Vidas de mentira
“Vidas de mentira” es un cuento de Lilia Lardone incluido en el libro del mismo nombre.
Su intuición de hijo despreciado, de huérfano reciente de madre, ha hecho de sus sospechas una certeza sobre el paradero incierto de los mediodías de su padre, cuando sale del taller de autos hacia la zona del arroyo de la ciudad con un destino cada vez menos desconocido. La certeza se cruza con la imaginación y la potencia desde que Federico ha decidido seguir al padre hasta una casa de puertas grises, escondiéndose entre tipas y paraísos, acechando los pasos del hombre odiado ("Traidor de mierda") hasta perderlo, casi siempre, a la vuelta de una esquina. Pero esta vez es distinto. Esta vez le ha preguntado si lo esperará para almorzar, y la respuesta del padre, esta vez, encenderá en el hijo un encono dormido hacia quien lo despreció siempre, una furia que esta vez recompensará su persecución con el descubrimiento tan temido."Esta vez" es el núcleo narrativo de "Vidas de mentira" –este cuento de Lilia Lardone incluido en el libro del mismo nombre–, el presente en el que ocurrirá lo importante, el desenlace que la trama ha preparado cuidadosamente con la conmemoración de unos pasados, lejanos, próximos y recientes, cuya dinámica de ida y vuelta, de perspectivas cambiantes y de desplazamientos temporales imperceptibles, exhibirá una complejidad formal rica pero en la que la lectura ingenua no reparará, hechizada por la historia y la fuerza de los personajes.Distingue a la obra ese cambio casi no advertido de los registros de tiempo, a la vez que prepara con su anecdotario el asalto final: Federico con la madre en el jardín mirándola aplastar caracoles con el pie; la madre contándole conmovida por qué eligió llamarlo Federico; Federico recitando a sus compañeros de escuela un poema de Federico García Lorca pese a sus risas y burlas; Federico con sus frecuentes ataques de asma, la enfermedad que le ha conferido una especie de inmunidad frente a las pretensiones virilizantes del padre y el cobijo de los mimos maternos con sus sueños de hijo poeta.La sensibilidad de la madre y el mundo prosaico del padre han competido por la atención del hijo, una batalla que Federico inclinó con facilidad para el bando materno desde que sus predilecciones se dirigieron tempranamente hacia el brillo del mundo interior, la atracción por la belleza y lo femenino de la vida ("Quiero que estés rodeado siempre de cosas bellas", le decía la madre; "Vos te creés que las vidas son de mentira, igual que tu madre", le decía el padre).De este modo la madre siempre impuso su decisión sobre el destino del hijo, a tal punto que, a su muerte, Federico ocupó su lugar en los quehaceres hogareños, una mimetización con la laboriosidad materna que irá más allá de los almuerzos no comidos que le prepara al padre viudo.Es la identificación con lo femenino lo que calladamente irrita al padre, desde esa naturalizada sustitución de la muerta hasta su desprecio por el fútbol y los autos y el imperfecto desarrollo de su cuerpo ("la estrecha dimensión de su plexo" lo había salvado del servicio militar).Las mujeres son el hilo conductor de este cuento, aunque ninguna (o casi ninguna) aparezca en el presente de la realidad ficticia en el que se resuelve y culmina. Más que mujeres, madres. Como la madre del padre, ahogada cuando el padre era niño, o como la madre de Federico, muerta de pronto y aún joven, un sufrimiento de orfandad compartida que el hijo ha querido sin suerte que lo acerque a su padre. Ese padre que, en cambio, lo decepciona, ahora, cuando lo ha visto salir de una casa extraña y él, esta vez, golpea con furia una puerta descascarada.

