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Un periodista contra la dictadura

El “Buenos Aires Herald” fue un emblema de la lucha por los derechos humanos durante la dictadura. Aquí, parte de un largo diálogo con el exdirector del periódico y persona clave de esa historia, Robert Cox.

04 de agosto de 2014 a las 05:15 p. m.
Redacción La Voz
Un periodista contra la dictadura
(Diseño de Javier Candellero).

La familia Cox pertenece a una clase bastante particular de turistas. Apenas llegados a Córdoba, fueron a conocer el ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de La Perla. Más tarde, ese mismo día, invitados por unos amigos, se acercaron a la sede de Acic, la Asociación Cultural Israelita de Córdoba, donde se realizaba un debate sobre el conflicto en la Franja de Gaza. Apenas enterados los panelistas de que Robert Cox estaba entre los asistentes, le pidieron que subiera y dijera unas palabras. Y cómo no iba a hacerlo, si lleva toda la vida diciendo lo que pasa y lo que piensa. Lo que dijo en Acic fue parte de su credo personal. "Más allá de la política están los derechos humanos. Ellos deben estar por encima de las ideas políticas y las religiones. Mi religión son los derechos humanos", dijo, y el salón casi se vino abajo por la ovación. Para quienes no lo conocen, lo presentamos. Robert Cox es un periodista británico que estuvo a cargo de la dirección del diario Buenos Aires Herald desde 1968 hasta 1979, cuando debió exiliarse junto con su mujer y sus cinco hijos. A lo largo de ese período, ese diario publicaba en inglés lo que no se podía decir en castellano: que la Argentina estaba sumergida en el más siniestro capítulo de su historia, y que los militares violaban los derechos humanos con igual perversión que tuvieron los nazis.Cox había llegado a Buenos Aires en 1959, cuando aquí había mejores oportunidades que en Gran Bretaña para ejercer este oficio. Tenía 26 años y llegó contratado por el Herald, que era entonces un pequeño diario que se editaba en inglés. "Era para entrar como redactor. Estaban importando periodistas ingleses porque eran más baratos que los de Estados Unidos. Parece mentira, ¿no?".Son las 7 de la tarde del viernes 25 de julio y los Cox recién llegan de otro periplo turístico, esta vez por Jesús María y las estancias jesuíticas. Comentan que les gustó todo y lo cambiada que encuentran a Córdoba, a la que hacía 30 años que no venían. Estamos reunidos en el bar del hotel Amerian, frente al Patio Olmos. Maud, la mujer de Cox, y Victoria, la hija mayor de ambos, participan de la charla. Maud, dueña de una personalidad y una historia de vida que ameritarían una entrevista aparte, interviene oportunamente para aclarar algo o ayudar con alguna palabra en castellano. Conoce de memoria la historia que va a contar Cox, pero escucha y comenta como si fuera la primera vez."Llegué a Buenos Aires el 4 de abril de 1959 a bordo de Highland Monarc. En la valija llevaba un esmoquin y una raqueta de tenis. También tenía muchas ganas de conocer Buenos Aires, porque mi padre siempre me hablaba de Argentina y siempre trató de convencer a mi madre de emigrar. Pero ella siempre dijo que no".

En Córdoba. Cox no visitaba esta ciudad desde hacía 30 años. Lo invitaron unos amigos cordobeses con los que lo une una historia dramática (La Voz/Pedro Castillo).
En Córdoba. Cox no visitaba esta ciudad desde hacía 30 años. Lo invitaron unos amigos cordobeses con los que lo une una historia dramática (La Voz/Pedro Castillo).

Cuando llegó a la Argentina, hacía muy poco que Arturo Frondizi había asumido como presidente, pero ya se habían producido intentos de golpe. Con esa realidad se topó el flamante redactor del

Herald

.

La presencia de Cox en el diario, y también la de su amigo Barry James, introdujeron cambios significativos en el diario. Comenzaron a cubrir temas argentinos. Antes eran evitados cuidadosamente, salvo una compilación de editoriales de otros diarios y noticias de agencia. El resto era información no muy profunda de Gran Bretaña.

El diario fue comprado en 1968 por Peter Manigault, un empresario periodístico de Carolina del Sur. “Él transformó el diario; lo hizo mucho más argentino”.

Los golpes no habían terminado con el que había derrocado a Frondizi. Con la presidencia de Illia, Cox alentó esperanzas de una salida definitiva a la perenne crisis política argentina.

“Yo apreciaba mucho a Illia. Era un gran presidente y estaba haciendo un muy buen gobierno, económicamente, culturalmente, en todo sentido”.

El trabajo cotidiano lo llevó, sin que él lo supiera, a la Casa Rosada el mismo día del golpe. “Llegamos a la Casa de Gobierno, mostramos nuestras identificaciones y la persona que estaba de guardia allí nos dijo: ‘¿Para qué vienen a verlo a ese… (no voy a repetir la palabra que usó) si lo están por echar?’. No lo podíamos creer”.

Pero así era, y lo peor estaba por llegar y empezó durante un gobierno democrático.

“Primero las amenazas vinieron de los guerrilleros, de Montoneros y de los demás. Después recibí una carta de Montoneros en la que me amenazaban de muerte por un editorial que escribí diciendo que era monstruoso que durante el gobierno de Isabelita hubieran masacrados a tres policías en un atentado contra la quinta presidencial. Fue horrible porque esos policías eran muy pobres, gente del pueblo, vivían en villas miseria. Y además no les hicieron ni un entierro decente. Entonces escribí un editorial en el que dije que estábamos en contra de la pena de muerte, pero algo había que hacer en el marco de la ley para terminar con la violencia. Entonces los Montoneros me mandaron una carta en la que me decían: ‘Estamos de acuerdo con que hay que hacer algo: usted va a ser el primero en ser ejecutado’”. Se ríe Cox cuando cuenta esto. Y después vino el golpe.

Los tiempos de Cox. En Buenos Aires (La Voz/Pedro Castillo).
Los tiempos de Cox. En Buenos Aires (La Voz/Pedro Castillo).

“Nosotros, como la mayoría de los argentinos, esperábamos que los militares pusieran orden y justicia porque era terrible cómo se vivía por culpa del terrorismo. Pero inmediatamente vimos que no sería así”.

–¿Hubo algún hecho en particular que le hizo ver qué pasaba realmente?

–Sí, el caso de un químico que era jefe del laboratorio Squibb. Los militares lo habían sacado de su casa y apareció después tirado en una zanja, con huellas de tortura. La familia también sabía que no eran los Montoneros, sino los militares. Sospechaban esto porque el hombre había vuelto a la universidad, a pesar de que tenía más de 40 años, porque necesitaba el título. Allí, como es lógico, se relacionó con estudiantes, muchos de los cuales eran militantes. Él no. No tenía nada que ver con nada, pero se lo llevaron y lo mataron. Durante el sepelio en el cementerio, pasaron unos Falcon verdes sin patentes desde los que tiraban volantes que decían que lo habían matado los Montoneros por traidor. Era la confirmación de que habían sido los militares.

Siguió la desaparición de Mónica Mignone y de los tres curas y dos seminaristas palotinos. Cox era muy amigo de uno de los sacerdotes y después de esto no le quedó ninguna duda acerca de quiénes eran los asesinos.

“Era imposible escribir eso en los diarios. Pero yo era corresponsal del

Washington Post

en ese momento y escribí dos notas y las dos salieron en primera página. Cómo sería la situación que Jacobo Timerman una vez publicó una columna en la que decía que si alguien quería saber algo de lo que sucedía en Argentina, tenía que aprender inglés y leer el

Buenos Aires Herald

”.

Cox estuvo en el comienzo de lo que después fue Madres de Plaza de Mayo, por ejemplo. Se entrevistó brevemente con Jorge Rafael Videla, episodio del que recuerda la mirada del dictador clavada en el piso cuando el periodista le reclamó por las desapariciones.

Por todas partes aparecían evidencias de la masacre que se estaba llevando a cabo. En el diario se recibían amenazas y hubo un allanamiento ilegal. Hasta que llegó el día en que él mismo fue detenido. Esto lo cuenta Maud.

“Fue poco después del Mundial del ’78. Mario Firmenich había logrado escaparse. Nadie podía hacer nada sin que lo detuvieran y Firmenich se escapa. Qué raro, ¿no? Bueno, lo concreto es que el

Herald

publicó una conferencia de prensa que dio Firmenich en Roma. Como estaba prohibido nombrar a los Montoneros, detuvieron a Bob”.

Y sigue el propio Cox: “Lo primero que me impactó apenas entré a la Superintendencia de Seguridad Federal fue ver una enorme esvástica, muy bien pintada. Fue tremenda esa imagen. Y después escuché los gritos de los presos torturados”. Como el periodista era una personalidad reconocida, con fuertes vínculos en el extranjero, llamaron a un juez que inmediatamente lo blanqueó.

Sigue Maud: “Me dijeron ‘Usted vaya a su casa tranquila, que ya lo vamos a liberar’. Y yo les respondí: ‘Ustedes no liberan a nadie, y cuando lo hacen, lo matan. ¿Sabés qué me respondió el oficial? ‘No, señora, esta vez no’”.

No lo mataron, pero el acoso siguió hasta que la familia partió al exilio en 1979.

Los tiempos de Cox. al recibir el Moors Cabot (La Voz/Pedro Castillo).
Los tiempos de Cox. al recibir el Moors Cabot (La Voz/Pedro Castillo).

–Todavía se discute en Argentina si la gente común sabía o no sabía lo que estaba sucediendo.

–Sabía pero no sabía. Ese horror que nosotros teníamos a la vista no debe haber sido fácil de entender para ciudadanos de a pie, porque no salía nada en los diarios. Si la gente no ve, ¿cómo va a creer? Quizá veían algo en la calle, los Falcon verdes sin patentes. Pero como no salía en los diarios (el medio más creíble aún hoy, en mi opinión), no lo creían. Incluso lectores nuestros dudaban. Pero desde el principio supimos que si podíamos publicar rápidamente una noticia de alguien que tuviera una vinculación con algún país extranjero, por ejemplo, que hubiera estudiado en Francia o algo así, los militares muchas veces lo liberaban. En muchos casos eran inocentes; no todos, pero esa no es la cuestión.

Presos del miedo

Uno de los episodios más demostrativos de lo que pasó la familia Cox antes de exiliarse fue el de la carta que un día recibió Peter, el hijo de 11 años de Robert y Maud.

La carta decía: “Querido Peter. Te escribimos esta cartita porque sabemos que estás afligido por cosas que le han ocurrido a los papás o abuelitos de algunos amiguitos tuyos y tenés miedo de que algo así pueda ocurrir a tu ‘daddy’, o a varios de ustedes, de refilón y sin querer, porque no nos dedicamos a desayunar niños envueltos...”

El texto seguía con una demostración detallada del conocimiento que tenían los remitentes de la familia, sus miembros, actividades y amigos. Decían que en atención a lo importante del trabajo de Cox, les daban la posibilidad de exi­­liarse. Firmaba “Montoneros”, pero era obvio que eran los militares.

Carta en mano, Cox fue a ver a ­Harguindeguy. El militar le dijo: “Mis hijos coleccionan esas cartas, de tantas que recibimos”.Después Videla pidió verlo y le dijo que él quería irse a su casa, que no quería seguir como presidente, pero que después de él asumiría un general que iba a llenar al país de sangre.

“Nos fuimos con la idea de pasar un tiempo afuera hasta tener alguna señal de que las cosas cambiaran. Pero no pasaba nada. En Nueva York, luego de una entrevista televisiva con Jacobo Timerman, se nos acerca un pastor que había trabajado en la Side y que dijo que podía darme todos los detalles de un plan para asesinarme haciéndose pasar por Montoneros.

“Con eso decidí que no era el momento para volver a Buenos Aires. Me ofrecieron trabajo en Charleston, Carolina del Sur, y allí nos quedamos”.