo. Entre esos extremos, hay otros que se declaran ateos. Quizá, la más sana opción, no creer.

