Temas del día:

Enio Iommi: escultura mestiza

Enio Iommi sostiene su mirada mordaz en formas estranguladas por ataduras violentas, figuras livianas o composiciones híbridas de su cocina humana en una muestra retrospectiva que exhibe el Museo Caraffa.

02 de julio de 2011 a las 03:52 p. m.
Enio Iommi: escultura mestiza
“El filo del espacio” es una ocasión imperdible para conocer a un artista clave.

Muestra muy celebrada cuando se inauguró en Buenos Aires el año pasado, "El filo del espacio", de Enio Iommi, por fin hizo escala en Córdoba, y aún le quedan algunos días más de exhibición en el Museo Caraffa. La recomendación es, obviamente, no perdérsela, y tomar en cuenta el comentario de un historiador del arte brasileño de paso por la ciudad: en esta retrospectiva que abarca más de 60 años (1945 a 2011) no sólo están los hitos más destacados de la producción del artista rosarino, uno de los mentores del primer movimiento de arte abstracto en el país, sino que además están representadas muchas de las búsquedas de diferentes períodos del arte argentino, a partir de la irrupción del arte concreto en 1944. Iommi nunca se cansó de decir que no estaba dispuesto a repetir eternamente aquel salto que en su momento fue vanguardia. Y es lo que revela esta exposición. Inquieto como un niño, Iommi, hoy de 84 años, no se quedó en el pasado, siguió con nuevas y arriesgadas búsquedas, para recordar, o advertir, que siempre se puede ser otro. Y volver a empezar. Las nuevas formas, ayer y hoy Si el espectador está dispuesto, "El filo del espacio" puede funcionar como una verdadera sala de operaciones sobre el trabajo del escultor, sus ideas y métodos. En este caso, para ver en un mismo espacio el arco que recorren sus proyectos. Es lo que propone la sala 3 del museo, que exhibe sus obras abstractas ubicadas frente a otras de la última década. En medio de ambos períodos, década de 1940 y la primera década de este siglo, está la obra El altar cada día más duro es (2009), en la que personajes dispuestos en una mesa de caballete de objetos ensamblados están rodeados por un juego de líneas que nos remiten a sus primeras esculturas del período concreto, como Direcciones opuestas (1945). En su último período, Iommi alumbra un nuevo objeto al diseccionar cosas previas como una pava o una regadera, y elabora a partir de formas ya "formadas". En la misma sala, obras de 1945 a 1950, dibuja formas en el aire, en un conjunto de escultura y témperas de gran valor artístico e histórico. De las formas "inventadas" del arte nuevo en las que enseñó que allí no esculpía sino que construía, inventaba "continuidades lineales", siguió una época de geometrías orgánicas. El artista elevó las formas recortadas en aluminio y acero, "ritmos en espiral inspirados en el acto de pelar una naranja", señalan las curadoras de la muestra María José Herrera y Elena Oliveras. Estas obras miran a la calle desde una de las salas luminosas del museo, en diálogo con los dibujos de Juan Juares sobre vidrio. Adoquines El visitante puede alterar el orden cronológico de la muestra, y entre dos opciones que tiene al subir las escaleras, tentarse a mirar a la derecha, donde la pared azul llama con Distorsión espacial (1985). Y puede sostener la mirada ante la dura reflexión del artista en construcciones de las décadas de 1970 y 1980. Dos islas de forma triangular contienen las conocidas obras de los adoquines. Algo les pasa a los cubos (1978) susurra desde el título Iommi, para dar a entender que viene ahí un mensaje cifrado, en las formas y en los materiales. Si en las décadas anteriores tomó lo que le ofrecía la fuerza de la industria (el metal), a partir de la década de 1970 hará dialogar las formas puras con los desechos. Y es que no hay otra: hay sufrimiento, dolor. Los adoquines están sujetos con alambres retorcidos, y de manera más violenta aun, a veces con alambres de púas. Aquí la escultura de Iommi da un paso más allá y empieza a salirse de la dicotomía abstracción/figuración, y, más aún, la tensiona. Las imágenes sugieren algo siniestro en pocos elementos, composiciones de rusticidad opacada, silenciosa, que no celebran nada, como Testimonio (1987) o Buscando la otra mano (1978), en la que dos latas viejas apiladas dejan ver colgada sólo una mano (modelada), restos de alguna prenda, listones de madera, chapa, metal, un ensamble de texturas y situaciones que ostentan un delicado equilibrio entre la especulación propia de la creación artística, una apariencia que por momentos sugiere una agrupación casual de elementos de desecho, aquello de lo "encontrado". Esa impronta reaparece más adelante, digerida de otra manera, en La cocina humana (2005). Una auténtica escena de fragmentación del mundo actual en la que objetos de todo tipo, personajes y frutas pasan por la tabla de picar de madera cuyos mangos pueden tomar la apariencia de llave, cruz, guitarra. Enio Iommi revela, otra vez, su pensamiento del mundo.