Una partidade ajedrez
Dos amigos, uno de ellos el narrador de esta novela, viajando desde Nueva York hasta Buenos Aires a bordo de un transatlántico de lujo, encuentran entre sus compañeros de ruta al campeón mundial de ajedrez de ese tiempo, Mirko Czentovic, un talento brutal que desde su consagración no ha vuelto a perder una sola partida.
Dos amigos, uno de ellos el narrador de esta novela, viajando desde Nueva York hasta Buenos Aires a bordo de un transatlántico de lujo, encuentran entre sus compañeros de ruta al campeón mundial de ajedrez de ese tiempo, Mirko Czentovic, un talento brutal que desde su consagración no ha vuelto a perder una sola partida. El reconocimiento despierta en el amigo del narrador, ambos fervientes aficionados al juego, un comentario sorprendente sobre el origen marginal de Czentovic, un self made-man sólo dotado para la práctica elevada del ajedrez, incapaz de escribir una frase sin faltas de ortografía y cuya ignorancia "era en todas las materias igualmente universal". La historia de su vida, en la que se mezcla una orfandad temprana con un desinterés írrito por las cosas rayano en la imbecilidad, constituye una de las dos grandes cajas chinas que atraviesan y mantienen la fenomenal arquitectura de la novela, riesgoso recurso para el sostenimiento de la atención que logra brillar por la fuerza y seducción de los relatos, especialmente el segundo de ellos, el drama humano de aquel desconocido que, durante una partida entre Czentovic y un jugador de medio pelo, aparece de pronto en la cubierta del barco sabiéndose capaz de vencer al mismo campeón invicto.Las historias del genio del ajedrez y de su retador, nombrado en el texto como "doctor B.", también fungen de espejos distorsionados para contrastar el modo en que ambos se acercaron al ajedrez y el lugar que el gran juego ha ocupado en sus vidas, una estrategia discursiva usada para alentar el interés del lector por esa partida final que, previsiblemente, desanudará el conflicto. El jugador de medio pelo, un magnate del petróleo llamado McConnor, une las ambiciones de los dos (Czentovic, codicioso, le había exigido 250 dólares como "tarifa") para promover una partida entre ambos luego de que, gracias a aquella intervención en una jugada clave, el doctor B. logra salvar hacia tablas un juego que el soberbio McConnor estaba a punto de perder: "Si ustedes le toman ahora la dama, él replicará en seguida con el alfil y ustedes retirarán el caballo, y aunque digan 'jaque' con el caballo, a los nueve o diez movimientos quedarán vencidos. Es casi la misma situación que Alekhine planteó en 1922, en el gran torneo de Pistoja, contra Bogoljubow". El incidente en la vida del doctor B. que explica su descubrimiento del juego, aquella segunda caja china de la novela, buscará demostrar que el camino hacia la genialidad puede llegar a ser tan anómalo y heterodoxo porque anómalas y heterodoxas fueron las condiciones en las que se desarrollaron la necesidad y el interés, la habilidad y el perfeccionamiento, la distinción, la superioridad y la excelencia de un hombre que no eligió convertirse en un ajedrecista. Una historia de un sufrimiento extremo, de torturas psicológicas infligidas por un régimen –el nazismo– que refinó la violencia contra la salud mental del prisionero confinándolo en un cuarto cerrado, silente y sin luz natural, sólo equipado con una cama, un baño y una mesa desnuda ("En ese cuarto vacío... ninguna cosa del mundo ejerce tanta presión sobre el alma humana como la nada"). Unas miguitas de pan de su alimento convertidas en trebejos y el dibujo ajedrezado de la colcha de la cama lograrían el milagro de una supervivencia imposible.El narrador, probablemente el mismo que escribió esta novela, Stefan Zweig (1881-1942), lamenta que no se haya registrado la partida que los dos genios jugaron en aquel barco. Un crimen histórico comparable, dice, a las "perdidas improvisaciones al piano de un Beethoven".

