Un conflicto padre
Los cansados (Alfaguara, 2014), de Michele Serra, trata sobre la problemática relación entre padres e hijos.
Entre el lunes y el miércoles, encontré estas dos noticias en los diarios: primera, un menor de 11 años conducía un auto en plena autopista bonaerense autorizado por su padre, que se justificó ante la Policía en que había poco tránsito y que quería hacerle un regalo, porque está separado de la mamá y que el hijo lo estaría viviendo mal; segunda, el director de una escuela pública de Misiones fue separado de su cargo porque expulsó a cuatro alumnos que habían robado la moto de otro estudiante en la puerta del colegio, el vicedirector convalidó la situación porque aceptó ocupar interinamente su lugar, y un grupo de padres tomó la escuela para exigir la reincorporación del director desplazado. Como el domingo había terminado de leer la excelente novela del periodista italiano Michele Serra, Los cansados (Alfaguara, 2014), que aborda la problemática relación actual entre padres e hijos, pensé que estamos frente a un problema global al que debiéramos encontrarle solución con urgencia porque se trata nada menos que de la relación entre los adultos y los niños y adolescentes.La novela está escrita en primera persona, con la carga vivencial de una crónica, así que está muy cerca de eso que llamamos "realidad". Lo que cuenta es la angustia que experimenta el padre de un adolescente que no encuentra manera de establecer con su hijo un vínculo que en algo se parezca al que él tuvo con su padre, o al que su padre tuvo con su abuelo. Sí, algunas cosas han cambiado con el tiempo, la sociedad es más permisiva, mira el pasado más o menos cercano como ejemplos de autoritarismo, y hoy se tiende a pensar todas las relaciones humanas como relaciones de poder, así que hay que manejarse con cuidado. Pero siempre hubo un acuerdo cultural básico en cuanto a quién conduce a quién, quién banca económicamente a quién, qué se entiende por respeto, cuáles son las normas elementales de la convivencia, etc., y nada de esto parece estar ya vigente para ninguna de las partes.
Autoridad sin convicción
“Las veces que trato de poner orden, hacer hincapié en las reglas, siento que tengo el tono dubitativo de quien improvisa, no el tono firme de quien está seguro de su propio papel. Me siento como alguien que se acuerda de repente, forzado por la emergencia, de que le correspondía el cometido de gobernar. Y no lo ha hecho”.
Con todo, le corresponde al adulto tener el coraje de hacerse cargo de que es él quien deja vacante un lugar: “Si no ejerzo el poder, no es únicamente por pereza (eso también cuenta, pero no es tan importante). Es sobre todo porque en el poder, tal y como se ha estructurado antes que tú y que yo, ya no soy capaz de creer. Y por lo tanto, no puedo, engatusándome a mí mismo, engatusarte a ti también”.
Pero, entonces, ¿en qué creeremos? Ese “narcisismo de masas” al que nos invita cada joven “vigilando filmando fotografiando reproduciendo cada uno de sus gestos, cada uno de sus suspiros, y por supuesto cada vestido y accesorio, modelándose autísticamente día tras día sin que la colisión con los demás lo deforme, lo descomponga, lo confunda, lo enamore”, ¿es la solución? ¿Ellos nos pueden conducir?

