Una crisis que no es nueva
La Argentina que duele. Historia, política, sociedad (Katz, 2013), conversaciones del historiador Luis Alberto Romero con el escritor Alejandro Katz.
Una semana de huelga y protesta policial, acompañada de saqueos y violencia social, no en una sino en varias provincias, con gobiernos provinciales que no querían negociar y terminaron cediendo más de lo aconsejable, más un Gobierno nacional que arrancó echándole la culpa a un gobierno provincial y terminó denunciando (una vez más) un proyecto de desestabilización… Este cuadro habla de nosotros, los argentinos, más de lo que estamos dispuestos a admitir. La Argentina que duele. Historia, política, sociedad (Katz, 2013), un libro que presenta las conversaciones del historiador Luis Alberto Romero con el editor y escritor Alejandro Katz, nos entrega algunas pistas para hacer el reconocimiento.Primero, "la política es confrontación, conflicto y resolución", no es armonía ni es aniquilación del otro; pero como la sociedad argentina, en general, "es más obstructiva que generadora de consensos", todos sus miembros, gobernantes y gobernados, oficialistas y opositores, no tienen "capacidad de conversación pública".Segundo, hace bastante que "el mundo pobre es muy atractivo para hacer política, y la política sobre la base de la pobreza se lleva muy bien con la política delegativa y, además, genera una tentación muy grande". Esto merece una explicación. Por un lado, "el mundo de la pobreza ya no depende ni de los ingresos ni del desempleo. Se ha estructurado de un modo tal que ha llegado al punto de las aspiraciones: no es que haya falta de empleo, sino que a la gente no le parece que valga la pena organizar la vida en torno a un empleo. En el momento de decidir cada día qué hacer, si ir a trabajar o ir a asaltar una casa, las considera dos opciones igualmente posibles y válidas; un día trabajo, otro día robo casas". Por otro lado, el desvalido, esa persona que no alcanza a ser ciudadano porque le faltan cosas elementales, "espera o exige que el Estado se las dé", y el kirchnerismo les ha enseñado a los políticos a gobernar y ganar elecciones administrando esa demanda de manera tal que nadie reclame más de lo que cada gobernante quiera dar. Tercero, los policías, en la práctica, rompieron este dique. Y los políticos en funciones de gobierno respondieron con su habitual "combinación de soberbia y paranoia": no admitieron errores propios y le echaron la culpa a otros actores.Cuarto, nos asombramos del desborde social, de la violencia, en medio de la anomia, de la falta de ley y de la ausencia del Estado, pero en realidad hace tanto que vivimos así que casi que nos hemos convertido en una democracia que no forma (sino que anula) ciudadanos. Entendamos aquí por ciudadano a un sujeto de derecho, "gente que va a la escuela, que aprende que hay un sistema institucional y que se espera de ellos que trabajen, paguen impuestos, respeten las leyes y ejerzan sus derechos".Podríamos seguir. Reconocer, por ejemplo, que las actuales jefaturas políticas hacen un "uso sistemático del Estado para beneficios particulares". Pero no hay más espacio en esta columna para seguir pensando el presente con citas extraídas de un libro que fue editado hace algunos meses con ideas que fueron formuladas a lo largo del último año.
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