Cercanías
Un post sobre la proximidad del rock con el poder político.
Pedro Aznar homenajea a Luis Alberto Spinetta en un concierto auspiciado por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y recibe duras críticas por su supuesto alineamiento con el proyecto político de Mauricio Macri. Las críticas fueron impulsadas por sectores cercanos al kirchnerismo, que en algún momento consideraron natural que Amado Boudou girara con La Mancha de Rolando en plena campaña presidencial, teniendo en cuenta que el líder del grupo, Manu Quieto, es un cruzado del proyecto nacional y popular. Aznar también fue observado por neutrales que hacen el siguiente razonamiento: si a ambos lados de escenario hay un logo del gobierno x, es porque estás avalando a ese gobierno. Como sea, el ex Serú no se expidió al respecto. Aún no se sabe si sólo se limitó a negociar una estructura imprescindible (el espacio, la puesta, los costos de producción) a cambio de tocar con el logo detrás o si no tiene ningún conflicto en hacerlo porque sí. Está en su derecho, claro, como Quieto de avalar a Boudou para ser consecuente con su militancia. Las cuentas claras, por supuesto, ayudarían a determinar cuál es el límite entre respaldo irrestricto y una mera participación. Al poco tiempo, Clarín recordó el mea culpa que Miguel Cantilo hizo en el libro ¡Qué circo! por su participación, y la de varios colegas, en el Festival de la Solidaridad durante la guerra de Malvinas, del que se cumplieron 30 años. Según el ex Pedro y Pablo, no se dieron cuenta de que fueron manipulados por el agonizante gobierno militar y que sólo buscaban motorizar un fuerte anhelo de paz, solidarizarse con los soldados que libraban batallas desiguales y en condiciones de absoluto desamparo. Podrá satisfacer o no, pero Cantilo hizo un descargo que nunca llegó por parte de aquellos que participaron de la campaña presidencial de Angeloz en 1989, acaso porque realmente acompañaron la plataforma del caudillo del radicalismo cordobés o porque nadie les pidió una fundamentación al respecto. Sin llegar a la disculpas públicas, que no eran necesarias, por otra parte, Cantilo ofreció una explicación sobre una participación artística en controvertidas arenas políticas, algo que jamás hicieron aquellos que se subieron al ciclo Argentina en Vivo, impulsado por la Alianza (con Darío Lopérfido como su principal mentor) y que significó shows por todo el interior del país a cambio de cachés inflados, mientras el país se encaminaba a una de sus crisis más terminales de los últimos tiempos. De aquella experiencia del denominado grupo sushi toma casi todo la estrategia actual del kirchnerismo: tener una clase artística adicta, dispuesta para lo que guste mandar. Y a este relevamiento de la contemporánea asociación entre rock y política se le puede sumar a Catupecu Machu, Las Pastillas del Abuelo y Eruca Sativa, entre otros, contratados por el gobierno de la Provincia de Córdoba para que la celebración de la gesta revolucionaria del 25 de mayo adquiera un tono juvenil. También, claro, para terminar la composición tiempo – lugar se puede clavar una chinche sobre la foto que tiene a Juanchi Baleirón flanqueando al ya citado Macri en la reciente presentación del Rock In Rio Buenos Aires. ¿El rock como contracultura? A años luz. No se trata de tener artistas apolíticos, no militantes, abstraídos de la realidad. Pero este extremo de sumisión y escasa transparencia, limita el margen de la expresión de cara al futuro. ¿Con qué argumentos se puede disparar contra el establishment sociopolítico después de cobrarle unos buenos honorarios a cambio de canciones?

