Trabajar en un crucero
Lo que es descanso y disfrute para unos, es duro trabajo para otros. Una crónica sobre la trastienda e un viaje de placer.
Marilia trata de mantener su sonrisa y disimula las lágrimas limpiándose con movimientos rápidos. Son las dos de la mañana, en una de las tantas noches de fiesta en uno de los cruceros transatlánticos de una empresa española, que cruza el océano y une América con Europa, el derrotero inverso al que hicieron los antiguos inmigrantes. La nave, que explota el verano sudamericano de diciembre a febrero, se traslada luego 11 mil kilómetros por el océano Atlántico y el Mediterráneo para los cruceros que tocan las playas europeas. La chica, nicaragüense, integra un plantel de medio millar de empleados del barco y trabaja durante los 21 días que durará la travesía, casi 12 horas por jornada. La mayoría de ellos, desembarcará para volver a subir a otra nave de la compañía. Los contratos laborales, por lo general, duran entre ocho y 10 meses, aunque los hay de menos tiempo, sobre todo entre los artistas que se ocupan de la animación. "Muy linda experiencia, se conocen bonitos lugares y gente maravillosa, pero es mucho trabajo", apunta Walter Cabrera, músico porteño que con su grupo animó las tardes-noches durante cuatro meses en el barco. Lo hicieron para mejorar los ingresos en un momento en que cae el trabajo en su ciudad. De su salario de 1.700 dólares pudo ahorrar prácticamente todo. Tocaban en el escenario, de 20.30 a 2 de la madrugada, con un descanso de 20 minutos, interpretando cumbias, cuartetos y vallenatos para entretener a los turistas. No quisieron seguir ocho meses más, pero quizás sí repitan la experiencia el verano próximo. "No nos convenía porque ya no hacíamos diferencia económica, además, se extraña demasiado a la familia", añade. Ya sigue con su grupo brindando espectáculos en bares y casinos de la provincia de Buenos Aires. En el momento de la contratación, debieron sortear una preselección entre unas 150 personas interesadas en viajar, que formaban dúos, tríos y agrupaciones más numerosas.
Navegar para estudiar
A modo de confesión, entre copa y copa que levanta con energía de las mesas ya desocupadas, y sin que le pregunten, Jules dispara un resumen de su vida, en claro portuñol. Está cansado, y sabe que mañana será igual, y pasado mañana también. Como el resto de los empleados que atiende los bares, usa camisa estampada y bermudas durante el día, y atuendo más formal cuando cae el sol, con traje y corbata. Son pocas las horas de descanso que tiene, al menos, la franja de la tripulación a la que él pertenece. El esfuerzo le permitirá ahorrar dinero para continuar sus estudios de posgrado de Derecho en Colonia, Alemania. Con una peluca afro, contagia alegría, en la fiesta de disfraces. Su felicidad aumentó –cuenta– cuando su pareja también se empleó en el mismo navío. Ahora, comparten lugar de trabajo y morada. Son muchas las parejas que se forman a bordo. Son demasiados meses alejados de los afectos.
Marilia está a miles de kilómetros de su hogar. En el próximo puerto desembarcará y regresará a su país, y ya no podrá continuar con el trabajo a bordo. “Me esperan dos operaciones, la de mi madre y la del padre de mis hijos”. Muchos como ella dejan su familia por varios meses, buscando hacer una diferencia económica. Con gasto cero a bordo, ahorran todo el salario y lo envían a casa. Pero el más pequeño de sus hijos tiene apenas tres años de edad.
La ilusión de una mejor remuneración la impulsó a asumir el desafío. Aunque la realidad de los 1.024 dólares mensuales derrumbó sus expectativas. En los escalones más bajos de la estructura, la faena es muy exigente.
“Trabajo como esclavo para algún día vivir como un rico”, lanza al pasar un empleado de jerarquía con más motivaciones que otros para arrancar cada día. Más de 12 horas diarias, sin respiro, sin día libre, con apenas algunas horas de descanso cuando el barco toca algunos puertos.
Milena es una colombiana de rasgos fuertes que prepara tragos en una de las barras. El riguroso rodete que luce –idéntico peinado en todas las empleadas– resalta aun más sus facciones. Desde hace cinco años lleva más horas en el mar que en tierra. Trabaja de ocho o 10 meses seguidos y descansando dos o tres, depende de la demanda laboral. “Yo respeto la situación de cada persona, pero si tuviera hijos no lo haría”, confiesa sin dejar de trabajar. “Cuando llegas a tu país, al principio todos te preguntan por el viaje, pero después se pasa la novedad y cada uno sigue con sus cosas y una es la única que está de vacaciones”.
Cuenta que le cuesta insertarse en el contexto de su hogar cada vez que regresa. El desarraigo, la lejanía de los afectos, la convivencia permanente con sus compañeros de trabajo y la permanencia en el mismo lugar durante meses, lo hace un trabajo diferente.
Conocer el mundo
Muchos aprovechan la oportunidad para conocer parte del mundo.
Dexter, con impecable traje mostaza, llega con 13 platos y sus tapas cargadas al hombro. Se mueve con la bandeja con pericia, neutralizando las oscilaciones del piso.
El comedor es uno de los engranajes fundamentales de la embarcación. Cada día la cocina se ocupa de la alimentación de más de dos mil personas, entre tripulantes y pasajeros. El hombre trabajó en otra compañía y decidió dejarlo cuando sus hijos llegaron a la adolescencia. Estuvo cuatro años sin embarcarse, hasta que buscó nuevamente trabajo en esta actividad. Su salario se acerca a los mil dólares.
“No creo que vuelva”, duda una joven brasileña empleada en el barco. Siente que las condiciones laborales no son las mejores. “Tenemos baños comunitarios”, dice a modo de ejemplo y con cara de desagrado. Especialista en comercio exterior, dejó un trabajo en la empresa Nestlé, para “conocer el mundo”. Con idéntico salario –unos 1.500 dólares– al que ganaba en tierra firme, pero multiplicó sus horas de la jornada laboral. Asegura que se baja y no volverá a subir.
Más de 37 nacionalidades se entrecruzan en la tripulación. “Tengo dos relojes, éste –señala su muñeca– y otro en el camarote, con la hora de Lima”. De ojos grandes y flequillo marcado, Giovanna Marín (37), asegura que el sacrificio vale la pena. Por segunda vez, la peruana dejó por 10 meses su hogar para desempeñar su oficio de
croupier
en el casino a bordo.
“Me rinde porque yo ahorro todo lo que gano, no gasto ni un real cuando bajo en los puertos”. En su casa y al cuidado de su marido y su madre, deja sus dos hijos, de 11 y 4 años de edad. Pese a la distancia, asegura sentirse muy presente en la vida de sus seres queridos y seguir coordinando la organización familiar. El teléfono y el chat, ayudan a acortar distancias. “No es fácil, hay que tener mucha voluntad para sostener una pareja en estas circunstancias, además mi marido es cinco años más joven que yo”, bromea la mujer. Giovanna destaca que este trabajo también le permitió conocer muchos lugares de América y Europa, que de otra manera no podría haber ni soñado. “Pero esta es la última vez”. Asegura que volverá a trabajar como visitadora médica, su otro oficio, para permanecer cerca de su familia.
De la finca bananera a los camarotes
Para el hondureño Javier, el barco representó un incremento importante en su salario. Cobraba apenas 120 dólares trabajando en una finca bananera, en San Pedro y con su trabajo actual, recibe 1.024 dólares cada mes. El cambio le permitió sostener con mayor dignidad su hogar, integrado por su esposa y cinco hijos de entre un año y medio a 18 años. “De los últimos seis años, una sola Navidad la pasé con ellos”. La frase refleja el costo del incremento de sus ingresos. Su tarea consiste en limpiar y acomodar 19 camarotes cada día. Se enorgullece de su crecimiento en la empresa. Su jornada laboral es de 11 horas y trepa a 16 los días que hay cambio de pasajeros. Javier, sigue, y no se queja, para él, fue una salida a los aprietos económicos. Cuenta que compañeros de su antiguo trabajo, ya notan en su apariencia física el desgaste por el sol, la lluvia y la rudeza del trabajo que no extraña.

