Un país en verde ajenjo
“No habrá devaluación porque Kicillof las tiene bien puestas”. Es difícil de interpretar la definición del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
"No habrá devaluación porque Kicillof las tiene bien puestas". Es difícil de interpretar la definición del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Puede ser una estrategia para ocultar buenas costumbres y bajar al argot popular, o bien una bocanada de palabras expulsadas luego de haber degustado un vaso de ajenjo fresco, tan verde como el dólar, y recibir su castañazo de más de 50 grados de alcohol. ¿Será Anibal la expresión más brutal de la Argentina surrealista? En principio no pareciera serio que un jefe de ministros se pronuncie sobre el devenir económico del país de acuerdo con la ubicación de las gónadas de uno de sus pares. Ni la economía argentina ni la de ninguna nación que se precie de seria parece una cuestión de huevos, sino más bien de buen cerebro y aplicado al bien común.El dólar no sólo tiene peso en la Argentina por ser una de las monedas más importantes del intercambio comercial (el yuan y la libra esterlina también lo son), sino que va de la mano a una economía que va en decadencia desde las primeras décadas del siglo 20. El billete adoptado por Estados Unidos –su origen fue español y se acuñaba en México–, es para los argentinos un excelente refugio.Se cree que el primer aviso de un inmueble en dólares fue en 1977, como coletazo de la devaluación impuesta por Celestino Rodrigo en 1975 ("Rodrigazo"). No obstante, y producto del creciente interés por el billete verde, el propio Juan Domingo Perón había expresado en 1950: "En nombre del padre, ¿quién ha visto un dólar?". Se nota un léxico más depurado que el que ostenta Aníbal Fernández.Cuando Perón salió a hablar, la cotización estaba 4 a 1, y se mantenía más o menos estable desde 1930. Con la caída del peronismo, ya el mercado lo llevó a 31-1 contra el peso argentino. Luego de una espiral creciente, el cambio de moneda del dictador Juan Carlos Onganía lo arrimó al 3-1.Tal vez la cifra que hoy pueda parecer más impactante fue aquella de 18 mil pesos por dólar posterior a la Guerra de Malvinas. Después la moneda se hizo peso argentino, austral y volvió a ser peso con Domingo Cavallo como ministro (1991) para mostrar cifras legibles. Esas marcas históricas muestran que la Argentina fue devaluando y acomodando el chasis al movimiento internacional de divisas. Cuando no lo hizo por algún tiempo, los ajustes casi siempre fueron más dolorosos, como el Rodrigazo o la salida de la convertibilidad, con heridas aún abiertas. El argentino, o por lo menos el que puede aferrarse a un "mango", recurre al dólar cada vez que ve señales de crisis o de fuerte caída de la competitividad. Cómo entender que la política monetaria pueda pasar por los calzoncillos de un ministro cuando la balanza comercial toca el mínimo desde 2001. No parece una cuestión de "pelotas".

